domingo, 28 de octubre de 2012

El mal menor




La prensa oficial publica unas encuestas en las que se pregunta a los españoles por su intención de voto, si estuvieran a punto de celebrarse unas elecciones generales y cuyo resultado no puede ser más desalentador, si se tiene en cuenta la situación que atraviesa el país en estos momentos.
La mayoría, confiesa que volvería a votar al partido popular, convencida de que no existe una alternativa capaz de sacarnos del pozo sin fondo en que nos encontramos, argumentando que estar bajo la tutela de los conservadores, podría considerarse como un mal menor, si lo comparamos con lo que ofrecen las otras opciones políticas.
Fuertemente influenciados por la idea del bipartidismo, que durante años se han encargado de alimentar populares y socialistas, el grueso de la población española ni siquiera se ha `planteado nunca la posibilidad de informarse sobre el resto de formaciones que conforman el arco político y se encuentra ahora atrapado entre la mala gestión de Rajoy y la descomposición sufrida por el PSOE, desde que Zapatero lo dejara en la peor situación conocida de su historia.
Sin sentirse auténticamente representados por nadie en el Parlamento y atenazados por el miedo inducido de que la izquierda resulta ser absolutamente inútil en las cuestiones económicas, los españoles parecen haberse resignado a su negra suerte y sólo esperan el milagro, más que improbable, de que el PP se compadezca de ellos y termine por cambiar de rumbo, para tratar de aliviar la miseria del pueblo.
Frente a esa mayoría amedrentada por su propia ruina, los valientes de la indignación, que no se rinden en la lucha por sus reivindicaciones y derechos, no quieren siquiera oir hablar de males menores y abogan por un cambio radical en el modelo de sociedad, luchando denodadamente contra los temporales provocados por las exigencias europeas y exigen la disolución del Parlamento y la convocatoria de un Referéndum, en el que los ciudadanos puedan decidir si están de acuerdo o no, con el modo de gobernar de los políticos actuales y de cuyo resultado dependerían las actuaciones a seguir, en el futuro, pero que contarían con un apoyo popular, del que ahora carecen.
Pero el tormento a que es sometida la población, acuciada por el fantasma del paro y ahogada por las deudas contraídas, va horadando cada vez más las conciencias y no deja decidir, en libertad, cuál podría ser la solución más conveniente para nuestros problemas o quiénes serían los más idóneos, para empezar a ver la luz que perdimos, en manos de la incompetencia de este gobierno y del anterior.
Por otra parte, la inexistencia de líderes de peso, capaces de convencer con honestidad a los ciudadanos de que otra alternativa es posible y la insistencia gubernamental en tildar a los indignados, poco menos que de anarquistas incendiarios, consiguen confundir a las mayorías silenciosas, sin dejarlas atisbar con claridad, nuevos horizontes que palien su particular sufrimiento, por lo que la desidia y la falta de confianza en la clase política, se han convertido en los peores enemigos de un pueblo, incapaz de luchar por sus derechos más elementales, como si hubiera sido abducido por una secta que anulara su voluntad, impidiendo una reacción ante los atropellos que contra él se cometen.
Quizá por eso, no baste con la indignación de unos miles de personas plenamente convencidas de que es posible un cambio y el primer paso sería tratar de eliminar los efectos que el miedo y la pobreza están causando entre nosotros, estableciendo una corriente de información, aunque sea puerta a puerta, que explique con total limpieza las pretensiones que llevan a los manifestantes a las calles y cuáles son las peticiones que los mueven, aunque no exista una figura representativa a la que votar, en el caso de que se celebraran nuevas elecciones.
Querámoslo o no, los pueblos necesitan de la figura del líder, como una manera de saber que cuentan con el apoyo de alguien capaz de canalizar sus deseos y de tratar con las Instituciones con conocimiento de causa. Alguien a quien poder confiar la responsabilidad de gobernar y que responda del bien de la mayoría, con honestidad y con decencia.
Así que puede que haya llegado el momento de poner caras al movimiento de la indignación y dejar aparcadas las políticas asamblearias, para constituir legalmente una formación que represente verdaderamente el sentir ciudadano, pero implicándose a la vez, hasta las últimas consecuencias, en organismos auténticamente democráticos, que consigan cambiar la tenebrosa visión que de los mismos, se tiene ahora en este país.
La teoría del mal menor no puede consentirse, porque de hacerlo, el desgobierno de los populares podría llegar a convertirse en uno de esos largos mandatos que por desgracia ya conocemos y que suelen terminar bastante mal, como ya se ha encargado de hacernos ver, muchas veces, la historia.





























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