Tras un largo paréntesis de eventos familiares, sin ningún
tipo de conexión con el mundo de las noticias, volver a subir al tren de la
rutina y comprender que nada ha cambiado significativamente, resulta cuando
menos, deprimente.
Estos lapsos de humana calidez propician la capacidad de
ilusionarse sobre la posibilidad de que las cosas que nos suceden puedan ser
milagrosamente factibles de ser transformadas y una alberga la esperanza de
encontrar al día siguiente algo bueno que lanzar al mundo, a través de esta
ventana de actualidad, que abrimos con el ánimo dispuesto para ser portadores
de buenas nuevas.
Y no es que todo se haya detenido por el mero hecho de haber
estado en buena compañía, sin tener que soportar la crudeza del entorno, sino
que al no prestar atención a lo que sucede, es como si verdaderamente no
estuviera ocurriendo absolutamente nada que perturbe la paz individual que nos
invade en estos buenos momentos.
Tanto es así, que dan ganas de acompañar, al menos temporalmente,
a Benedicto XVI, en su dulce retiro de Castelgandolfo y dedicarse a la
meditación profunda y al cultivo del espíritu, absteniéndose de todo contacto
con cuanto acaece alrededor, para caer en brazos del más puro misticismo,
perdido en cualquier rincón de tan hermosas fortaleza.
Claro que todos nosotros y yo la primera, carecemos de los
bienes materiales necesarios parta adoptar tal decisión y que, de querer
retirarnos del mundanal ruido, tropezaríamos de inmediato con el impedimento de
no tener lugar en que alojarnos, ni posibilidad de sustentarnos, al no poseer
absolutamente nada más que el fruto de nuestro trabajo para destinarlo a tal
fin.
Y si no, que se cuenten a los jubilados españoles, a los que
se les han venido encima una serie de cargas familiares con las que habían
dejado de contar hace ya tiempo y que ahora se han convertido, gracias a la
crisis y a las medidas gubernamentales, nuevamente, en cabezas de familias
numerosas procedentes de las listas del desempleo, con las que han de compartir forzosamente su pequeña pensión y su espacio vital, sin
perspectivas de que el futuro pueda llegar a ser mejor, ni para sus hijos, ni
para ellos mismos.
Peor aún, muchos de ellos, que habían sido abandonados por
sus vástagos en Residencias de ancianos, condenados a una inmerecida soledad
carente incluso de visitas periódicas de aquellos a los que sacaron adelante y
colocaron en el mundo con su esfuerzo, ven ahora como una inusitada corriente
de amor filial hace que, repentinamente, esos mismos hijos decidan que desean
con todas sus fuerzas llevarlos a vivir con ellos, con la ineludible condición
de administrar el montante de la pensión que perciben y sin garantías de que el
trato que van a recibir, difiera en nada del que acostumbraban a darles, en sus
anteriores circunstancias.
Cualquier ser bien pensante podría creer que esto se trataría
de algún caso aislado de picaresca elevado a la enésima potencia de la
inmoralidad, pero no habría más que consultar al personal dedicado al cuidado y
mantenimiento de estas Residencias, para descubrir con horror que esta práctica
despreciable se ha convertido en algo habitual, en esta España que según Rajoy,
camina por el camino correcto, hacia la solución de la crisis.
Así que ante la contemplación de casos como éstos, a uno no
puede sino producirle cierto regocijo que el innombrable Bárcenas haya decidido
hacerle la vida un poco más incierta a quién parece querer ignorar
pertinazmente, lo que sucede entre las fronteras del Estado que está
gobernando. Y nos alegraría aún más, si finalmente alguien con la valentía
suficiente, llegase hasta los mismísimos tuétanos de todos los negros asuntos
que se barajan en el mundo de la política, esclareciendo de una vez, la
culpabilidad real de los autores de los delitos.
Ya ven que cualquiera de nosotros, a lo sumo, solo podemos
permitirnos un par de días de tranquilidad y que el retorno no puede traernos
más que nuevas dosis de indignación. Lo dicho, deprimente.

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