miércoles, 28 de enero de 2015

En justicia


Si Juan Carlos Monedero no consigue explicar pronto y de manera exhaustiva el origen del dinero que dice haber ganado como consultor de unos cuantos países iberoamericanos, sea cierto o no que ha defraudado a Hacienda, puede convertirse en el primer sospechoso de corrupción que milita en Podemos y causar a su formación un grave perjuicio, de cara a los primeros Comicios a los que se enfrentarán y que son, como todos sabemos, los andaluces.
Si Pablo Iglesias pretende llegar a las urnas impoluto y contar con la confianza de los votantes españoles haciendo gala de no tolerar ni el menor atisbo de sospecha a ninguno de sus militantes, tal vez le convendría prescindir de la presencia de su número dos, al menos hasta que aclare la procedencia de las cantidades que la prensa maneja, alejando de su Partido cualquier sombra  que pudiera frenar en seco, una carrera hacia el poder, que hasta ahora había sido imparable.
Predicar con el ejemplo ha de ser la primera norma que debe aceptar un político y resulta del todo imperdonable exigir a los demás un comportamiento intachable, sobre todo en asuntos relacionados con la limpieza del dinero, si no se es capaz de cumplir con la misma contundencia, el deber de cesar a todo aquel que se vea implicado en algún tema de dudosa honestidad, llámese como se llame y ocupe el puesto que ocupe.
De ahí que resulte verdaderamente urgente que Monedero presente pruebas de haber cumplido a rajatabla la legalidad, ya que no basta con recurrir a la teoría de la conspiración para dar por  sentada la inocencia, sobre todo teniendo en cuenta que los ciudadanos, demasiado acostumbrados a la utilización de estos subterfugios por parte del PP, no suelen creer una palabra de este tipo de afirmaciones que  no producen, en general, más que un aumento considerable de la propia sospecha.
Si Monedero ganó limpiamente el dinero y nada tiene que ocultar sobre su procedencia, bastará con presentar los documentos pertinentes para demostrar su inocencia, cosa que tranquilizará a todos aquellos futuros votantes que decidieron dar su confianza al Partido al que pertenece, precisamente por pensar que sus líderes representaban la decencia y el pundonor que desgraciadamente faltan, a los representantes del bipartidismo.
Todo dependerá, naturalmente, de la ambición de poder que mueva al número dos de Podemos y de si es o no capaz de sacrificar su propia carrera política en beneficio de las siglas a las que representa, pero al menos, debería considerar la posibilidad de dimitir si este asunto se alarga en el tiempo y no consigue poner en claro ante la ciudadanía de dónde salió el medio millón de euros.
Buscar atajos o proclamar, como ha hecho Pablo Iglesias, que quienes atacan a Monedero le atacan a él, no parece la solución más acertada y mantiene abierta la duda que se cierne sobre este miembro fundador de Podemos, que continúa hasta este momento ocupando un cargo de importancia en la Formación, haciendo caso omiso de las graves acusaciones que sobre él se están vertiendo.
Aconsejaríamos a Iglesias que no caiga en el mismo error que cometió Mariano Rajoy cuando se acusó a Bárcenas y que empiece a entender que la máxima de que en la Política no hay amigos, es absolutamente cierta.
Porque Pablo Iglesias puede, si quiere, poner la mano en el fuego a nivel personal para salvaguardar el honor de Monedero, pero no puede ni debe olvidar que en el momento en que nos encontramos, es la cabeza visible de un Partido que representa la esperanza de muchísimos españoles y que por ello, está obligado a  anteponer el interés de las mayorías a las que representa, al suyo propio y al de cualquier otra persona que forme parte de los dirigentes de su formación, por el bien de la misma.

Y aunque todos estamos convencidos de que existe un afán desmedido de atacar la imagen de Podemos, por parte de aquellos que ven como se les escapa el poder que han ostentado durante los últimos treinta años, tolerar ciertas veleidades en asuntos relacionados con una presunta corrupción, no es, precisamente, un buen comienzo cuando se está a punto de alcanzar puestos de auténtica responsabilidad en el Estado, si no se quiere parecer igual que aquellos a los que tanto  se denostó, por consentir este tipo de actitudes. 

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