Mientras Luís Bárcenas vuelve a declarar ante el Juez, sin
acabar de tirar de la manta, pero admitiendo la existencia de una caja B en el
PP, Pedro Sánchez, que aún no ha desvelado si se presentará o no a las
Primarias del PSOE, se ha quedado estupefacto al conocer la candidatura de
Patxi López y comprobar que le acompañan en su andadura, muchos de aquellos que
creía sus incondicionales y que parecen haberle abandonado para colocarse al
lado del ex Presidente vasco.
Traición o competencia, maniobra en connivencia con Susana
Díaz para minar del todo las posibilidades de Sánchez o no, la candidatura de
López, que siempre se declaró más cercano a los postulados de su defenestrado
Secretario General, ha sido para muchos y en particular para una militancia con
la que tan poco se cuenta, una sorpresa inesperada que complica aún más si
cabe, el negro panorama que se cierne sobre este partido centenario, que navega
a la deriva por causa de sus propios errores y que ni siquiera se pone de
acuerdo en la línea política a seguir, mientras continúa alejándose de las
preferencias de un electorado, que no puede comprender la podredumbre en que se
mueve cierta clase política.
Encadenado en el momento actual a las exigencias de un
Partido Popular, que le amenaza de forma reiterada con la convocatoria de
nuevas elecciones, en el que se considera como el peor de los momentos, el PSOE
no ha podido frenar la implacable lucha interna que enfrenta a varios sectores
que en el pasado habían conseguido convivir en cierta armonía y cuya peor cara
ha salido ahora, como consecuencia de su continuado y estrepitoso fracaso en
los últimos procesos electorales.
Por no tener, no tiene el PSOE, ni la fuerza de un líder
verdaderamente carismático que sea capaz de arbitrar una solución que zanje sus
divergencias, ni tampoco, la suficiente credibilidad para convencer a todos
aquellos que le abandonaron para votar a Ciudadanos o Podemos, pues los errores
cometidos una y otra vez y no sólo en lo relativo a sus decisiones políticas,
sino muy fundamentalmente en lo que se refiere a las oscuras maniobras que se
adivinan en su propio entorno, han terminado
por dilapidar aquel prestigio acumulado durante mucho tiempo y que ha
caído al abismo, empujado por el ego de personajes como Susana Díaz, por mucho
que a algunos les pese.
Haciendo equilibrios sobre la cuerda floja que ellos mismos
colocaron bajo sus pies, los integrantes de la Gestora, una serie de actores
anodinos, sin ninguna valía ni convicción para el público que les observa,
ofrecen una imagen esperpéntica que parece preludiar una agonía, que la
militancia socialista ni ha buscado, ni merece.
Lo que no ha conseguido la corrupción reinante hacer con el
PP, relegarlo a una mera representación testimonial en el Parlamento, lo ha
logrado la ambición desmesurada de determinados barones del PSOE, en contra de
su propio Partido, demostrando fehacientemente que las malas acciones acaban
por traer consecuencias y que para el electorado, lo primero, es mantener una
férrea unidad, si se quiere conseguir el tesoro impagable de los votos.
Podría tomar buena nota de lo que está pasando en el PSOE,
por ejemplo Podemos y aprender que los enfrentamientos ofuscados entre líderes,
la falta de negociación en los postulados y el empecinamiento en mantener
posiciones, sin ceder en nada, frente a los oponentes ideológicos, no puede
traer más que un tormentoso final y no hay ejemplo mejor, que el que ofrecen
los socialistas, en los últimos tiempos.
Queda la izquierda con estas guerras internas,
considerablemente mermada para poder enfrentarse a la derecha de Rajoy y
Rivera, que a pesar de lo que ha llovido y de los gravísimos casos que se han
cernido a su alrededor, han sabido mantener una tónica de aparente armonía, que
augura que se queden en el Gobierno, durante mucho tiempo.
La maldición, que tradicionalmente ha rodeado en España a los
Partidos de izquierdas, parece volver a cumplirse inexorablemente, dejando
huérfanos a los ciudadanos de una opción de progreso que pueda remediar sus
problemas, de manera real y esforzada, lejos de divismos personales o relaciones
irreconciliables que en política, no hacen más que emponzoñar el negro cielo
bajo el que vivimos.

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