Si Juan Carlos Monedero no consigue explicar pronto y de
manera exhaustiva el origen del dinero que dice haber ganado como consultor de
unos cuantos países iberoamericanos, sea cierto o no que ha defraudado a
Hacienda, puede convertirse en el primer sospechoso de corrupción que milita en
Podemos y causar a su formación un grave perjuicio, de cara a los primeros
Comicios a los que se enfrentarán y que son, como todos sabemos, los andaluces.
Si Pablo Iglesias pretende llegar a las urnas impoluto y
contar con la confianza de los votantes españoles haciendo gala de no tolerar
ni el menor atisbo de sospecha a ninguno de sus militantes, tal vez le convendría
prescindir de la presencia de su número dos, al menos hasta que aclare la
procedencia de las cantidades que la prensa maneja, alejando de su Partido
cualquier sombra que pudiera frenar en
seco, una carrera hacia el poder, que hasta ahora había sido imparable.
Predicar con el ejemplo ha de ser la primera norma que debe
aceptar un político y resulta del todo imperdonable exigir a los demás un
comportamiento intachable, sobre todo en asuntos relacionados con la limpieza
del dinero, si no se es capaz de cumplir con la misma contundencia, el deber de
cesar a todo aquel que se vea implicado en algún tema de dudosa honestidad,
llámese como se llame y ocupe el puesto que ocupe.
De ahí que resulte verdaderamente urgente que Monedero
presente pruebas de haber cumplido a rajatabla la legalidad, ya que no basta
con recurrir a la teoría de la conspiración para dar por sentada la inocencia, sobre todo teniendo en
cuenta que los ciudadanos, demasiado acostumbrados a la utilización de estos
subterfugios por parte del PP, no suelen creer una palabra de este tipo de
afirmaciones que no producen, en
general, más que un aumento considerable de la propia sospecha.
Si Monedero ganó limpiamente el dinero y nada tiene que
ocultar sobre su procedencia, bastará con presentar los documentos pertinentes
para demostrar su inocencia, cosa que tranquilizará a todos aquellos futuros
votantes que decidieron dar su confianza al Partido al que pertenece,
precisamente por pensar que sus líderes representaban la decencia y el pundonor
que desgraciadamente faltan, a los representantes del bipartidismo.
Todo dependerá, naturalmente, de la ambición de poder que
mueva al número dos de Podemos y de si es o no capaz de sacrificar su propia
carrera política en beneficio de las siglas a las que representa, pero al
menos, debería considerar la posibilidad de dimitir si este asunto se alarga en
el tiempo y no consigue poner en claro ante la ciudadanía de dónde salió el
medio millón de euros.
Buscar atajos o proclamar, como ha hecho Pablo Iglesias, que
quienes atacan a Monedero le atacan a él, no parece la solución más acertada y
mantiene abierta la duda que se cierne sobre este miembro fundador de Podemos,
que continúa hasta este momento ocupando un cargo de importancia en la
Formación, haciendo caso omiso de las graves acusaciones que sobre él se están
vertiendo.
Aconsejaríamos a Iglesias que no caiga en el mismo error que
cometió Mariano Rajoy cuando se acusó a Bárcenas y que empiece a entender que
la máxima de que en la Política no hay amigos, es absolutamente cierta.
Porque Pablo Iglesias puede, si quiere, poner la mano en el
fuego a nivel personal para salvaguardar el honor de Monedero, pero no puede ni
debe olvidar que en el momento en que nos encontramos, es la cabeza visible de
un Partido que representa la esperanza de muchísimos españoles y que por ello,
está obligado a anteponer el interés de
las mayorías a las que representa, al suyo propio y al de cualquier otra
persona que forme parte de los dirigentes de su formación, por el bien de la
misma.
Y aunque todos estamos convencidos de que existe un afán
desmedido de atacar la imagen de Podemos, por parte de aquellos que ven como se
les escapa el poder que han ostentado durante los últimos treinta años, tolerar
ciertas veleidades en asuntos relacionados con una presunta corrupción, no es,
precisamente, un buen comienzo cuando se está a punto de alcanzar puestos de
auténtica responsabilidad en el Estado, si no se quiere parecer igual que
aquellos a los que tanto se denostó, por
consentir este tipo de actitudes.

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