martes, 27 de julio de 2010

Tengo la paz y la palabra





Cuando en 1995 Blas de Otero pedía la paz y la palabra abriendo sus desgarrados versos a la corriente social, la vida cotidiana de nuestro país no era más que un deambular de seres asustados que aún se movían entre las ruinas devastadoras que en sus adentros había dejado la posguerra,
La dictadura franquista en el poder presumía de una paz ficticia que sólo acogía bajo su manto protector a sus incondicionales ignorando hasta la anulación a todos aquellos que se atrevían siquiera a pensar en soledad de manera diferente haciendo que la mentalidad de toda una nación permaneciera anclada en un oscurantismo desolador, huérfano de talento para avanzar en ningún campo que significara un poco de culto a la libertad.
Este poeta, que se atrevió a escribir en minoría desafiando la amenaza de los adeptos al régimen y silenciado hasta la saciedad por las editoriales de turno, exigía en un grito sordo y contundente las dos cosas que mas añoraban los espíritus libres de aquel tiempo: una paz verdadera y la posibilidad de expresar sin represión cualquier sentimiento que acudiera a la boca.
Estos hombres abrieron a golpes el camino para quienes les seguimos en la historia arrimando su esfuerzo y sacrificando el reconocimiento de sus obras en aras de la vida que hoy gozamos y que legaremos a nuestros hijos si los hados no se tuercen.
Tengo la paz y la palabra, soy absolutamente libre de plasmar mi pensamiento en un papel y diseminarlo por el mundo a través de esta página. Lo hago asentada en un país probadamente pacifista, ajeno por voluntad a los entresijos bélicos de las grandes potencias y afortunadamente, quedaron atrás las imposiciones dictatoriales que nos obligaban a hablarnos en susurros.
Ayer releía la obra de Blas de Otero que a pesar de ser tan puntualmente representativa de una época, todavía me conmueve al contemplar su vigencia en ciertos temas y el reflejo histórico que sus versos transmiten ayudándonos a comprender la amargura que probablemente representó tener que desenvolverse en un entorno como aquel.
Y hago a la vez un llamamiento a los poetas, porque quizá nos hemos acomodado en la apacibilidad de nuestro momento sin ser capaces de dar un primer paso en el campo de la poesía social, tan necesaria.
Es probable que de pararnos a pensar en las carencias que sacuden este mundo de vértigo del que somos protagonistas, nos invadiera un deseo de denuncia que ahora sí, en libertad, sacara de nuestro interior materia suficiente para dejar constancia de lo que vemos y necesitamos.
Y puede que cuando pasen unos años alguien, en algún medio novedoso de entonces, recuerde con sus palabras nuestros versos y se emocione todavía con ellos.

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