Por fin Europa se levanta y se convoca una huelga conjunta para el 14 de Noviembre, en la que los ciudadanos de todos los países de la Unión, tratarán de frenar el despropósito político que se fragua en las altas esferas económicas y que tanta desolación ha traído consigo, sin que ninguno de nuestros gobernantes se haya atrevido a poner límite a la desmesurada codicia de los poderosos.
A pesar de que aún existen sustanciales diferencias entre determinados socios de la Comunidad y definitivamente los países del Sur e Irlanda, se han llevado la peor parte de los efectos negativos de la crisis, parece que finalmente se ha impuesto un criterio de unidad y es de prever que el Continente quede paralizado por un día, si la convocatoria es un éxito.
No queda más remedio que volver a empezar de cero y familiarizarse con la lucha de clases, que ya creíamos medianamente superada, a tenor de los logros conseguidos durante más de un siglo de dura batalla, ya que en apenas dos o tres años, los derechos adquiridos por los trabajadores y por la sociedad en general, se han visto vilmente ultrajados hasta hacerlos desaparecer y cada vez nos acercamos más a condiciones laborales parecidas a las que se daban cuando empezó la Revolución industrial y los campesinos emigraron a las ciudades, para trabajar de manera infrahumana, en las fábricas de los capitalistas.
El golpe nos ha cogido por sorpresa, cuando habíamos cometido el error de acomodarnos, creyendo en la buena voluntad de los poderosos que nos hicieron creer que podíamos vivir como ellos. Y la trampa mortal, que consistía en atraparnos de por vida con deudas eternas, terminó por cerrarse arrancándonos de cuajo cualquier posibilidad de satisfacer nuestros pagos pendientes, al privarnos repentinamente del único medio de sustento que teníamos, es decir, del trabajo.
Perdida como estaba la costumbre de tener que pelear las condiciones de nuestros contratos, la solución que muchos encontraron fue la de esperar inútilmente que pasara lo peor del temporal y que las cosas volvieran a su cauce. Pero en lugar de suceder así, las tuercas empezaron a ser hábilmente apretadas cada vez con más fuerza, hasta hacernos llegar exactamente al punto de desesperación preciso, como para aceptar la explotación y verla como un regalo llovido del cielo, que al menos, mitigaba nuestra pobreza.
Y sin embargo, no existe el menor consuelo en ser sumiso y la docilidad, en la mayoría de los casos, no hace más que fortalecer la postura del que tenemos enfrente, haciéndole creer que aún podría dominarnos más y mejor, si encontrara la estrategia adecuada.
Puede que desde su situación de privilegio, hasta llegue a pensar que consiguiendo de nosotros un mayor grado de esclavitud, se tripliquen sus beneficios.
No obstante, debe quedar claro que si los brazos caen y los trabajadores se niegan rotundamente a las exigencias que se les imponen por la fuerza, llegará un momento en que los cálculos del poder, habrán de avenirse a un acuerdo, porque de otro modo, el suculento bocado que esperaban conseguir con su táctica, no solo mermará considerablemente, sino que desaparecerá del todo, si se emplea en ello el tiempo oportuno y no se da un paso atrás en la negociación más ventajosa para las mayorías.
Por esto resulta imprescindible que esta huelga sea un éxito y que el concepto de unidad traspase, por una vez, las fronteras, para que una sola voz suene con fuerza por toda Europa, dejando claro que no se lo vamos a poner fácil.
El modo de vida de varias generaciones depende de ello y hasta la concepción del individuo que hasta ahora teníamos, pero que ha empezado a ser anulada por las nuevas teorías de mercado, tendrá en esta convocatoria, la que pudiera ser una de sus últimas esperanzas.
El clamor debe ser tan rotundo, que pueda ser considerado una seria amenaza por los que manejan los hilos de este mundo que nos rodea. Y ha de ser tan contundente, que de a entender que no habrá marcha atrás, ni concesiones que permitan nuevas lesiones de uno solo de nuestros derechos.
Las fábricas y los negocios europeos han de quedar ese día, en el más absoluto de los silencios. Como si el Continente se hubiera convertido en una enorme ciudad fantasma y no fuera a despertar jamás con la imagen que de ella tenemos ahora, los que por ella estamos dando tanto.

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