Mientas Francia y el mundo continúan llorando a las víctimas
de los atentados y la Revista atacada pone en circulación una tirada de tres
millones de ejemplares, los problemas personales de los españoles, los
despidos, los desahucios, la miseria y la imposibilidad de ver un futuro mejor,
continúan incidiendo en nuestra realidad cotidiana, confirmando que en el
fondo, la principal preocupación de nuestros gobernantes está mucho más
relacionada con la marcha de la economía, que con la pérdida de vidas humanas,
ya sea de manera cruenta o a base de fracasos provocados por la falta de
caridad de este Sistema sin alma.
Todas esas manifestaciones de preocupación, esos abrazos a
los familiares de las víctimas y esos alardes de patriotismo exacerbado que
protagonizan líderes y Parlamentos, duran exactamente, lo que el instante en
que se producen, para devolverlos después a esa cotidianidad que no deja de ser
otra especie de terrorismo, este legalizado, por las leyes y decretos que
escriben contra todos nosotros, ellos mismos.
Permitir el desahucio de una madre con tres hijos, uno de
ellos con discapacidad, al mismo tiempo que se encabeza una marcha contra la
violencia en París, resulta ser una contradicción de tal calado, que hiere
profundamente la conciencia de los ciudadanos de bien, que no entienden tamaña
hipocresía.
Nosotros, que ya sufrimos en carne propia el terrible duelo
de los atentados de Madrid, en los que perdimos a nuestros hijos, padres,
hermanos y amigos, sí que entendemos de verdad el proceso que están viviendo
los familiares de estas víctimas que cuentan con la verdadera solidaridad de la
población y mucho menos, con la de todos esos “representantes”, cuya afectación
por los hechos, termina siendo totalmente efímera.
Pero este apoyo íntimo, que no necesita ser retratado por los
fotógrafos de las revistas y el llanto en soledad que sacude nuestras
conciencias por la afinidad de nuestros recuerdos, ha de estar, necesariamente
dividido con otros escenarios más cercanos, en los que se están librando duras
batallas por la supervivencia, sin que ninguna Institución o líder venga a
traer un poco de consuelo a estas víctimas invisibles de otro tipo de
intolerancia a la que no hace falta emplear armas, para causar estragos
incurables en quienes la padecen.
Continúan encerrados los enfermos de hepatitis C, a los el
estado niega la aplicación de un medicamento sanador, por meras razones de
dinero, jugando de otro modo con la posibilidad de salvar sus vidas y sin que
nadie les acuse por ello de atentar gravemente contra la integridad de quienes
padecen el mal, hasta ahora, sin esperanza de ser atendidos.
Se continúa privando a los dependientes de las prestaciones
que hagan más fácil su cotidianidad y se cierran los centros de ayuda a las
mujeres maltratadas por la plaga de la violencia de género y los recortes en
las escuelas y hospitales están creando la necesidad de una colaboración
ciudadana, para sufragar gastos absolutamente necesarios y alargando las listas
de espera para ser operados, de manera en algunas ocasiones, del todo
irreversible.
No vemos sin embargo a Rajoy en ninguno de estos sitios y
tampoco olvidamos que durante mucho tiempo negó, en el caso de España, la autoría de los atentados de los trenes
madrileños, empecinado en una insostenible teoría de conspiración que jamás nos
creímos.
Pero acude raudo a la
llamada de sus colegas europeos y busca su sitio entre los dirigentes que
recorren las calles parisinas en primera línea de marcha, aunque obviando todo
aquello que deja atrás y por supuesto, sin admitir la parte de culpa que le
corresponde, por ser lo que es, en cada uno de nuestros gravísimos conflictos.
De ingenuos sería dejarse tocar la sensibilidad por estas
imágenes de participación en las manifestaciones populares y de idiotas, pensar
que la tragedia ocurrida en Francia podría ablandar de algún modo, el duro
corazón de todos estos dirigentes.
Idiotas, no lo fuimos nunca y nuestra ingenuidad hace tiempo
que fue truncada por la manera de actuar, desde el poder, de estos mismos que
ahora aparecen, llorando, en las primeras páginas de toda la prensa.

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