miércoles, 14 de enero de 2015

El dolor efímero


Mientas Francia y el mundo continúan llorando a las víctimas de los atentados y la Revista atacada pone en circulación una tirada de tres millones de ejemplares, los problemas personales de los españoles, los despidos, los desahucios, la miseria y la imposibilidad de ver un futuro mejor, continúan incidiendo en nuestra realidad cotidiana, confirmando que en el fondo, la principal preocupación de nuestros gobernantes está mucho más relacionada con la marcha de la economía, que con la pérdida de vidas humanas, ya sea de manera cruenta o a base de fracasos provocados por la falta de caridad de este Sistema sin alma.
Todas esas manifestaciones de preocupación, esos abrazos a los familiares de las víctimas y esos alardes de patriotismo exacerbado que protagonizan líderes y Parlamentos, duran exactamente, lo que el instante en que se producen, para devolverlos después a esa cotidianidad que no deja de ser otra especie de terrorismo, este legalizado, por las leyes y decretos que escriben contra todos nosotros, ellos mismos.
Permitir el desahucio de una madre con tres hijos, uno de ellos con discapacidad, al mismo tiempo que se encabeza una marcha contra la violencia en París, resulta ser una contradicción de tal calado, que hiere profundamente la conciencia de los ciudadanos de bien, que no entienden tamaña hipocresía.
Nosotros, que ya sufrimos en carne propia el terrible duelo de los atentados de Madrid, en los que perdimos a nuestros hijos, padres, hermanos y amigos, sí que entendemos de verdad el proceso que están viviendo los familiares de estas víctimas que cuentan con la verdadera solidaridad de la población y mucho menos, con la de todos esos “representantes”, cuya afectación por los hechos, termina siendo totalmente efímera.
Pero este apoyo íntimo, que no necesita ser retratado por los fotógrafos de las revistas y el llanto en soledad que sacude nuestras conciencias por la afinidad de nuestros recuerdos, ha de estar, necesariamente dividido con otros escenarios más cercanos, en los que se están librando duras batallas por la supervivencia, sin que ninguna Institución o líder venga a traer un poco de consuelo a estas víctimas invisibles de otro tipo de intolerancia a la que no hace falta emplear armas, para causar estragos incurables en quienes la padecen.
Continúan encerrados los enfermos de hepatitis C, a los el estado niega la aplicación de un medicamento sanador, por meras razones de dinero, jugando de otro modo con la posibilidad de salvar sus vidas y sin que nadie les acuse por ello de atentar gravemente contra la integridad de quienes padecen el mal, hasta ahora, sin esperanza de ser atendidos.
Se continúa privando a los dependientes de las prestaciones que hagan más fácil su cotidianidad y se cierran los centros de ayuda a las mujeres maltratadas por la plaga de la violencia de género y los recortes en las escuelas y hospitales están creando la necesidad de una colaboración ciudadana, para sufragar gastos absolutamente necesarios y alargando las listas de espera para ser operados, de manera en algunas ocasiones, del todo irreversible.
No vemos sin embargo a Rajoy en ninguno de estos sitios y tampoco olvidamos que durante mucho tiempo negó, en el caso de España,  la autoría de los atentados de los trenes madrileños, empecinado en una insostenible teoría de conspiración que jamás nos creímos.
 Pero acude raudo a la llamada de sus colegas europeos y busca su sitio entre los dirigentes que recorren las calles parisinas en primera línea de marcha, aunque obviando todo aquello que deja atrás y por supuesto, sin admitir la parte de culpa que le corresponde, por ser lo que es, en cada uno de nuestros gravísimos conflictos.
De ingenuos sería dejarse tocar la sensibilidad por estas imágenes de participación en las manifestaciones populares y de idiotas, pensar que la tragedia ocurrida en Francia podría ablandar de algún modo, el duro corazón de todos estos dirigentes.

Idiotas, no lo fuimos nunca y nuestra ingenuidad hace tiempo que fue truncada por la manera de actuar, desde el poder, de estos mismos que ahora aparecen, llorando, en las primeras páginas de toda la prensa.

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