Aplasta Tsipras al bipartidismo griego, relegándolo a un
olvido forzoso, por la fuerza del voto ciudadano que apuesta por recuperar, lo
primero, su dignidad de volver a vivir como personas y no como esclavos del
totalitarismo europeo, empeñado en hacer de la economía, el nuevo Dios del
siglo XXI.
No hay perdón para los que obedecieron el mandato dictatorial
de los poderosos, los mismos que arrastraron a Grecia al abismo de una miseria
desconocida, a la que hubo que habituarse a golpe de dolor, de soledad, de
incomprensión y de abandono de unas Instituciones colaboracionistas con
colonizadores encubiertos, usureros, despiadados, paradigmas de una ambición
sin límites, carentes de toda humanidad y empeñados en redirigir los destinos
del mundo, sin recordar que la voz de las mayorías es, en definitiva, la que
elige en las urnas, su propio futuro.
Nada pudo la estrategia del miedo, ni la reiterativa intención
de satanizar a los que convivían con la gente, fuera de la burbuja en la que se
ha estado aislando el poder tiránico de los Partidos tradicionales,
atreviéndose a crear una realidad paralela, en la que únicamente sus socios,
sus adeptos, han estado gozando de un bienestar, en muchos casos procedente de
la corrupción, mientras se le negaba al pueblo la posibilidad de sobrevivir,
condenándolo al ostracismo de la pobreza más extrema, asesina de sentimientos y
pensamiento y causante de una alienación, tan conveniente para los depredadores
europeos.
Grecia ha dicho hasta aquí, con un valor de ley digno de
aquellos héroes que durante siglos se han convertido en ejemplo para el resto
del mundo y ha tenido que ser, precisamente, en la cuna de la Democracia, donde
se ha decidido por la fuerza de la razón, terminar con el predominio de la
razón de la fuerza.
Se queda Tsipras, a sólo dos escaños de la mayoría absoluta y
la madrastra europea tendrá que echar a un lado la soberbia de que ha hecho
gala durante estos últimos años, sin que le quede otro remedio que sentarse a
escuchar esas propuestas a las que tanto teme y que podrían representar una
estrepitosa caída de su intocable Imperio.
Por fin, llegará la
voz de los humildes a las Instituciones de la Comunidad y los prebostes
encargados de su funcionamiento, habrán de resignarse a tener que compartir sus
lamentos, sin poder apartar la vista de la mesa de negociación y sin mofarse
abiertamente de aquel que representa, de verdad, los auténticos intereses de
uno de sus países miembros.
No podía ser de otra manera. La cuerda se ha tensado tanto,
que naturalmente, tenía que romperse.
Y Grecia, es solo el primer ejemplo de otros muchos que
seguirán, estando como estamos, todas las naciones del Sur, en circunstancias
similares a las que han venido padeciendo los ciudadanos que ayer decidieron
romper las cadenas, sintiéndose hoy más libres, apoyados únicamente, en la
grandeza de sus propios votos.
En España, la ascensión imparable de Podemos, preludia un
resultado similar al heleno y con los motores en marcha, el Partido de Pablo
Iglesias sigue escalando posiciones frente al bipartidismo traidor de PP y
PSOE, que no supo entender que se ha de gobernar con el apoyo de los pueblos y
única y exclusivamente en beneficio de los mismos.
Alegres por el resultado en Grecia, los españoles ponen todas
sus esperanzas en que el tortuoso camino que señalaron los señores del dinero, vaya
desdibujándose ante la negativa de contribuir que ya señalan los que apoyan sin
reservas, un cambio radical en la manera de hacer política, sobre todo desde el
respeto.
Un pedazo de la perdida dignidad, ha vuelto desde ayer a
instalarse en el corazón de los griegos. Dado este paso, sin temor, ya no queda
más que contribuir, cada cuál como mejor sepa, a la cimentación de un nuevo
Sistema, mucho más igualitario y digno para todos, en el que por fin podamos
respirar, aliviados tras el paso de este huracán que se llamó crisis y que
ojala pronto, se convierta solo en un
recuerdo.

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