El
nombramiento del Juez Marchena como Presidente del Consejo General del Poder
Judicial, que han acordado PP y PSOE, sin haber contado tampoco esta vez con la
participación de los otros Partidos, trae como consecuencia un cambio radical
en la composición del Tribunal que juzgará finalmente a los políticos implicados
en el Proces, que como todos sabemos se encuentran en prisión provisional desde
hace aproximadamente un año y para los que la Fiscalía pide, por un delito de Rebelión,
largas y contundentes condenas.
La
Presidencia de este Tribunal será ocupada ahora por el Juez Martinez Arrieta,
de carácter mucho menos conservador que su antecesor y que contará con la presencia
de otros seis magistrados que le ayudarán a dirimir sobre las enormes
dificultades que presenta este complicadísimo caso y cuyas opiniones se
encuentran absolutamente divididas, aunque tres de ellos formarían parte de la
corriente denominada como progresista.
La
concesión hecha por el PSOE, al entregar la presidencia del CGPJ a Marchena
bien podría estar encaminada a intentar suavizar la desmesura con que se había
abordado hasta ahora lo que ocurrió el primero de octubre en Catalunya, durante
los actos que dieron lugar a la posterior declaración de una República, que
duró apenas escasos minutos y también hasta qué punto llegó la implicación de
cada uno de estos políticos, ahora encarcelados, en el desarrollo de los
acontecimientos, ofreciendo quizá, a los nacionalistas, ese gesto que
reclamaban, a cambio de brindar a Pedro Sánchez su apoyo en la aprobación de
los Presupuestos Generales del Estado, asegurando con ello su permanencia en la
Presidencia.
Todos
sabemos que la opinión de los Magistrados más progresistas no ha coincidido
desde el principio, en absoluto, con la que han venido mostrando los que
representan al ala conservadora y entre los que se encuentran Llarena y Marchena y que los primeros han
negado por activa y por pasiva que existiera en ningún momento el delito de
Rebelión, pues la ausencia de violencia y la falta de armas, durante los acontecimientos
de los que hablamos, no se correspondería con el significado real que se
atribuye a este delito en concreto, ni podría pues imputar a los líderes que
encabezaron el movimiento que se produjo en Catalunya,
durante esas fechas.
La
obcecación del Partido Popular en mantener esas acusaciones, mientras Mariano
Rajoy pudo conservar el poder y quizá en un grado aún mayor, tras el inesperado
triunfo de la Moción de Censura, querría representar en cierto modo, una manera
de poder ocultar el estrepitoso fracaso que cosecharon las políticas que aplicaron
en Catalunya, pues mientras duró su mandato se podría decir que más de un
millón de personas, se convirtieron en defensores a ultranza de la causa
independentista. Tampoco la aplicación del 155 consiguió en absoluto suavizar
una situación que se complicó gravemente cuando a pesar de las advertencias
vertidas desde Madrid y la fuerte presencia policial, más de dos millones de
catalanes consiguieron votar el primero de octubre, sin que ni siquiera la
fortísima represión aplicada sobre ellos, lograra disuadirles de sus
intenciones.
Absolutamente
derrotados por la ineficacia de sus métodos, a los populares no les quedó otro remedio
que tratar de construir una venganza que castigara eficazmente la desobediencia
de los catalanes y buscó el apoyo que le era del todo imprescindible, en la vía
judicial, sobre todo cuando Puigdemont y otros líderes se les escaparon del país, sin que ni siquiera hubieran sido
capaces de percatarse de que tal cosa podía sucederles.
Intentar
reparar esta afrenta, que ha hecho un daño irremediable al partido conservador,
a base de endurecer el discurso sobre la situación en Catalunya, se ha
convertido desde entonces en un tema recurrente que incluso se ha recrudecido
una vez que Pablo Casado se ha hecho cargo de la Presidencia de la Formación,
sencillamente, porque no existe ninguna otra vía que pueda devolverles la
dignidad que perdieron, cuando los independentistas les ganaron la partida.
Los
excesos que se han venido cometiendo desde entonces, como el de mantener
encarcelados a los líderes durante un
año entero o la atribución del delito de Rebelión que puede acarrear a algunos
de ellos penas de más de treinta años de prisión, forman parte de una huida hacia
adelante, que a ser posible, demuestre a los ojos de la sociedad en general,
que a pesar de todo lo ocurrido, al final la justicia les dio la razón, restableciendo
así el honor que perdieron a causa de sus tremendos errores.
Ojalá
y este cambio de Tribunal sirva para colocar las cosas en su justa medida,
alejando los rencores políticos que se han generado después del desarrollo del
Proces y que los nuevos encargados de juzgar este caso, lo hagan, con
ecuanimidad, en aplicación de unas leyes que sólo empiezan a ser malas, cuando
son manipuladas por la interpretación que de ellas hacen determinados hombres.

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