martes, 16 de octubre de 2012

Dignidad y pobreza



La idea del gobierno griego, de permitir la venta de alimentos caducados a bajo precio, para que el pueblo empobrecido por las medidas de recorte ya aplicadas, palie el hambre que empieza a ser una realidad cotidiana, sobrepasa superlativamente todos los límites de la ética, demostrando con claridad meridiana qué clase de valores mueven hoy a las huestes políticas y hasta qué punto son capaces de llegar, en el viaje alucinógeno que emprendieron cuando se toparon de bruces con la codicia.
La nauseabunda visión del mundo, que acompaña como una sombra a los que administran el poder, cruza la línea divisoria entre la moral y lo impúdico, desarrollando una nueva teoría sobre la concepción del hombre, que ha pasado de ser el elemento más importante de la sociedad, a convertirse en un instrumento al que manejar caprichosamente, hasta transformarlo en una marioneta con la que jugar a voluntad, despreciando cualquiera de sus sentimientos.
Despojado de cualquier posibilidad de mínima supervivencia, gracias al curso que han tomado los acontecimientos marcados por los dueños de los capitales, el ciudadano ya sólo poseía su dignidad, para continuar por el camino de la decencia y ha estado luchando denodadamente porque no le fuera arrebatada, en una cotidianidad dominada por un abanico de carencias y un temor inducido a un futuro, a todas luces negro e incierto.
Europa es ahora, gracias a sus políticos, un continente de pobres, pero no de pobres de toda la vida, acostumbrados por las circunstancias a administrar milimétricamente los pocos recursos de que disponen, sino de ciudadanos de clase media a los que esta crisis claramente provocada, ha llevado hasta límites inimaginables de desesperación, hurtándoles un modo de vida apacible, conseguido con el esfuerzo de su trabajo, y regalándoles a cambio un billete sin retorno, hacia una esclavitud personal, desprovista de cualquier tipo de derechos.
El ofrecimiento del gobierno griego, rebaja aún más el listón establecido desde las altas esferas, y sitúa a las capas más desafortunadas de la sociedad en el escalafón más bajo de cuantos pudieran ofrecérseles, estableciendo una especie de gheto virtual, en el que ya ni siquiera se les permite consumir alimentos en buen estado y que por un momento, parece estar diseñado para su aniquilación, o al menos para tratar de convencerles para siempre, de que la cosas nunca más serán, para ellos, como antes.
La ruindad de aprovechar el pesimismo reinante, para privar a los seres humanos de su derecho a la igualdad, incidiendo de manera hiriente en una diferenciación astronómica entre las clases sociales, aporta luz a los enrevesados entresijos de esta crisis y pone exactamente en su lugar, a los que desde los organismos europeos, tratan de convencernos por todos los medios de la bondad de su gestión, que no es otra cosa que una guerra abierta de cifras, en detrimento de un género humano, estupefacto ante los acontecimientos.
Pero no todos estamos dispuestos a ceder la dignidad sin lucha. Es verdad que el hecho de sentirnos más pobres, provoca una inseguridad que podría paralizar en nosotros cualquier tipo de resistencia, pero el bucle en el que entraríamos, si nos dejamos arrastrar por el miedo y acudimos como un rebaño allá donde quieran dirigirnos, seguramente terminaría por engullirnos y hasta por convencernos de nuestra propia inutilidad, arrastrándonos irremediablemente al pozo negro de la alienación.
Nos hayan convertido o no en ciudadanos de segunda, es para nosotros fundamental conservar el raciocinio y mantener nuestra escala de valores inviolable, independientemente de los recursos con los que contemos. Sugerir siquiera que un sector de la población europea pudiera ser alimentada con alimentos caducados, supone una gravísima ofensa para los habitantes del continente, sea cual sea su lugar de origen o su país de pertenencia, y una injusticia garrafal, fomentada por una clase política sin escrúpulos, dispuesta a comerciar con la vida de los ciudadanos, desde su posición de privilegio.
La propuesta, es la gota que colma el vaso de la indignación y no puede ser más maquiavélica, aunque habría que saber quién o quienes se esconden detrás de ella y qué tipo de beneficios podría reportarles la comercialización de estos productos, que en otro caso formarían parte del apartado de pérdidas de las empresas, al no haber sido vendidos dentro de la fecha marcada para su consumo.
La baza que ahora tiene la ciudadanía es la de boicotear a cualquier establecimiento dispuesto a hacerse cargo de estos productos y potenciar, por medio de la protesta, una bajada inmediata de precios en los artículos de primera necesidad, hasta conseguir que estén al alcance de todas las economías, exigiéndolo como pago a los perjuicios que nos ha ocasionado una crisis, provocada por la ineficacia probada de nuestros nefastos políticos.
Nos lo deben.



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