martes, 24 de enero de 2017

Imborrable


Se cumplen cuarenta años de la terrible matanza de Atocha, en la que cinco defensores de una incipiente Democracia, que luchaban aún clandestinamente, por los derechos de los trabajadores de este país, se toparon con las pistolas asesinas de una ultraderecha, que se había propuesto contundentemente terminar con los sueños de libertad que soplaban tímidamente entre nosotros, después de los cuarenta años de oscuridad, que había supuesto la Dictadura.
Yo vivía entonces en Madrid y a pesar de que los acontecimientos en aquel mes de Enero, ya preludiaban algún tipo de tragedia, la noticia nos sorprendió como un mazazo que nos heló la conciencia y que incluso nos obligó a replantear qué hacer con la información que por aquel entonces manejábamos y que era como un tesoro con el que luchar por que se conociera la verdad de lo que realmente estaba ocurriendo, pues se empezó a temer que se produjera una noche de cuchillos largos, si los asesinatos tenían un efecto rebote en todos aquellos que no se resignaban con el sendero que  estaba tomando en la Nación y que conocían perfectamente la identidad de mucha de la gente de la izquierda.
Los crímenes se vivieron en la capital de una manera absolutamente diferente, pues la cercanía física suponía en sí misma, un hándicap para los que defendíamos, desde posiciones diferentes, que el proceso democrático pudiera llegar a coronarse y a lo largo de toda mi vida, muchas veces he llegado a pensar que la izquierda tuvo en aquellos momentos, una especie de mágica iluminación que le dictó el camino a seguir, y que no fue otro que huir de una provocación que seguramente estaban esperando, los que teníamos enfrente.
No ha habido en las calles un silencio más denso que el que reinó en aquel entierro, ni una emoción más contenida que la que ascendió a los cielos de Madrid, durante aquel interminable cortejo. Jóvenes, viejos y niños, con la imagen de la tragedia escrita en el rostro, con los ojos llorosos y ese frío que atenazaba las manos unidas en un abrazo fraternal, consiguieron poner la cabeza por encima del corazón, evitando lo que podría haber sido una masacre, si algo hubiera fallado y se hubieran llegado a producir algunos enfrentamientos.
Era el pueblo gritando con la elocuencia del inmenso silencio, que el tiempo de las pistolas, de las revanchas, de la violencia y el rencor, tenía que terminarse para siempre y que no bastaba el derramamiento de la sangre de aquellos inocentes, para frenar el empuje de una revolución popular, hastiada de la presión de las cadenas.
No hubo jamás, un dolor más sentido que aquel de aquellos días, ni un esfuerzo común más admirable que aquel que tuvimos que hacer, para que no se nos escapara de las manos la posibilidad de ver la luz, después de cuarenta años de tinieblas.
Aquellos mártires que  recordamos, para que se sepa, nunca tuvieron justicia y aún hoy, después de cuarenta años, muchos continuamos preguntándonos quiénes estuvieron detrás de la organización de aquel asesinato cobarde, pero nunca nos vencieron.
Continuamos adelante y seguimos, algunos durante toda la vida, su ejemplo y aunque las cosas después derivaran hasta traernos a la situación que hoy vivimos y muchas veces haya que sacar fuerzas de flaqueza, sobre todo por razones de edad, para continuar en la lucha, basta recordar la dureza terrible de aquellos tiempos, para evitar la rendición y contribuir, cada uno dentro de nuestras propias posibilidades reales, a procurarnos un futuro mejor y más honesto.

Los que estuvimos allí, los que recorrimos las calles de la mano, en un ejemplo de unidad, sólo comparable a la que se produjo tras los atentados del 11M, conservamos fresco en la memoria el recuerdo y siempre podremos decir con orgullo que superar aquella espantosa dificultad, sobrevivir al horror y no caernos, fue una de las cosas más importantes que hicimos en la vida y que siempre estaremos orgullosos, de nosotros mismos y sobre todo, de aquellos que eran nuestros muertos.

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