Mientras el sonido de las vuvuzelas se expande ensordeciendo el mundo y las miradas se posan en un estadio de Sudáfrica donde esta noche se juega la final de la copa mundial de fútbol, en una playa insignificante de nuestro país una patera con cinco cadáveres es recuperada por salvamento marítimo evidenciando otra cara de la moneda africana que mañana seguramente, ni siquiera será noticia.
Dos de los cinco fallecidos eran simplemente bebés que acompañaban a sus madres en la peligrosísima odisea de alcanzar un paraíso donde aspirar a una vida que los alejara de la miseria y el miedo convirtiéndoles en hombres dignos con derecho a un futuro mejor.
De los balcones del territorio que acaba de convertirse en su última morada cuelgan hoy miles de banderas bicolor que sus habitantes, movidos por la ilusión deportiva de ser finalistas en el campeonato,, han colgado a la espera de abandonar las calles en masa para mirar una pantalla de televisión con una locura colectiva que no puede permitirse ni una mala noticia.
El sufrido pueblo sudafricano ha realizado un gran esfuerzo convocando este evento, enviando a través de las ondas una cara de modernización que podría dar una idea de Africa diametralmente opuesta a esta otra realidad de muerte y desolación que visita nuestras costas con demasiada frecuencia. Los visitantes de las naciones participantes en este espectáculo millonario han poblado las calles de diversas ciudades con sus cánticos sin otra preocupación que la marcha de sus respectivos equipos en las diferentes fases de la copa y volverán a sus ocupaciones sin que probablemente hallan llegado a interesarse por la situación cotidiana de un continente absolutamente abandonado a una suerte ligada a la tragedia.
Si gana España, esta noche nadie dormirá. Los coches circularán por las avenidas haciendo el mayor ruido posible, los jóvenes se bañarán en las fuentes de los pueblos, el orgullo nacional se verá reforzado por un sentimiento patriótico y las primeras páginas de los periódicos serán ocupadas por los protagonistas que tendrán el tratamiento de héroes nacionales y serán recibidos a cuerpo de rey en un despliegue sin precedentes.
Por el contrario, los supervivientes de la patera acabarán en alguna cama de hospital en el más absoluto anonimato, sin poder siquiera llorar la tristeza de su fracasada aventura por desconocer el idioma y habrán de aprender a vivir entre nosotros descubriendo poco a poco que los paraísos no existen y que esta es otra clase de selva donde la supervivencia puede resultar mas difícil que en el sitio del que vinieron.
El desafortunado final de su viaje, impedirá a los niños llegar a formar parte de ningún sueño occidental de campeonatos futboleros o vestir camisetas con los números de los jugadores serigrafiados en la espalda, para ellos sólo queda el silencio.
A las once de esta noche, la suerte de nuestra selección estará echada. Puede que un resultado favorable haga estallar la felicidad de muchos de nosotros pero otros no podemos evitar volver los ojos hacia las playas de Motril y sentir una enorme opresión en el alma.

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