Poner en práctica métodos como el que preconiza la Ley Arizona conlleva sin duda una serie de riesgos añadidos que aunque escapan a la comprensión de la gente de bien, acaban asentándose con cierta naturalidad entre personas simpatizantes de ciertas creencias excesivamente conservadoras.
Un buen número de americanos ve en la frontera con Méjico no una línea imaginaria que separa su territorio de otra nación con identidad propia, sino un peligro de contaminación racial que amenaza la pureza inmaculada del país más poderoso del mundo con un indeseado mestizaje que podría acabar por dilapidar el sueño de limpieza con el que siempre pretendieron encandilar al mundo.
Era de esperar que más pronto que tarde, esa idea de pureza cristalizara políticamente en el nacimiento de grupos que se ofrecieran como garantes de la vigilancia fronteriza ayudados por la fuerza incontestable del armamento que permite una ley cuya flexibilidad tantos disgustos ha dado a lo largo de los últimos años.
Estas patrullas paramilitares formadas casi en su totalidad por antiguos marines, perfectamente adiestrados para situaciones extremas, declaran sin ningún rubor su pertenencia a un partido nacional-socialista y son admitidas por los representantes legales como imprescindibles colaboradoras en el empeño de acabar con la inmigración ilegal, con prácticas que casi siempre acaban en resultado de muerte.
Nadie parece escandalizarse de tan abominable conglomerado de sucesos, muy al contrario, la mayoría de los habitantes de las zonas fronterizas aplaude la iniciativa como salvaguarda de un modo de vida que considera desequilibrado por la llegada de los ilegales con sus costumbres tercermundistas.
El claro desprecio de estos núcleos por la vida humana puede verse no obstante, acompañado por un crecimiento rápido de su ideología entre los pobladores de estos territorios llegando a representar una inquietante tendencia contra toda democratización si se sigue permitiendo su impunidad en este genocidio arbitrado por quienes siempre presumieron, precisamente, de haber conseguido la extinción del nazismo durante la segunda guerra mundial.
Y mientras el recurso presentado sobre la Ley Arizona sigue sus cauces legales ¿cuántas personas quedarán tendidas en los campos americanos por el simple hecho de buscar una mejora salarial o simplemente por tratar de huir de la peligrosísima cotidianidad que azota Méjico en sus guerras internas con el narcotráfico?
La realidad no tiene visos de ser corregida con carácter de urgencia, tal vez porque la autonomía de los Estados de Norteamérica confiere total independencia en sus decisiones a cada uno de los miembros de esta Unión cerrando los ojos a lo que sucede tras las puertas de sus vastísimos territorios.
Sin embargo, esta depuración genocida de tinte racial atenta contra los derechos internacionales y por tanto, debiera ser reprendida desde los organismos pertinentes prohibiendo la proliferación de estas ideologías y sancionando duramente a Estados Unidos, de persistir en su actitud.
Pero quienes se dejan la juventud a escasos pasos de conseguir un sueño, no son precisamente miembros de colectivos capitalistas ni hijos de banqueros, ni tan siquiera líderes de grupos políticos antiglobalización, son simplemente pobres sin nombre que se atreven a intentar escalar posiciones en una ascensión que les está vetada a proiori por los supuestos defensores de la verdad. A nadie importan sus desgraciadas historias y por tanto, difícilmente nadie defenderá su derecho a elegir un camino poniendo fin a los sistemas empleados para frustrar sus esperanzas.

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