Los efectos colaterales que producen los atentados
terroristas inmediatamente después de producirse y el aprovechamiento descarado
que de las víctimas hacen las formaciones de ultraderecha, para propiciar la
xenofobia que siempre defendieron, puede contemplarse palpablemente estos días,
sobre todo cuando se niegan, como es el caso de Mari Le Pen, a sumarse a las
manifestaciones populares de dolor, al mismo tiempo que exige drásticas medidas
en la entrada de extranjeros, en este caso en Francia, como si todo aquel que
no perteneciera, por sangre, al país, portara consigo un altísimo riesgo de
ataque a las instituciones del sitio al que emigra, generalmente buscando una
vida mejor y de manera absolutamente pacífica.
Favoreciendo una islamofobia que resulta definitivamente incomprensible, no solo para aquellos que
practican habitualmente esta religión, sino también para todos los que creemos
en la igualdad de los seres humanos, pertenezcan al colectivo que pertenezcan y
piensen como piensen, se intenta calar en las conciencias de quienes
paralizados por un miedo reiterativamente inculcado por determinados políticos,
empiezan a mirar de manera paranoica a cualquier árabe que se les cruce en la
calle, llegando a temer incluso la pérdida de la vida.
La respuesta la daba alguien anteayer, no recuerdo
exactamente quién, cuando haciendo referencia al número de seguidores con que
el islam cuenta en el mundo, lo comparaba con un cálculo aproximado de cuántos
de ellos han tomado la decisión de fanatizar sus creencias, demostrando que
representan una minoría irrisoria en el seno de su comunidad y que el grueso de
los islamistas practicantes abominan exactamente igual que los occidentales, de
cualquier acto de violencia.
Pero históricamente está datado que no hay como demonizar a
un colectivo de manera reiterativa, para crear un caldo de cultivo en el que
sembrar un odio cerval hacia los integrantes del mismo y bastaría con remitirse
a la Alemania de la preguerra y preguntarse cómo fue posible lo que después
sucedió con el pueblo judío en los campos de exterminio, si no fuera porque
durante años se propició desde las instituciones un profundo rencor hacia todo
lo que pudiera considerarse semítico.
No hace falta recordar las terroríficas cifras de muertos, ni
volver a hacer alusión a las terribles imágenes que todos conocemos
sobradamente, de aquel genocidio.
Así que la humanidad no puede permitirse que aquellos
terribles acontecimientos puedan, en modo alguno, repetirse jamás, por lo que
habremos de abogar, necesariamente, porque se imponga la cordura, si no
queremos convertirnos en seres exactamente iguales a los que cometen los
atentados, aunque nos diferencie de ellos hacerlo de manera mucho más sibilina.
De un día para otro, uno no puede empezar a sospechar de un
vecino al que ha saludado en el portal durante varios años, simplemente porque
sus rasgos nos recuerden que cierto día llegó a nuestro país desde el Magreb, o
porque sepamos a ciencia cierta que acude con regularidad a una Mezquita, en
lugar de a la Iglesia de la esquina, en la que suelen reunirse los domingos,
los católicos del barrio.
Esa persona, continúa siendo la misma que era anteayer, antes
de producirse la matanza en Paris y nada ha cambiado, sino el mensaje de otros
fanáticos nacionalistas, para influir en nuestra opinión sobre ella.
Hacer ese mensaje
nuestro, en el caso de España, supone por ejemplo, mudar el sentimiento de
tristeza que nos produce ver las imágenes de los que se aferran, como a un muro
de salvación, a las vallas de Ceuta y Melilla, por el terror a que cualquiera
de ellos pueda pisar nuestro territorio, como si su desgracia se hubiera de
repente transformado indefectiblemente en maldad y su intención de encontrar
trabajo aquí, en una decisión de inmolarse cargados de explosivos, en cualquier
edificio repleto de gente.
Claro, que por esa regla de tres y atendiendo de manera
fidedigna a las recomendaciones de los ultras, lo mismo podrían imaginar sobre
nuestros jóvenes, obligados a emigrar a lo largo y ancho de este mundo por las
malas políticas de este gobierno, allá donde cada uno de ellos llegase, a
partir de ahora mismo.
Y tan injusta sería esta sospecha, como las otras, pues se
podría afirmar que nadie gusta de abandonar el lugar en que vive, si no es por
una mera necesidad de mejorar y después de haber intentado todos los caminos,
para permanecer junto a los suyos.
Afortunadamente, los atentados son desgracias puntuales que
vienen sucediendo a nuestro alrededor y que deben combatirse, exactamente en la
medida de lo que son y procurando culpabilizar de ellos, estrictamente a
quienes los cometen.
Cruzar la delgada línea que nos separa del odio a otros seres
humanos por razones de raza o religión, debe categóricamente, evitarse.
De otro modo, los monstruos, seríamos nosotros.

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