Cómo me gustaría pertenecer a ese Club de las ilustres
idiotas, del que ya forman parte mujeres de renombre como la Infanta Cristina,
la ex Ministra Ana Mato, la Pantoja y también desde ahora, la esposa de don
Luís Bárcenas, todas ellas con formación académica o artística, ricas por cuna
o por adquisición posterior, pero despreocupadas del todo de lo que ocurre en
su entorno más cercano, quizá por aquello de que la vida es bella cuando se
cuenta con haberes que surgen espontáneamente, sin que haya que trabajar para
conseguirlos, como nos ocurre al resto de las sufridas ciudadanas que habitamos
este país nuestro.
Cómo me gustaría despertarme en un Palacete de Pedralbes o en
cualquier otro sitio, sin saber cómo he llegado allí, ni si puedo o no pagar la
millonaria hipoteca que sin duda me han concedido los bancos, por estar en el Club
o no darme cuenta de que en mi garaje descansa ,sin que yo me haya percatado de su
presencia, un Jaguar que ha debido llegar allí sin conductor y que como
seguramente está enfundado, ni siquiera me toca la curiosidad de destapar, ya
que el chófer no ha mencionado nada, cuando me llevó a las tiendas del Centro.
Cómo me gustaría, que a mi casa llegaran bolsas de basura
llenas de billetes de quinientos, aunque yo nunca las viera o creyera, tonta de
mi, que contienen desperdicios procedentes de la cocina o cartones de esos que
envuelven los muebles de Ikea, que una
tiene que armar a golpe de destornillador, cuando no se cuenta con la ayuda
impagable de un servicio que te evite estos sofocones, aunque luego se les
pague en negro y se le exijan cláusulas de confidencialidad, seguramente para
que no puedan declarar nunca que la señora es tonta de remate y que a pesar de
haber estudiado carrera, nunca se entera de nada.
Cómo me gustaría aterrizar en Suiza, creyendo firmemente que
mi marido me lleva hasta allí para que admire la monumentalidad y la naturaleza
que caracteriza a esta tierra y quedarme atónita ante los escaparates de las
relojerías, aunque esto me impidiera advertir que el cónyuge falta de mi lado
durante un buen rato, porque ha entrado en alguno de los múltiples bancos en
los que nunca se hace nada bueno, o a lo mejor sí, según se mire y dependiendo
de las cifras que engrosen mi cuenta.
Cómo me gustaría tener esa apariencia bobalicona de no haber
roto un plato y la mirada perdida en el cielo que siempre cubre las entradas de
las salas de justicia en las que se han empeñado en interrogarnos por
problemillas insignificantes que a mí, ni me van, ni me vienen, pero que
seguramente por el cauce que está tomando la política en esta España nuestra,
han empezado a cobrar una inusitada importancia que nunca tuvieron, a pesar de
que estas cosas han ocurrido, entre los de esta clase, durante toda la vida.
Cómo me gustaría que las del Club me admitieran entre ellas,
incluso aunque tuviera que renunciar a la sagacidad natural que te da el haber
tenido que ser pobre desde que una naciera y hasta a la intención de
preguntar qué o quién mantiene el tren
de mi plácida subsistencia, pues al fin y a la postre, el caso es vivir bien,
aunque la sociedad te considere tonta de capirote y tu vocabulario se reduzca,
obligatoriamente, a tres o cuatro frases inconexas.
En su lugar, una se levanta por las mañanas en la cama de
siempre, con auténticos remordimientos por encender la calefacción, sea lo
crudo que sea el invierno y vaga por la casa, que como es habitual, no ha
cambiado absolutamente en nada durante toda la noche, se recompone como puede
para enfrentarse a la rutina diaria de empezar a trabajar y sale a la calle
rogándole a todos los santos que no le hayan robado el coche de catorce años
que ayer quedó aparcado en la esquina y sobre todo, que arranque el cabrón y
que no te deje tirada, porque vas con la hora pegando al culo y aún tienes que
pasar por el banco, que probablemente te desahucie, si advierte que no has
pagado el recibo de la hipoteca, la luz o el teléfono.
Sin nadie que te sirva, no te queda otra que hacer la puta
compra, que se está convirtiendo en un Máster en Economía familiar, cuyas
enseñanzas hay que aplicar antes de adquirir todos y cada uno de los productos
y que por mucho que lo intentes, te pone contra las cuerdas cada vez que llega
el fin de mes y no te digo nada, si se mete por medio alguna fiesta.
Ya me gustaría a mí, que me celebraran por sorpresa los
cumpleaños de los niños, sin tener que preguntar en cien locales buscando una rebaja de un euro
por cubierto y que me mandaran de vacaciones al Caribe o pusieran un yate a mi
disposición para recorrer las islas griegas, en lugar de tener que hacer más
números que un contable para buscar un apartamento de playa en el que los
muebles datan del año cuarenta del pasado siglo y encima, estar contenta,
porque se me concede la oportunidad de hacer las labores domésticas en otro
lugar, que no sea esa casa que compartimos con el banco, hasta que no pasen
veinte años y de una vez, sea nuestra.
Las ventajas de ser idiota, como verán, resultan ser muchas
más que los inconvenientes y aunque si me admitieran Club creo tendría serios
problemas de comunicación con el resto del personal que lo forma, no vendría
nada mal, aunque fuera por una temporada, descansar del estrés que supone andar
todo el día de la Ceca a la Meca, esperando que no suceda algún revés, que te
desequilibre el milimétrico plan que has de urdir para que el dulce hogar
conserve el equilibrio y no se vaya todo al carajo, como suele suceder, en
cuanto te surge algún imprevisto.
Lo único que me consuela, es tener la conciencia tranquila y
mirar al que tengo a mi lado segura de que en ningún momento ha infringido la
ley y sobre todo, que no guarda terribles secretos, ni oscuros negocios, ni contabilidades en B y que no me entere yo
que las tiene, por la cuenta que nos trae a ambos.

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