Finalmente
y tras varios días de discusión el
Tribunal Supremo falla a favor de la Banca, en el caso de los impuestos de las
hipotecas, en una maniobra sin precedentes que no sólo anula el fallo emitido
por sus propios compañeros, por cierto expertos en estos temas, hace sólo unos
días, dudando de su capacidad profesional, sino que también crea en la sociedad española una
duda más que razonable sobre la imparcialidad del poder judicial y del principio
de igualdad ante la Ley, al que tienen derecho todos los ciudadanos.
En
una votación absolutamente igualada que se inclinó del lado de la Banca,
precisamente por el voto de Díez Picazo, contra el que Podemos ha tratado
sin éxito de querellarse por prevaricación,
los quince votos de los magistrados que estaban en contra de la anterior
sentencia, lograron imponerse sobre los catorce que pretendían resolver a favor
de los clientes, en una sentencia que ha indignado profundamente a los
afectados por este tema e incluso a la Organización de Jueces para la Democracia
que exige la inmediata dimisión del presidente del Supremo, Carlos Lesmes y
también del citado Díez Picazo, por considerarlos los principales artífices de
esta maniobra inaudita.
Tampoco
han reaccionado bien la mayoría de los Partidos políticos españoles, a excepción
del PP, que ayer tarde evitaba pronunciarse sobre el tema, sin que este hecho pueda
sorprendernos en absoluto y una cascada de críticas, a cada cual más dura, ha caído
sobre este Tribunal que podría considerarse como un puntal fundamental para que
la justicia funcione correctamente, en este país nuestro.
Ya
ayer por la tarde, Pablo Iglesias invitaba a los ciudadanos a manifestarse ante
el edificio en el que han estado reunidos estos jueces durante casi tres días,
manifestando abiertamente su total y absoluta desconfianza en la limpieza de
este veredicto, por considerar que los quince magistrados que han ganado la
votación se han rendido sin condiciones a las fuertes presiones recibidas desde
la Banca.
El
fallo se ha reflejado sin embargo en fuertes subidas en la Bolsa, poniendo de
manifiesto, como ya sabíamos, que el dinero es el que mueve indefectiblemente
este mundo en el que vivimos y la satisfacción de las Entidades bancarias,
tampoco se ha hecho esperar, al comprobar que han ganado una partida en la que se jugaban
fundamentalmente, una buena parte de sus beneficios.
Y
sin embargo y tal como decíamos ayer, la sensación que queda en la calle es que
nos encontramos en una situación de total indefensión ante unas leyes que
dependen en exclusividad de la interpretación que quieran darle los jueces y
cuya aplicación, que habría de ser estricta y precisa, cuando están en juego
los intereses de la gente de a pie que conformamos esta Sociedad, queda
supeditada a la opinión personal e
incluso a la inconfesable ideología de unos magistrados, que no por serlo se
encuentran en un nivel superior al del resto de los seres humanos y que como
tales, pueden cometer gravísimos errores que como en este caso, laceran los
intereses de los más humildes.
Estas
interpretaciones de la Ley, en muchos casos peregrinas, como podrían ser las de
los jueces discrepantes en el caso de la manada y en otros, simplemente
inaceptables, como en el asunto de estos impuestos de las hipotecas, se han
convertido, sin embargo, en algo inherente a la aplicación de las leyes en este
país, en el que empezamos a pensar que las sentencias no se atienen escrupulosamente
a lo que dicta la ley, sino a los inclinaciones personales de los encargados de
presidir los tribunales, en su mayoría, proclives a ponerse a favor de la parte
más poderosa.
Ni
que decir tiene, que estas decisiones partidistas, cada vez más frecuentes, en
el mundo de la legislatura, producen un gravísimo daño a la imagen de la
Justicia, como tal y que provocan en la sociedad un rechazo que roza la
repugnancia y una desconfianza general que va, desgraciadamente, in crescendo,
situando a los jueces que cumplen con dignidad estrictamente con sus funciones
en un plano que no les corresponde y
dejando la sensación de que cierto tipo de tácita corrupción, ha podido
apoderarse de un sector mayoritario de los encargados de administrar justicia.
Cuando
el refranero español, que suele ser bastante sabio, dice que no sólo hay que
ser honrado, sino además, parecerlo, parece estar haciendo alusión a casos como
el que hoy estamos tratando, pues no puede evitarse que decisiones como la que
se tomó en la tarde de ayer, levanten sospechas sobre la actitud de ciertos
jueces, cuyos argumentos no sólo no logran convencer a los profanos en estas materias,
sino tampoco a una buena parte de sus `propios compañeros, que discrepan
abiertamente y sin cortapisas, de fallos como este.
Sin
saber aún cómo reaccionará el gobierno de Sánchez, que se comprometió
profundamente con todas las causas sociales, pero esperando cierta contundencia
en la respuesta, aunque para ello haya que legislar basándose en nuevos
argumentos, todos los ciudadanos nos hemos levantado con la triste impresión de
que por muchos abusos que contra nosotros cometa la Banca, jamás seremos
capaces de ganar, pues el apoyo judicial que para ello precisaríamos, nos falla
estrepitosamente. Es terrible tener que reconocerlo, pero a la vista de los
acontecimientos, no podemos pensar otra cosa.

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