Si nos parásemos un momento a pensar en el peligro que corren nuestros jóvenes cuando salen de casa, un escalofrío podría recorrernos la médula espinal hasta dejarnos sin aliento.
Desde el momento en que se permitió que los espectáculos se masificaran sin control sobrepasando los aforos de los recintos, los espectadores abandonaron la categoría de personas para convertirse en una especie de manada a la que conducen sin consideración a los escenarios de la locura.
De esos barros vienen lodos como la tragedia acaecida en Alemania este fin de semana dónde casi una veintena de chavales han perdido la vida pisoteados por una avalancha humana cuando intentaban acceder al que iba a ser su último concierto.
La edad todavía no permite ser consciente de hasta qué punto uno puede llegar a ser utilizado y exprimido por aquellos cuyo único interés radica en redondear los beneficios de un negocio en alza y hasta puede llegar a encontrar un divertimento en las incomodidades de la masificación durante las horas previas a un macroconcierto sin llegar a plantearse la posibilidad de correr algún riesgo.
Pasar noches en tiendas de campaña en la puerta de los estadios, esperar días enteros en las taquillas para conseguir entradas, se han convertido en hechos tan naturales, que a nadie se le ocurre plantear una queja a quien se limita a recoger el montante económico que generan este tipo de eventos.
Pero la realidad es que todo esto no sólo se sale y mucho de lo que debiera ser normal, sino que se acerca bastante a un abuso desconsiderado contra quienes por abonar el precio de una entrada están en su derecho de disfrutar de un espectáculo sin tener que embarcarse en estas odiseas.
Sin embargo, eximir de responsabilidad a quienes otorgan los permisos no sería de recibo y hay que decir que esta costumbre tan en boga en nuestro tiempo, también enriquece las arcas de los ayuntamientos convirtiendo en ciegos, sordos y mudos a los responsables municipales que autorizan tan deplorables acontecimientos sin pensar en las consecuencias que como se ha visto, podrían acarrear.
Tal vez sería el momento de ayudar a nuestros hijos a mirar la vida de forma diferente, a acostumbrarlos a exigir respeto a su dignidad como individuos y a convencerles de que no forman parte de ningún tipo de ganado al que manejar hasta los lugares en que puedan dar mayor rendimiento.
La música y en general las artes, siempre han sido consideradas como una fuente de belleza para admirarlas en apacible tranquilidad y no una especie de locura que nos lleva a túneles de muerte que no llegan a ninguna parte.

No hay comentarios:
Publicar un comentario