La dimisión de Federico Trillo, a última hora de la tarde de
ayer, anunciada en una apresurada rueda de prensa a la que no dio tiempo a
llegar a una buena parte de los representantes de los medios y en la que no se
admitieron preguntas, deja a los ciudadanos un sabor agridulce difícil de digerir, pues aunque su marcha supone una
victoria para los familiares de los fallecidos en el Yak 42, no colma sin
embargo, su esperanza de que el ex Ministro asuma en ningún momento su
responsabilidad en aquellos hechos, ni tampoco la de que haya sido cesado
fulminantemente, como hubiera sido de recibo, por este Gobierno de Rajoy, al
que le cuesta tanto tomar decisiones justas, cuando se trata de alguno de sus
pesos pesados, como es el caso de este controvertido personaje, al que todos
nos hubiera gustado ver tratar, al menos con la misma contundencia que los
conservadores exigen a sus oponentes políticos, incluso cuando se habla de
cuestiones de mucha menor importancia.
Se va Trillo, eso sí, absolutamente forzado por la deriva que
está tomando estos días el asunto de aquel avión, cuya salida autorizó
inexplicablemente cuando regentaba el Ministerio, aunque manteniendo la
habitual soberbia que siempre le caracterizó y que hemos tenido la oportunidad
de ver tantas veces en sus enfrentamientos en directo con las indignadas
familias de los fallecidos, que nunca le perdonaron, no sólo la malísima
gestión que se hizo por la contratación del avión, sino también y muy fundamentalmente,
los hechos que siguieron al suceso y que derivaron en la terrible
identificación que se hizo de los cadáveres y más tarde, en el maltrato
continuado que se dio a los allegados de las víctimas, que llegaron a ser
amenazados de manera violenta, por el
mero hecho de querer conocer toda la verdad de lo que había ocurrido, antes,
durante y después de su tragedia.
Sigue el ex Ministro, frío y altivo dónde los haya, a pesar
de su declarado catolicismo apostólico y romano, sin entender siquiera el
concepto de caridad, que aconsejaría por su parte, el reconocimiento de sus
reiterados errores, profesional y personalmente, para pedir, después de trece
años de sufrimiento, ese perdón que se le reclama como principal responsable
que fuera de las Fuerzas Armadas españolas, bajando al nivel de los que tanto
han luchado por devolver la dignidad a los suyos y empatizando con la angustia
y la desesperanza que ha provocado en ellos durante tanto tiempo y por las que
no se le ha visto jamás, un solo signo de arrepentimiento.
No solo no parece probable que esto llegue a ocurrir, sino
que en su lugar, anuncia el dimisionario su intención de reincorporarse
profesionalmente al mismo Consejo de Estado que aprueba por unanimidad el
informe que le implica personalmente en lo ocurrido entonces, dejando claro que
los valores éticos por los que debe moverse cualquier ser humano, no tienen la
menor importancia para él, como si estuviera por encima del bien y del mal,
cubierto por un halo de santidad trasnochada e hipócrita.
Puede que lo que pretende sea legal y que desafiando los
consejos de los dirigentes de su propio Partido, acabe instalado exactamente en
el lugar que ahora pretende, pero la memoria que deja en los ciudadanos, la
imagen que proyecta como político en el país y la estela que deja tras de sí,
del tiempo que ha vivido asumiendo labores de Gobierno, no puede ser peor y
tengan por seguro, que le acompañará durante el resto de su existencia, vaya donde
vaya y ocupe el puesto que ocupe.
Trillo es y será para los españoles, aquel que permitió que
el Yak despegara en las condiciones que lo hizo, que gestionó los desaparecidos
contratos, que urgió a enterrar los féretros en los que se agruparon apresuradamente
los restos mezclados de los soldados muertos y que engañó y vejó a sus
familias, con un imperdonable despotismo, negándoles el respeto que merecen
como seres humanos azotados por una espantosa tragedia.
Ese y no otro, es su epitafio político y tendrá que vivir con
ello.

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