Será un milagro que el presidente logre apoyos para cuadrar los presupuestos del Estado en este ajetreado verano tórrido en temperaturas y noticias.
La oposición exhibe su incesante cantinela de anticipo electoral sin mostrar otro programa que una suerte de frases catastrofistas ligadas como un lastre a la trayectoria del líder del PSOE y que inevitablemente exige su inmediata renuncia al cargo que ocupa, pero sin visos de presentar una moción de censura que lo ayude a bajar con mayor rapidez del banco azul y por añadidura, de los aposentos de la Moncloa.
Rugen los nacionalistas de mentirijillas sabiendo a ciencia cierta que el peso de sus votos vale lo que vale, es decir, mayor gestión autonómica y sobre todo, mayores prebendas económicas para sus siglas que es de lo que en el fondo, se trata.
Los partidos minoritarios ya ni siquiera cuentan en sus exposiciones ante la Cámara con la presencia del señor Rajoy que debe estar afilando los cuchillos en los sótanos de Génova en espera de hincar el diente al banquete que se avecina por mucho que no cuadren las cuentas o se congelen las pensiones.
No parecen interesar las otras vías en este bipartidismo feroz de comadres barriobajeras que sólo ponen atención mientras jalean estrepitosamente las salidas de tono de sus portavoces haciendo desgañitarse al señor Bono en su inútil batalla de exigir respeto mutuo a sus señorías en las movidísimas sesiones que últimamente protagonizan.
El pueblo llano mira con estupor el lamentable espectáculo al mismo tiempo que hace las maletas para alejarse unos días del bullicio y sobre todo de la negra niebla que se cierne sobre su cabeza con esta interminable crisis de macroeconomías que nadie le explica en un lenguaje que pueda comprender.
Los unos, los otros, desconectarán en Agosto de sus rencillas y cargarán las pilas para afrontar el Otoño con gallardía en espera de las consecuencias de la huelga general anunciada por los sindicatos y de la entrada en vigor de la reforma laboral con sus temibles consecuencias.
A los cronistas no nos queda otra que seguir relatando la disparatada realidad cotidiana de esta pseudo política de adoración al poder y desear que no nos salpique su empalagoso hedor impidiéndonos ser libres.
A veces se añoran otros tiempos, cuando todavía uno creía en la limpieza de sus gobernantes y soñaba con que el discurso que salía de sus bocas era verdad.
La oposición exhibe su incesante cantinela de anticipo electoral sin mostrar otro programa que una suerte de frases catastrofistas ligadas como un lastre a la trayectoria del líder del PSOE y que inevitablemente exige su inmediata renuncia al cargo que ocupa, pero sin visos de presentar una moción de censura que lo ayude a bajar con mayor rapidez del banco azul y por añadidura, de los aposentos de la Moncloa.
Rugen los nacionalistas de mentirijillas sabiendo a ciencia cierta que el peso de sus votos vale lo que vale, es decir, mayor gestión autonómica y sobre todo, mayores prebendas económicas para sus siglas que es de lo que en el fondo, se trata.
Los partidos minoritarios ya ni siquiera cuentan en sus exposiciones ante la Cámara con la presencia del señor Rajoy que debe estar afilando los cuchillos en los sótanos de Génova en espera de hincar el diente al banquete que se avecina por mucho que no cuadren las cuentas o se congelen las pensiones.
No parecen interesar las otras vías en este bipartidismo feroz de comadres barriobajeras que sólo ponen atención mientras jalean estrepitosamente las salidas de tono de sus portavoces haciendo desgañitarse al señor Bono en su inútil batalla de exigir respeto mutuo a sus señorías en las movidísimas sesiones que últimamente protagonizan.
El pueblo llano mira con estupor el lamentable espectáculo al mismo tiempo que hace las maletas para alejarse unos días del bullicio y sobre todo de la negra niebla que se cierne sobre su cabeza con esta interminable crisis de macroeconomías que nadie le explica en un lenguaje que pueda comprender.
Los unos, los otros, desconectarán en Agosto de sus rencillas y cargarán las pilas para afrontar el Otoño con gallardía en espera de las consecuencias de la huelga general anunciada por los sindicatos y de la entrada en vigor de la reforma laboral con sus temibles consecuencias.
A los cronistas no nos queda otra que seguir relatando la disparatada realidad cotidiana de esta pseudo política de adoración al poder y desear que no nos salpique su empalagoso hedor impidiéndonos ser libres.
A veces se añoran otros tiempos, cuando todavía uno creía en la limpieza de sus gobernantes y soñaba con que el discurso que salía de sus bocas era verdad.

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