Se cumplen cuarenta años de la terrible matanza de Atocha, en
la que cinco defensores de una incipiente Democracia, que luchaban aún
clandestinamente, por los derechos de los trabajadores de este país, se toparon
con las pistolas asesinas de una ultraderecha, que se había propuesto
contundentemente terminar con los sueños de libertad que soplaban tímidamente
entre nosotros, después de los cuarenta años de oscuridad, que había supuesto
la Dictadura.
Yo vivía entonces en Madrid y a pesar de que los
acontecimientos en aquel mes de Enero, ya preludiaban algún tipo de tragedia,
la noticia nos sorprendió como un mazazo que nos heló la conciencia y que
incluso nos obligó a replantear qué hacer con la información que por aquel
entonces manejábamos y que era como un tesoro con el que luchar por que se
conociera la verdad de lo que realmente estaba ocurriendo, pues se empezó a
temer que se produjera una noche de cuchillos largos, si los asesinatos tenían
un efecto rebote en todos aquellos que no se resignaban con el sendero que estaba tomando en la Nación y que conocían
perfectamente la identidad de mucha de la gente de la izquierda.
Los crímenes se vivieron en la capital de una manera
absolutamente diferente, pues la cercanía física suponía en sí misma, un
hándicap para los que defendíamos, desde posiciones diferentes, que el proceso
democrático pudiera llegar a coronarse y a lo largo de toda mi vida, muchas
veces he llegado a pensar que la izquierda tuvo en aquellos momentos, una
especie de mágica iluminación que le dictó el camino a seguir, y que no fue
otro que huir de una provocación que seguramente estaban esperando, los que
teníamos enfrente.
No ha habido en las calles un silencio más denso que el que
reinó en aquel entierro, ni una emoción más contenida que la que ascendió a los
cielos de Madrid, durante aquel interminable cortejo. Jóvenes, viejos y niños,
con la imagen de la tragedia escrita en el rostro, con los ojos llorosos y ese
frío que atenazaba las manos unidas en un abrazo fraternal, consiguieron poner
la cabeza por encima del corazón, evitando lo que podría haber sido una
masacre, si algo hubiera fallado y se hubieran llegado a producir algunos
enfrentamientos.
Era el pueblo gritando con la elocuencia del inmenso
silencio, que el tiempo de las pistolas, de las revanchas, de la violencia y el
rencor, tenía que terminarse para siempre y que no bastaba el derramamiento de
la sangre de aquellos inocentes, para frenar el empuje de una revolución
popular, hastiada de la presión de las cadenas.
No hubo jamás, un dolor más sentido que aquel de aquellos
días, ni un esfuerzo común más admirable que aquel que tuvimos que hacer, para
que no se nos escapara de las manos la posibilidad de ver la luz, después de
cuarenta años de tinieblas.
Aquellos mártires que recordamos, para que se sepa, nunca tuvieron
justicia y aún hoy, después de cuarenta años, muchos continuamos preguntándonos
quiénes estuvieron detrás de la organización de aquel asesinato cobarde, pero
nunca nos vencieron.
Continuamos adelante y seguimos, algunos durante toda la
vida, su ejemplo y aunque las cosas después derivaran hasta traernos a la
situación que hoy vivimos y muchas veces haya que sacar fuerzas de flaqueza,
sobre todo por razones de edad, para continuar en la lucha, basta recordar la
dureza terrible de aquellos tiempos, para evitar la rendición y contribuir,
cada uno dentro de nuestras propias posibilidades reales, a procurarnos un
futuro mejor y más honesto.
Los que estuvimos allí, los que recorrimos las calles de la
mano, en un ejemplo de unidad, sólo comparable a la que se produjo tras los
atentados del 11M, conservamos fresco en la memoria el recuerdo y siempre
podremos decir con orgullo que superar aquella espantosa dificultad, sobrevivir
al horror y no caernos, fue una de las cosas más importantes que hicimos en la
vida y que siempre estaremos orgullosos, de nosotros mismos y sobre todo, de
aquellos que eran nuestros muertos.

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