lunes, 16 de enero de 2017

Rompiendo la unidad


Mientras Luís Bárcenas vuelve a declarar ante el Juez, sin acabar de tirar de la manta, pero admitiendo la existencia de una caja B en el PP, Pedro Sánchez, que aún no ha desvelado si se presentará o no a las Primarias del PSOE, se ha quedado estupefacto al conocer la candidatura de Patxi López y comprobar que le acompañan en su andadura, muchos de aquellos que creía sus incondicionales y que parecen haberle abandonado para colocarse al lado del ex Presidente vasco.
Traición o competencia, maniobra en connivencia con Susana Díaz para minar del todo las posibilidades de Sánchez o no, la candidatura de López, que siempre se declaró más cercano a los postulados de su defenestrado Secretario General, ha sido para muchos y en particular para una militancia con la que tan poco se cuenta, una sorpresa inesperada que complica aún más si cabe, el negro panorama que se cierne sobre este partido centenario, que navega a la deriva por causa de sus propios errores y que ni siquiera se pone de acuerdo en la línea política a seguir, mientras continúa alejándose de las preferencias de un electorado, que no puede comprender la podredumbre en que se mueve cierta clase política.
Encadenado en el momento actual a las exigencias de un Partido Popular, que le amenaza de forma reiterada con la convocatoria de nuevas elecciones, en el que se considera como el peor de los momentos, el PSOE no ha podido frenar la implacable lucha interna que enfrenta a varios sectores que en el pasado habían conseguido convivir en cierta armonía y cuya peor cara ha salido ahora, como consecuencia de su continuado y estrepitoso fracaso en los últimos procesos electorales.
Por no tener, no tiene el PSOE, ni la fuerza de un líder verdaderamente carismático que sea capaz de arbitrar una solución que zanje sus divergencias, ni tampoco, la suficiente credibilidad para convencer a todos aquellos que le abandonaron para votar a Ciudadanos o Podemos, pues los errores cometidos una y otra vez y no sólo en lo relativo a sus decisiones políticas, sino muy fundamentalmente en lo que se refiere a las oscuras maniobras que se adivinan en su propio entorno, han terminado  por dilapidar aquel prestigio acumulado durante mucho tiempo y que ha caído al abismo, empujado por el ego de personajes como Susana Díaz, por mucho que a algunos les pese.
Haciendo equilibrios sobre la cuerda floja que ellos mismos colocaron bajo sus pies, los integrantes de la Gestora, una serie de actores anodinos, sin ninguna valía ni convicción para el público que les observa, ofrecen una imagen esperpéntica que parece preludiar una agonía, que la militancia socialista ni ha buscado, ni merece.
Lo que no ha conseguido la corrupción reinante hacer con el PP, relegarlo a una mera representación testimonial en el Parlamento, lo ha logrado la ambición desmesurada de determinados barones del PSOE, en contra de su propio Partido, demostrando fehacientemente que las malas acciones acaban por traer consecuencias y que para el electorado, lo primero, es mantener una férrea unidad, si se quiere conseguir el tesoro impagable de los votos.
Podría tomar buena nota de lo que está pasando en el PSOE, por ejemplo Podemos y aprender que los enfrentamientos ofuscados entre líderes, la falta de negociación en los postulados y el empecinamiento en mantener posiciones, sin ceder en nada, frente a los oponentes ideológicos, no puede traer más que un tormentoso final y no hay ejemplo mejor, que el que ofrecen los socialistas, en los últimos tiempos.
Queda la izquierda con estas guerras internas, considerablemente mermada para poder enfrentarse a la derecha de Rajoy y Rivera, que a pesar de lo que ha llovido y de los gravísimos casos que se han cernido a su alrededor, han sabido mantener una tónica de aparente armonía, que augura que se queden en el Gobierno, durante mucho tiempo.
La maldición, que tradicionalmente ha rodeado en España a los Partidos de izquierdas, parece volver a cumplirse inexorablemente, dejando huérfanos a los ciudadanos de una opción de progreso que pueda remediar sus problemas, de manera real y esforzada, lejos de divismos personales o relaciones irreconciliables que en política, no hacen más que emponzoñar el negro cielo bajo el que vivimos.


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