viernes, 13 de enero de 2017

Un sabor agridulce


La dimisión de Federico Trillo, a última hora de la tarde de ayer, anunciada en una apresurada rueda de prensa a la que no dio tiempo a llegar a una buena parte de los representantes de los medios y en la que no se admitieron preguntas, deja a los ciudadanos un sabor agridulce difícil de  digerir, pues aunque su marcha supone una victoria para los familiares de los fallecidos en el Yak 42, no colma sin embargo, su esperanza de que el ex Ministro asuma en ningún momento su responsabilidad en aquellos hechos, ni tampoco la de que haya sido cesado fulminantemente, como hubiera sido de recibo, por este Gobierno de Rajoy, al que le cuesta tanto tomar decisiones justas, cuando se trata de alguno de sus pesos pesados, como es el caso de este controvertido personaje, al que todos nos hubiera gustado ver tratar, al menos con la misma contundencia que los conservadores exigen a sus oponentes políticos, incluso cuando se habla de cuestiones de mucha menor importancia.
Se va Trillo, eso sí, absolutamente forzado por la deriva que está tomando estos días el asunto de aquel avión, cuya salida autorizó inexplicablemente cuando regentaba el Ministerio, aunque manteniendo la habitual soberbia que siempre le caracterizó y que hemos tenido la oportunidad de ver tantas veces en sus enfrentamientos en directo con las indignadas familias de los fallecidos, que nunca le perdonaron, no sólo la malísima gestión que se hizo por la contratación del avión, sino también y muy fundamentalmente, los hechos que siguieron al suceso y que derivaron en la terrible identificación que se hizo de los cadáveres y más tarde, en el maltrato continuado que se dio a los allegados de las víctimas, que llegaron a ser amenazados de manera  violenta, por el mero hecho de querer conocer toda la verdad de lo que había ocurrido, antes, durante y después de su tragedia.
Sigue el ex Ministro, frío y altivo dónde los haya, a pesar de su declarado catolicismo apostólico y romano, sin entender siquiera el concepto de caridad, que aconsejaría por su parte, el reconocimiento de sus reiterados errores, profesional y personalmente, para pedir, después de trece años de sufrimiento, ese perdón que se le reclama como principal responsable que fuera de las Fuerzas Armadas españolas, bajando al nivel de los que tanto han luchado por devolver la dignidad a los suyos y empatizando con la angustia y la desesperanza que ha provocado en ellos durante tanto tiempo y por las que no se le ha visto jamás, un solo signo de arrepentimiento.
No solo no parece probable que esto llegue a ocurrir, sino que en su lugar, anuncia el dimisionario su intención de reincorporarse profesionalmente al mismo Consejo de Estado que aprueba por unanimidad el informe que le implica personalmente en lo ocurrido entonces, dejando claro que los valores éticos por los que debe moverse cualquier ser humano, no tienen la menor importancia para él, como si estuviera por encima del bien y del mal, cubierto por un halo de santidad trasnochada e hipócrita.
Puede que lo que pretende sea legal y que desafiando los consejos de los dirigentes de su propio Partido, acabe instalado exactamente en el lugar que ahora pretende, pero la memoria que deja en los ciudadanos, la imagen que proyecta como político en el país y la estela que deja tras de sí, del tiempo que ha vivido asumiendo labores de Gobierno, no puede ser peor y tengan por seguro, que le acompañará durante el resto de su existencia, vaya donde vaya y  ocupe el puesto que ocupe.
Trillo es y será para los españoles, aquel que permitió que el Yak despegara en las condiciones que lo hizo, que gestionó los desaparecidos contratos, que urgió a enterrar los féretros en los que se agruparon apresuradamente los restos mezclados de los soldados muertos y que engañó y vejó a sus familias, con un imperdonable despotismo, negándoles el respeto que merecen como seres humanos azotados por una espantosa tragedia.

Ese y no otro, es su epitafio político y tendrá que vivir con ello.

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