A sólo unos días de que se celebren los comicios en Grecia,
el Partido de Tsipras, al que los comentaristas gustan de comparar con el
Podemos español, parece librar una carrera de fondo para alcanzar una mayoría
absoluta que le permita gobernar en solitario en el país que más ha sufrido los
efectos de la crisis en Europa.
Su casi segura victoria, que ha levantado ampollas entre los
dirigentes más poderosos de la Comunidad, incluida Merkel, parece sin embargo
inevitable, a pesar de las amenazas abiertas que los griegos están recibiendo
sobre el peligro que, teóricamente, supondría la llegada al poder de Syriza,
cuya ideología difiere diametralmente del neocapitalismo reinante en el
continente y que podría constituir el comienzo de un cambio real en los
planteamientos que hasta ahora se han venido imponiendo, contra las naciones
que han necesitado rescate.
Pero la preocupación de los fuertes se centra, por mucho que
pretendan ocultarlo, en el empeño declarado que parece tener el líder griego en
aclarar las circunstancias de su deuda y en la posibilidad de que una vez
conocidos los entresijos de este negocio redondo, pudiera negarse a pagarla.
Sería grave para los seguidores de Alemania que algo así
sucediera, por si pudiera cundir el ejemplo en otros países que se encuentran
en circunstancias parecidas y mucho más, ahora que en España las encuestas
indican que el Partido de Pablo Iglesias, continúa su ascensión imparable.
A quienes mandan, les da igual qué clase de gobierno se
asiente en los territorios del sur, siempre que el compromiso de abonar las
deudas contraídas durante esta larguísima crisis permanezca inalterable y
puedan seguir manteniendo los jugosos beneficios que esta usura encubierta les
genera, permitiéndoles conservar una hegemonía real, sobre las naciones
rescatadas.
Quizá por eso, gustan de emplear la estrategia del miedo para
aterrorizar a los inocentes ciudadanos que nada entienden de macroeconomía,
pero que sentirían perder la poca estabilidad que les queda, si sus países
entrarán, de verdad, en bancarrota.
Pero la historia está llena de deudas condonadas y de
escandalosos impagos que no trajeron mayores consecuencias y a todos nos
vendría realmente bien conocer cómo, quién y de qué manera se generaron tales
deudas, para decidir después si somos los pueblos y no otros, los que debemos
comprometernos a resarcirlas.
En el caso de España, todos intuimos que los agujeros
económicos no los generaron, en ningún caso, los ciudadanos y que fue
precisamente la Banca, a quién se destinó después la totalidad del rescate, la
que generó la inestabilidad que nos ha colocado, a las puestas mismas de la
miseria que tantos recortes nos ha traído y que aún arrastramos, pese a las
ínfulas triunfalistas que exhibe nuestro inoperante gobierno.
Y precisamente por eso, porque quienes estamos contribuyendo
con nuestro esfuerzo al pago de esta deuda, somos nosotros, estaría bien poder
exigir, al menos, conocer al detalle la verdad que nos revelaría una auditoría
seria, sea quien fuere el Partido que la promoviese.
Los griegos se encuentran ahora en la terrible encrucijada de
tener que decidir entre sucumbir al miedo inculcado cínicamente desde el poder,
o dar un paso al frente para decidir un cambio radical en su maltratado destino
y que con toda seguridad, sería lo más conveniente para la mayoría de la
Nación, dado que nada más se puede perder, de lo que ya se ha perdido.
Porque si Tsipras gana, a Europa no le quedará otro remedio
que aceptar su victoria y acomodarse a las circunstancias de manera lo menos traumática
posible, si quieren percibir, aunque sea, una mínima parte de aquello que
pretende que se le debe y no perderlo todo, con una ruptura que además, podría
acarrear un cisma protagonizado por los
países del Sur, hartos de seguir mansamente, todas y cada una de sus
exigencias.
El miedo, no sólo es patrimonio de las clases humildes y se
podría asegurar sin temor a equivocarse que resulta ser mucho más paralizante
para los poderosos, cuando está en juego el meollo de su negocio.
Quizá ha llegado el momento de decidir si en conciencia,
aceptamos seguir sometidos a una clase de política que nos ha traído
exactamente hasta dónde ahora nos encontramos o merece la pena apostar por un
cambio radical, aunque suponga contradecir los cánones de lo establecido en
este Sistema, que parece estar llegando a su fin, a juzgar por el panorama
desolador que está dejando en nuestras naciones.
Por todo ello, los resultados de las elecciones en Grecia,
establecerán un punto y aparte en el desarrollo de la historia y puede que si
nada se tuerce, hasta constituya un estreno de otra forma de entender la
política, mucho más equitativa con las aspiraciones de la gente normal y el
deterioro del Imperio económico que algunos han montado para nuestra desgracia.

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