Los atentados de París, que tocan de cerca el corazón de los
españoles a causa del terrible recuerdo de aquél cuatro de Marzo, revolucionan
la aparente tranquilidad de los estados
europeos, recordando a los líderes del primer mundo que todo puede ser efímero,
si el fanatismo se cruza en el camino, truncando cualquier modo de esa
libertad, que tan poco apetece a los partidarios de la tiranía.
Todos los que hacemos de la expresión un vehículo para
denunciar las injusticias que nos rodean, hemos perdido algo muy nuestro en la
redacción de esa Revista y aunque conocemos el riesgo que asumimos cuando nos
atrevemos a decir la verdad, no alcanzamos a comprender qué connotaciones
pueden llevar a las personas a terminar violentamente con la vida de otros, si
no es el fruto de una especie de locura incurable que no discierne entre el
bien y el mal, o que transforma a ambos según la propia visión de determinados hechos.
Al final, todo es una cuestión de respeto y el peligro de
cruzar esa línea sin querer aceptar la existencia real de una oposición a los
que consideramos nuestros principios, conlleva cometer el gravísimo error de
transformarnos en creadores de violencia para sostener los argumentos por los
que luchamos, procurando el silencio de los demás y no tratando de convencer
por medio de la palabra, de la diplomacia o de la persuasión, llegando a ser
capaces de matar indiscriminadamente a los que, por derecho, encuentran en
otros caminos, un modo de entender su verdad, en conciencia.
Pero estos casos extremos han de entenderse siempre en un
contexto histórico y cultural y esta Europa en la que vivimos, este Mundo
globalizado en el que la vida de los seres humanos se supedita
inexplicablemente a los intereses económicos y la manera de hacer política que
han adoptado los líderes de los países más desarrollados, han creado unas
formas de marginación, capaces de llevar al extremo de la desesperación a los
individuos que al no tener ya nada que perder, se convierten en seres
fácilmente manipulables por cualquiera que sea capaz de prometerles una vida un
poco mejor, incluso si para eso han de fanatizarse transformando la doctrina de
una religión en reglas inamovibles que potencian el uso diario de la violencia.
¿Y quiénes son los peores enemigos de los que ya nada poseen
y por ello se prestan a seguir hasta el último aliento a los que les convierten,
a los ojos de sus correligionarios, en auténticos héroes de leyenda, por haber
sido capaces de dar la propia vida por el triunfo de una idea?. Todos los que
con nuestra aquiescencia permitimos que las cosas sigan como están,
manteniendo, aunque sea a duras penas, una mínima posición social, mientras se
continúa desheredando a grandes núcleos de población, a los que se ignora y se
vilipendia hasta límites realmente insostenibles.
Pero atentar contra la libertad de expresión, precisamente
contra los artífices de la denuncia, de los que combaten la injusticia por
medio de la palabra, del lápiz o del arte, ha de incidir, necesariamente, en
contra de los que procuran su silencio porque, seguramente sin saberlo,
cercenan de raíz las únicas voces capaces de alinearse con su desesperación,
las únicas dispuestas a intentar que se les devuelva la esperanza y de
conseguir, con su fuerza, una restitución de la dignidad que les arrebataron,
en pos del triunfo del capitalismo.
Tampoco ayuda ese afán de los grandes Estados por intervenir
en los asuntos propios de otras naciones, siguiendo el eco belicista que
acompaña a los líderes de Occidente, dispuestos siempre a entremeterse en
conflictos, si a cambio obtienen jugosos intereses económicos, sin que importe
el daño real que se hace a los pueblos, como ha ocurrido y ocurre en la
actualidad, en tantos puntos de la tierra.
Hoy, cuando veamos a los representantes europeos al frente de
la manifestación en contra de los atentados, quiénes los apoyaron no verán más
que a sus más grandes enemigos admitiendo que les dolió la situación y que
tomarán durísimas medidas para que nunca se repitan.
No les convencerán, como tampoco nos convencen a nosotros,
fuertemente afectados también, no solo por la gravedad de los atentados, sino
por la espantosa violencia incruenta que se practica a diario, por medio de las políticas de
recortes y derechos que ellos mismos ejercen.
Nuestra preciosa libertad, la de manifestar nuestras
opiniones sin censuras, no sólo se ve coartada por la espantosa imagen de los
crímenes cometidos.
También a los Líderes occidentales les resulta altamente
molesta. Por eso tratan de hacerla desaparecer, sibilinamente, por medio de
decretos reguladores que la penalicen o la restrinjan lo más posible, para que
no afecten a sus verdaderos intereses.
No lo conseguirán, ni los unos, ni los otros.

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