Mientras
el problema catalán alcanza uno de sus momentos más álgidos, debido al evidente
desacuerdo surgido entre la Fiscalía y la Abogacía del Estado, a la hora de
atribuir una calificación a los presuntos delitos cometidos por los líderes
presos, el argumento que durante meses ha sustentado el discurso de los
Partidos de la derecha española, ahora
dividida en tres, por razones que en este instante no vienen al caso, empieza a
perder cada vez más relevancia, por la proximidad de los juicios y urgía
encontrar un modo de poder seguir perpetuando ese testimonio de supuesto
patriotismo de símbolos y banderas, que tan buenos frutos ha venido dando,
sobre todo a Rivera y a los suyos, gracias a la impagable colaboración de una Inés
Arrimadas que ha sabido ganarse la confianza de un buen número de catalanes que
desean continuar formando parte del territorio español y que no se han sentido
representados por nadie más que por ella, a lo largo del tiempo que ha durado
el proceso.
Casi
seguros de que Pedro Sánchez no conseguirá finalmente sacar los presupuestos adelante,
tras conocerse que los secesionistas dan por rotos los posible acuerdos a los
que podían haber llegado con el Presidente, a causa de la enorme cantidad de
años de prisión que pide la justicia para sus líderes presos, PP, Ciudadanos y
VOX han supuesto, quizá con un poco de ligereza, que al socialista no le
quedará otro remedio que convocar nuevas elecciones y han puesto en marcha
todos los resortes a su alcance, para tratar de conseguir los votos de todos
aquellos a los que han convencido de que la unidad de España se estaba
tambaleando, pero que no acababan de creer que podría producirse una ruptura
del todo inminente.
Con
el ambiente sumamente enrarecido en Catalunya y los independentistas en las
calles reclamando la libertad para sus encarcelados, a Rivera se le ha ocurrido
que podría ser una buena idea convocar un acto de reafirmación de su
españolidad, nada menos que en Alsasua, una localidad navarra que durante años
ha seguido una trayectoria claramente abertzale y que seguramente ha sido
elegida precisamente por eso, para comenzar a fabricar un nuevo conflicto que
se sume inmediatamente al catalán y que deje claro a esos votantes aun
indecisos, la contundencia del único
argumento que ha ofrecido a los Ciudadanos de Rivera, alguna oportunidad de
llegar a alcanzar el poder, teniendo que contar o no, con las otras Formaciones
de derechas, para poder formar un gobierno.
La
idea, que ha sido inmediatamente secundada por los populares y por VOX, que se
han paseado por las calles de Alsasua junto Rivera, entre fuertes medidas de
seguridad, al ser recibidos por la mayor parte de la población en medio de un
clima de rechazo total rayano en la violencia, parece haber logrado sin
embargo, una de sus primeras pretensiones y un Albert Rivera crecido por el
orgullo de su supuesta hazaña, se ha subido al estrado construido para tal fin,
para ofrecer a la concurrencia un discurso enardecido de patrioterismo barato
que sin embargo, lograba inflamar los ánimos de los que lo rechazaban desde la
distancia, casi al mismo tiempo que el de los que le habían acompañado hasta el
territorio navarro, desde sus diversos
puntos de origen.
Logrado
el objetivo de su provocación y habiendo puesto la primera piedra para la
posible creación de un nuevo problema, Rivera ha ofrecido en directo a todos
los españoles lo que podría ser el germen de un levantamiento popular, ahora
situado en pleno corazón del País vasco y
Navarra,
como un segundo foco de resistencia, olvidando que en este caso en particular,
aún no han se han podido cerrar las profundas heridas que dejaron tras de sí
más de cuarenta años de enfrentamientos y prácticas de terrorismo que los
ciudadanos tratan ahora de superar, pero que bien podrían reabrirse de nuevo,
si se ofrecieran excusas que potenciasen un recrudecimiento.
Por
segunda vez en pocos meses, Albert
Rivera basa el grueso de su política en supuestos que da por sentados aunque aún
no se hayan producido, movido por su
indescriptible ambición de poder y aprovechando las circunstancias
desfavorables que sacuden a sus competidores más cercanos, ahora que Casado se
ha visto envuelto en las escuchas a Cospedal y VOX no cuenta todavía, más que
con una representación casi testimonial, en el espacio que ocupan en este país,
los tradicionales votantes de las derechas.
Y
sin embargo, el proyecto de Pedro Sánchez todavía podría reconducirse si como
parece, Oriol Junqueras estuviera dispuesto a separar el caso de los presupuestos
de la cuestión de los presos y el PdeCat de Puigdemont accediera a abstenerse
en la votación, para evitar que en nuevas elecciones pudiese ganar la derecha,
por lo que este adelanto de intenciones, que deja entrever las verdaderas
intenciones de Rivera, bien podría volverse en su contra, regalándole de nuevo,
un estrepitoso fracaso
Basar
un programa en un único punto, intentar convertir la confrontación
entre ciudadanos,en una vía de acceso al poder, sin mostrar en ningún momento ninguno
de los proyectos que su Formación pondría en marcha, en el caso de gobernar, en
planos tan importantes como el económico o el social, parece, observado desde
fuera, más bien una obsesión compulsivamente instalada en la mente de este político
en particular, que no puede o no quiere construir más futuro para nuestra
sociedad, que ese en el que siempre han de estar presentes, los símbolos y las
banderas.
En
contraposición a su propia manera de comportarse, la aversión que siente hacia
los emblemas y las insignias que otros exhiben como suyas, evidencia un
autoritarismo feroz que niega por sistema, el respeto a la libertad de
pensamiento que tanto reclama para los que comparten su ideario, como si fuera
el único que pudiera tener cabida en un país tan diverso como el nuestro.
Caer
en su provocación, acudir al ojo por ojo y diente por diente, que sería quizá
la respuesta más fácil que pudiera esperarse en un caso de estas características,
constituiría, sin embargo, un error que podría acarrearnos gravísimas
consecuencias, pues ese es precisamente el objetivo que pretende conseguir
quién lleva soñando con ocupar la Moncloa, convertido en salvador de España,
desde hace mucho tiempo.
Obligatoriamente
habría que advertir a los votantes de centro y también a los que pertenecen a
una derecha civilizada que asume que en el juego de la democracia, unas veces
se gana y otras se pierde, que Rivera constituye, sin lugar a dudas, un peligro
cada vez mayor y que lo único que podría esperarse de su triunfo, si alguna vez
llegara a consumarse, sería tener que vivir bajo el yugo de un autoritarismo
feroz que en nada ayudaría a mantener la convivencia pacífica entre personas
que por derecho, son fieles a su propia ideología, posicionándose claramente a
favor de las izquierdas o las derechas, pero nunca dispuestas a someterse a la
tiranía del pensamiento único que parece personificar Rivera.
Tener
o no tener una idea de patria basada fundamentalmente en la exhibición de
determinados colores, despreciar abiertamente y sin dar una oportunidad al
diálogo a los demás, abominando de la conciliación necesaria para lograr la resolución
de los conflictos, es un argumento que por desgracia, conocemos muy bien los
que tuvimos la mala suerte de tener que malvivir en los años de oscuridad de la
dictadura franquista.
Lo
que hemos visto hoy en Alsasua y lo que oímos cada vez con mayor frecuencia de
los labios de Albert Rivera, indefectiblemente nos traslada a esa etapa de
niebla y de forzoso silencio.
Excuso
decirles que no nos gustaría nada tener que repetir la experiencia.

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