En el año 1996, tras el asesinato de su hermano por la banda terrorista Eta, Enrique Múgica pronunció la frase mas contundente y lapidaria que se había oído en boca de cualquier familiar de víctimas hasta entonces: “Ni olvido, ni perdono” –dijo- y su sinceridad sonó tan rotunda que por primera vez, el país entero sintió una corriente de cercanía con quien manifestaba de una manera abierta y lógica todo el peso de su dolor.
Los otros allegados habían adoptado una postura de cierta conformidad fatalista en un durísimo periodo de extrema violencia mostrando un deseo unánime de que alguna vez llegara la paz, dando incluso por buenas sus pérdidas si el curso de la historia llegaba a convertirlas en las últimas.
Múgica, con su frase, puso las cosas en su sitio y evidenció la imposibilidad de llegar a perdonar una atrocidad como esta para cualquier persona de bien a quien le fuera arrebatado un ser querido en tan espantosas circunstancias.
La noticia de que arrepentidos de Eta están siendo de algún modo reinsertados en la cárcel de Nanclares de Oca le da, después de catorce años, la razón. Aunque estas personas hayan cumplido su débito con la sociedad y hayan manifestado su arrepentimiento, no es suficiente para los familiares de las víctimas y el camino del perdón es sin duda el más largo y tortuoso que el hombre se ve obligado a recorrer.
No es nada afortunada la publicación de noticias como esta y aunque estemos de acuerdo en que cumplen con la estricta legalidad, las heridas abiertas son profundas y probablemente irreconciliables con el frió raciocinio que debería llevar a su comprensión y asunción.
Da igual si quienes son merecedores de estas medidas de favor fueron en su momento miembros significados de la organización, da igual el tirón mediático que su arrepentimiento pudiera provocar en una parte de quienes aún defienden los métodos terroristas e incluso da igual si verdaderamente son sinceros. Para quien tuvo la mala fortuna de ver su vida truncada por un acontecimiento de tan nefastas consecuencias, la sola idea de imaginar cierta normalidad en los actos cotidianos de los responsables de su dolor, es ya volver al recuerdo de las horas amargas y abominar de otra opción que no sea la de una culpa pagada con toda una existencia de sinsabores y malas experiencias.
Hay que entender sin reservas esta imposibilidad de misericordia y ponerse en la piel de los que sufrieron en primera persona algún ramalazo de violencia intentando suavizar las malas sensaciones que en ellos provocan estas crónicas que reiterativamente aparecen sin permitir nunca dulcificar el recuerdo ni aprender a vivir sin el sobresalto de una cercanía física con los culpables de lo acaecido.
Si en justicia estos presos merecen ser reinsertados, hágase con discreción, sin el aspaviento de las portadas de los periódicos y poniendo cierta distancia con quienes seguramente jamás perdonarán.
Si ya cumplieron su condena, no quedará para los familiares de las víctimas mas remedio que acostumbrarse a la idea de que en alguna parte, estas personas vuelven a formar parte de un entorno pero si fuera posible que no se diera la coincidencia de tener que cruzárselos cualquier día en cualquier esquina, tal vez consiguieran al menos olvidar que existieron y cuánto daño les hicieron hace tiempo…

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