Tras
haberse hecho público el contenido de
nuevas grabaciones de las conversaciones de Villarejo, a María Dolores
de Cospedal no le ha quedado otra salida que presentar esta mañana la dimisión
de su cargo en la Ejecutiva del PP, argumentando que lo hace por no perjudicar
a su Partido, aunque esto no parece importarle demasiado, cuando decide
conservar el escaño que ocupa en el Congreso, como supuesta representante
electa en las urnas, por una buena parte de los españoles.
Acorralada
por el rastro que han dejado sus reuniones con el ex Comisario y por la
naturaleza de las peticiones que aparecen en las grabaciones que está filtrando
la prensa estos días, en las que se la oye pedir claramente una investigación
sobre la vida personal del hermano del
entonces Ministro, Alfredo Pérez Rubalcaba y otra sobre los movimientos de su
compañero de Formación, Javier Arenas, con el que siempre tuvo una mala
relación por todos conocida, su salida se ha visto precipitada inesperadamente,
ahora que pensaba haberse asentado como un elemento imprescindible al lado de
Pablo Casado, al que se agarró como a una tabla de salvación en cuanto entendió
que sería el ganador de las primarias y al que prestó inmediatamente su apoyo
para evitar el triunfo de Soraya Sáinz de Santamaría.
La
deuda adquirida por Casado con esta mujer, que ha sido durante muchos años
considerada como un puntal básico en el Partido Popular y que se ha caracterizado por una acumulación de cargos que en cierta
medida traspasaba todas las líneas de la ética, no le ha impedido tener que
forzar su dimisión, pues como ya hemos dicho muchas veces, en esto de la
Política, no existen las amistades verdaderas y eternas.
Como
un jarro de agua fría ha debido sentarle a la ex Ministra y a su marido tener
que abandonar el primer plano de la escena política por la puerta de atrás,
tanto, que ha decidido hacerlo a través de un comunicado, sin querer o poder
atreverse a enfrentarse a las preguntas de los profesionales de los medios, a
pesar de que muchos de ellos aún tenían hoy la osadía de continuar defendiendo
su inocencia, llegando al extremo de pedir insistentemente la dimisión de la
Ministra Delgado, como si la comida a la que asistió con Villarejo fuera
comparable en importancia a esta especie de oscura trama de vigilancias,
gestada en los despachos de Génova.
No
esperaba Cospadal durar tan poco en la nueva Ejecutiva de Casado y menos aún
por una causa tan desagradable como ésta, aunque puede intuirse por su actitud
que no debe tener la conciencia tranquila, sobre todo si está segura de que
existe mucho más material del que se ha publicado hasta ahora y por ese motivo,
se guarda las espaldas conservando un escaño en el Congreso que le asegura un
aforamiento que la protegería en el caso de que la justicia considerara en
algún momento imputarla, pues la gravedad de los hechos que se relatan,
seguramente lo aconsejaría.
Entretanto,
el silencio de Pablo Casado sobre el tema evidencia la que ha debido ser una de
las mayores decepciones que se ha llevado en su vida, pues en honor a la
verdad, habría que decir que jamás hubiera conseguido llegar dónde está, de no
haber sido por el apoyo que le
supusieron los votos que Cospedal había recibido de parte de una buena parte de
compromisarios, a los que aconsejó sumarse a la candidatura de Casado, cuando
quedó claro que ella no tenía la menor posibilidad de ganar los comicios.
Pero
la evidencia de las publicaciones aparecidas durante los últimos días no han
permitido al recién llegado otra alternativa que forzar esta dimisión que
seguramente le ha dolido en el alma, pero que de no haberse producido, podría
haber lesionado gravemente la imagen de limpieza que necesita imperiosamente
transmitir, para poder dejar atrás el escabroso pasado de los casos de corrupción que han perseguido al
PP, durante los últimos años.
Cospedal
era seguramente, uno de los últimos eslabones que recordaban a diario que
determinadas cosas habían sucedido y su permanencia en la Ejecutiva se
encontraba estrechamente relacionada mucho más con la gratitud que con las preferencias
personales de Casado, que con toda seguridad, estará deseando librarse de
cualquiera de estos personajes que pertenecieron a una época de la Formación
que sería mejor poder olvidar, a la mayor brevedad posible.
A
veces, la vida ofrece inesperadas sorpresas que por una suerte de azar colocan
a cada cual en su sitio, devolviendo a otros lo que perdieron en el camino y
estamos seguros de que la dimisión forzosa de Cospedal ha debido complacer de
manera especial a Soraya Sainz de Santamaría, que en justicia sería quien debería
estar ocupando el sitio que le arrebató casado, gracias al incondicional apoyo
de su más ferviente enemiga.
Que
Cospedal continúe manteniendo el escaño no puede sino parecernos una prueba
evidente de que está dispuesta a luchar por no perder los privilegios que le
ofrece permanecer en primera línea de juego, pero como ya hemos dicho
reiteradamente, todos nos convertimos en esclavos de nuestras palabras y el
rastro que éstas dejan, pueden perseguirnos durante toda nuestra vida.
La
marcha de este singular icono del PP y sobre todo los motivos que han forzado
su salida, ofrece al Gobierno de Pedro Sánchez un buen argumento con el que
contratacar las críticas que su gestión está recibiendo por parte de los
ultraconservadores de Casado, pues deja al descubierto que en esto de las
cloacas del poder, el PP se lleva la palma, aunque hasta ahora pudiera
pensarse, por ejemplo, que algunos personajes del PSOE, habrían sido los
principales artífices de esta suerte de maniobras oscuras, de las que todos
abominamos, naturalmente.
Tanto
acusar a Rubalcaba de estar detrás de una serie de asuntos turbios literalmente
encaminados a minar la imagen de los populares y ahora resulta que se ha
convertido en una víctima, demostrando que la verdad termina por aparecer en
cualquier momento, ofreciendo segundas oportunidades a quienes creíamos que lo
tenían todo perdido.

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