Son
más de las doce de la mañana y los miembros del Supremo continúan deliberando sobre el caso de
los impuestos de las hipotecas, cuyo
pago se atribuyó la semana pasada, por sentencia, a la Banca, provocando una reacción
inusitada que ha dado lugar a esta reunión que parece haberse convertido en
eterna y que sienta un terrible precedente al poner en tela de juicio un
veredicto salido directamente de este mismo Tribunal, quizá por las presiones
recibidas, al ser el fallo favorable a los intereses de los ciudadanos.
Mucho
se ha hablado del deterioro de la imagen de la Justicia española, sobre todo
desde que andamos continuamente enredados en casos de corrupción que han
afectado directamente a personajes de mucha relevancia personal y política,
cuestión que ha llegado a provocar en la población en general, una sensación de
desconfianza y la firme creencia de que la Ley, en este país, no es igual para
todos, pues mientras existen personas que se encuentran en prisión, por
ejemplo, por haber gastado ochenta euros de una tarjeta de crédito encontrada,
otras permanecen en libertad o han sido condenadas a penas irrisorias, por
defraudar millones a las Arcas del Estado.
El
caso de los impuestos de las hipotecas, que tantos quebraderos de cabeza parece
estar causando al Supremo y que se resume a un tema tan sencillo de comprender
como que los ciudadanos han estado pagando durante años unas cantidades
abusivas que añadidas a los elevadísimos precios de las viviendas convierten el
poder responder mensualmente a los préstamos en una dificultad extrema, mientras
los Bancos, presentes en cada una de estas firmas que en algunos casos
comprometen a los clientes durante casi cincuenta años, no sólo han abusado
reiteradamente de ellos con temas como el de las clausulas suelo, sino también cargado
a sus espaldas el pago de unos impuestos que en justicia correspondería asumir
a ellos, sobre todo después de que entre todos, los hayamos rescatado de un desastre de consecuencias imprevisibles.
La
decisión parecía estar clara para los miembros que la estudiaron en el Supremo,
excepto para uno, que emitió un voto particular en contra, como ha ocurrido en
otras muchas ocasiones, pero el costo de la operación, que en el peor de los
casos supondría para la Banca tener que devolver unos 16.000 millones de euros,
la caída de los mercados en la Bolsa y la indignación inmediatamente mostrada
por los dueños de las entidades más importantes del país, levantaron una
polvareda que provocó que el Presidente del Tribunal, por primera vez en su
Historia, paralizara la ejecución de la sentencia y convocara con carácter de
urgencia esta reunión que todavía continua y de la que lo único que sabemos es
que existe una fuerte división de opiniones, por parte de todos sus miembros.
La
tardanza en resolver el asunto empieza a levantar la sospecha de que la
sentencia anterior pudiera ser anulada, modificada o transformada por otra más
acorde con los intereses bancarios, que prescindiera directamente, por ejemplo,
del carácter retroactivo que se contemplaba en la primera y mientras más tiempo
transcurre, mayores son las especulaciones que se hacen todos aquellos que continúan
pagando hipotecas en la actualidad y sobre todo, los que están a punto de
firmar nuevos compromisos, sin tener claro a quién corresponderá el pago de
impuestos, a partir de ahora.
La
pregunta que nos hacemos los que contemplamos con estupefacción esta novedosa
maniobra en la que nos hallamos inmersos es, como no podría ser de otra manera,
qué intereses está obligado a defender el Tribunal Supremo y si es su
obligación o no velar porque la aplicación de las leyes sea lo más estricta y
ecuánime posible.
Sin
embargo, la opinión que se tiene en la calle sobre el asunto es que en el caso
que nos ocupa, existen preferencias predeterminadas que juegan a favor de los
intereses de la banca, por lo que los ciudadanos, que se sienten y han sentido
víctimas de los abusos de estas entidades, se encuentran absolutamente
desprotegidos, cuando tienen la necesidad de enfrentarse a un Gigante, sin que
las leyes vigentes en este país parezcan hacer nada por remediar esta
indefensión evidente.
Como
ustedes comprenderán, esta reunión del Supremo no hace sino incidir en la
espantosa opinión que los ciudadanos ya tienen sobre el funcionamiento de la
justicia española y son muchas las voces de juristas que ya se han pronunciado
alertando de la peligrosidad de que determinados sectores pudieran estar
interfiriendo en las decisiones judiciales, atentando presuntamente, contra la
imparcialidad que debe regir, como principio inalienable, en el mundo del poder
judicial.
No
se comprende, cuánto más hay que hacer a favor de una Banca, cuyo rescate nos
ha costado a todos nada menos que 50.000 millones de euros que continuamos
pagando, mientras un buen número de
familias atraviesa terribles situaciones
de desamparo y miseria y menos aún, por qué razón hay evitar al precio que sea,
que estas entidades que al fin y al cabo no son más que negocios que debieran
equipararse a otros cualquiera, sufran reveses relacionados con la mala gestión
que durante años han estado llevando a cabo, a su libre albedrío, incluso
cuando perjudican gravemente a las personas que confiaron en ellas, para
gestionar, en este caso, el pago de sus hipotecas.
Verán,
los bancos no nos están regalando los pisos en los que vivimos, sino que su
labor consiste, si es que superamos con éxito todos los trámites que se nos
exigen, en concedernos un préstamo, que habremos de pagar religiosamente todos
los meses, llueva o ventee, si no queremos enfrentarnos directamente a un
desahucio, como ya ha ocurrido en el caso de miles de familias, en este país en
que vivimos.
La
firma de una hipoteca, no es más que un acuerdo en que las dos partes, el
comprador y el banco se comprometen a respetar escrupulosamente un acuerdo,
pero si se parte de una base en que las condiciones pactadas son, desde el
principio, claramente abusivas para el cliente, podríamos estar hablando de un
delito directamente relacionado con la usura y por tanto, correspondería al
abusador, devolver el montante obtenido del comprador, por estos medios.
Los
antecedentes con que cuenta la Banca no juegan precisamente a su favor, puyes
habría que recordar por ejemplo, que ya nos estafaron descaradamente con el
asunto de las clausulas suelo o el de las Preferentes y habría que aclarar
además, que su estabilidad no correría ningún peligro, aún en el caso de que se
viera obligada a devolver esos 16.000 millones de euros que están en juego en
este momento, pues sus beneficios superan con creces esa cantidad, como todos
hemos podido conocer a través de las noticias de los réditos que han recibido
durante los últimos años.
Negociar,
señores banqueros, es ganar o perder y sería de justicia que este sector se
fuera acostumbrando a lidiar con los reveses que a veces traen los
acontecimientos, en la misma medida que cualquier empresa, grande o pequeña, se
ve obligada a hacer a diario, sin que el Estado venga a remediar su mala
fortuna, en el caso de que lo necesite.
Considerar
al negocio de la Banca como inviolable, incluso sabiendo a ciencia cierta que
se están perjudicando los intereses de los ciudadanos, resulta ser, simplemente
una felonía y parece inaceptable que un Tribunal como el Supremo, pudiera
prestarse a este juego, pues no existe ninguna razón que pueda justificarlo.
A
la espera de conocer la decisión final sobre el asunto que nos ocupa y sin
demasiadas esperanzas de que la justicia falle a nuestro favor, pues formamos
parte de las clases humildes, sólo esperamos que si la fallo termina por beneficiar
a la Banca, la respuesta de la calle sea no sólo inmediata, sino contundente.

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