La valentía de Argentina al convertirse en el primer país hispanoamericano en aprobar el matrimonio entre homosexuales se alza hasta el primer puesto de las noticias del día relegando los resultados del debate del Estado de la Nación a un discreto segundo plano de importancia.
La feroz discriminación por razones de sexo a que se ha sometido al colectivo homosexual podría ser comparable a la que durante siglos han soportado las mujeres, pero además, la errática excusa de que este tipo de sexualidad representaba un grave problema de salud, ha añadido un enorme lastre a la lucha para que se le reconociera derechos tan fundamentales como el de la libre expresión para poder manifestar abiertamente sus tendencias.
Es tan grave la represión que sobre estas personas se ha ejercido durante toda su vida, tan fuerte su desamparo ante la justicia y las leyes que en justicia, debieran ser recompensados por los agravios recibidos y los Estados tendrían que avergonzarse de su propia irracionalidad al olvidarlos.
El precedente que Argentina protagoniza representa un rayo de esperanza para los homosexuales de toda Sudamérica que para poder legalizar su situación de pareja, se veían obligados hasta ahora, a viajar a países como España u Holanda, con el desembolso de una gran cantidad de dinero que no todo el mundo se podía permitir.
Es de esperar que cunda el ejemplo argentino y otras naciones del cono sur se animen también a dictar leyes que protejan la igualdad jurídica de estas parejas reiterativamente empujadas a la marginalidad, permitiéndoles una estabilidad emocional en sus relaciones y una normalidad merecida en los asuntos económicos que generan durante su convivencia.
Negarles el derecho fundamental al matrimonio o la paternidad es apartarlos de una armonía democrática adquirida per se en cualquier Constitución defensora de los derechos humanos y la igualdad entre los miembros de una comunidad.
Como siempre, se rasgarán las vestiduras los que alegando razones religiosas, querrán seguir escudándose en el fanatismo como su medio de vida, pero si se analizan a fondo las doctrinas que tanto defienden, rápidamente se verá que en ninguna se alude ni siquiera someramente a estos casos y que sólo se trata de un miedo ancestral a las diferencias que tan interesante hacen el mundo.
Hoy estamos al lado de quienes levantan la bandera del arco iris en las ciudades argentinas con la esperanza de que el futuro que llega será mucho mejor que los oscuros episodios en los que se han visto obligados a desenvolverse prácticamente hasta el día de hoy.
Y la noticia es una gran bienvenida al mundo de los seres libres en los que ninguna clase de amor ha de tener fronteras ni cortapisas que lo ahoguen sino ventanas abiertas que lo dignifiquen en calidad de lo que es, simplemente amor.

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