domingo, 3 de marzo de 2013

Sin posibilidad de retiro



Tras un largo paréntesis de eventos familiares, sin ningún tipo de conexión con el mundo de las noticias, volver a subir al tren de la rutina y comprender que nada ha cambiado significativamente, resulta cuando menos, deprimente.
Estos lapsos de humana calidez propician la capacidad de ilusionarse sobre la posibilidad de que las cosas que nos suceden puedan ser milagrosamente factibles de ser transformadas y una alberga la esperanza de encontrar al día siguiente algo bueno que lanzar al mundo, a través de esta ventana de actualidad, que abrimos con el ánimo dispuesto para ser portadores de buenas nuevas.
Y no es que todo se haya detenido por el mero hecho de haber estado en buena compañía, sin tener que soportar la crudeza del entorno, sino que al no prestar atención a lo que sucede, es como si verdaderamente no estuviera ocurriendo absolutamente nada que perturbe la paz individual que nos invade en estos buenos momentos.
Tanto es así, que dan ganas de acompañar, al menos temporalmente, a Benedicto XVI, en su dulce retiro de Castelgandolfo y dedicarse a la meditación profunda y al cultivo del espíritu, absteniéndose de todo contacto con cuanto acaece alrededor, para caer en brazos del más puro misticismo, perdido en cualquier rincón de tan hermosas fortaleza.
Claro que todos nosotros y yo la primera, carecemos de los bienes materiales necesarios parta adoptar tal decisión y que, de querer retirarnos del mundanal ruido, tropezaríamos de inmediato con el impedimento de no tener lugar en que alojarnos, ni posibilidad de sustentarnos, al no poseer absolutamente nada más que el fruto de nuestro trabajo para destinarlo a tal fin.
Y si no, que se cuenten a los jubilados españoles, a los que se les han venido encima una serie de cargas familiares con las que habían dejado de contar hace ya tiempo y que ahora se han convertido, gracias a la crisis y a las medidas gubernamentales, nuevamente, en cabezas de familias numerosas procedentes de las listas del desempleo, con las que han de  compartir forzosamente  su pequeña pensión y su espacio vital, sin perspectivas de que el futuro pueda llegar a ser mejor, ni para sus hijos, ni para ellos mismos.
Peor aún, muchos de ellos, que habían sido abandonados por sus vástagos en Residencias de ancianos, condenados a una inmerecida soledad carente incluso de visitas periódicas de aquellos a los que sacaron adelante y colocaron en el mundo con su esfuerzo, ven ahora como una inusitada corriente de amor filial hace que, repentinamente, esos mismos hijos decidan que desean con todas sus fuerzas llevarlos a vivir con ellos, con la ineludible condición de administrar el montante de la pensión que perciben y sin garantías de que el trato que van a recibir, difiera en nada del que acostumbraban a darles, en sus anteriores circunstancias.
Cualquier ser bien pensante podría creer que esto se trataría de algún caso aislado de picaresca elevado a la enésima potencia de la inmoralidad, pero no habría más que consultar al personal dedicado al cuidado y mantenimiento de estas Residencias, para descubrir con horror que esta práctica despreciable se ha convertido en algo habitual, en esta España que según Rajoy, camina por el camino correcto, hacia la solución de la crisis.
Así que ante la contemplación de casos como éstos, a uno no puede sino producirle cierto regocijo que el innombrable Bárcenas haya decidido hacerle la vida un poco más incierta a quién parece querer ignorar pertinazmente, lo que sucede entre las fronteras del Estado que está gobernando. Y nos alegraría aún más, si finalmente alguien con la valentía suficiente, llegase hasta los mismísimos tuétanos de todos los negros asuntos que se barajan en el mundo de la política, esclareciendo de una vez, la culpabilidad real de los autores de los delitos.
Ya ven que cualquiera de nosotros, a lo sumo, solo podemos permitirnos un par de días de tranquilidad y que el retorno no puede traernos más que nuevas dosis de indignación. Lo dicho, deprimente.


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