Nace nuestra nieta Ainhoa, en medio de las fiestas de Navidad,
trayéndonos el mejor de los regalos que cualquiera de nosotros pudiera imaginar
y haciendo realidad la ilusión de ver cómo se completa esta familia, a la que
ya no falta nada para ser plenamente feliz.
Llega con su pequeña humanidad, a recordarnos la inmensa
suerte que tenemos de haber coincidido en la vida, por medio del amor, en este
complicado cruce de caminos en el que no siempre se cumplen las esperanzas que
uno puso cuando comenzó a recorrerlo y
que es, como una peregrinación impredecible, que sin embargo preludia un final
apoteósico que colma sobradamente todas las expectativas que se pusieron en el
intento.
Esperar su nacimiento, ha significado para todos nosotros, como
volver a enfrentarnos a la blancura de un papel, en el que hemos ido, a lo
largo de los meses, garabateando esperanzas e ilusiones que basadas del todo en
nuestra propia imaginación, han terminado configurando el que será su gran
apoyo en los primeros años de su vida y que moldearán, con un poco de suerte y
buena voluntad, eso que después será su carácter y la manera de entender un
mundo que aunque en nada se parecerá al nuestro, nos encargaremos de cimentar
sólidamente, al menos en el plano familiar, que al fin, es casi siempre el
viento que se encarga de empujar apaciblemente el barco en el que ahora
emprende su viaje, procurando que la lleve a buen puerto.
Conocerla por vez primera, empezar a tomar contacto con sus
manos, colocarse en la línea de sus ojos y habituarse a la inmensa gama de sus
gestos, que a todos nos recuerdan por su similitud, los primeros momentos de
otros de nuestros niños, aún siendo única, como es, ha extraído lo mejor de
nosotros, acogiéndolo todo bajo un manto de cálida ternura, que parece borrar
cualquier huella de insatisfacción que pudiera quedarnos por dentro, como si
repentinamente, no existiera otro mundo que el que rodea a la cuna que la
arropa y a los brazos maternos que cobijan la bóveda celeste de sus sueños.
Susurrarle al oído, procurar que conozca nuestras voces y
ofrecerle la impagable seguridad que le reporta aferrarse con fuerza a nuestros
dedos, ha sido y es, como parte de un sosegado ritual, que irá cambiando a
medida que vaya creciendo, cuando empiece a explorar otros medios de
comunicación, con aquellos a quienes querrá y que sin duda alguna, la
querremos, de manera incondicional, durante el resto de nuestras vidas.
Darle la bienvenida y tener el enorme privilegio de poder
enseñarle la belleza del mundo, ir compartiendo los descubrimientos de aquellas
cosas con las que se tropiece por vez primera e inculcarle esperanza e ilusión,
ha de ser, a partir ahora, una agradable obligación impuesta por esos lazos del
amor, que sin ser del todo visibles, se
perciben intensamente en el terreno virgen de los sentimientos y que se hacen
más grandes, cuando uno se queda en soledad, dando gracias al destino que nos
ofrece la oportunidad de estar aquí, en este preciso y precioso momento.
Ainhoa querida, vive con esperanza e ilusión y que se cumplan
siempre todos tus sueños.

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