martes, 26 de marzo de 2013

Un contrasentido escandaloso



El lema de la república francesa, “liberté, égalité et fraternité”, no hace otra cosa que quedar en entredicho, a los ojos de la humanidad, cada vez que más de un millón de ciudadanos de este País, se lanzan furibundamente a la calle, para intentar detener la aprobación de una ley que conceda a las parejas de homosexuales la posibilidad de contraer matrimonio y les abra las puertas de la adopción, como una forma de acceso a la paternidad, de la que hasta ahora no disfrutan.
Estos manifestantes, que seguramente son de los que se consideran devotos patriotas de la que siempre ha sido vista como la cuna de la libertad, curiosamente vulneran gravemente con su actitud, los tres principios fundamentales de lo que hasta ahora se pretendía su credo, apartándose hasta posiciones infinitamente retrógradas, más propias de los adeptos a regímenes totalitaristas, que suelen basar su dominación en la pura ignorancia.
Matan la libertad, desde el momento en que se niegan a aceptar que cada cual pueda elegir, sin cortapisas, a la persona con la que quiere compartir su vida , aspirando a consolidar con su pareja la unión en un marco legal que posibilite un funcionamiento normal de la relación, independientemente del sexo al que pertenecieran los individuos que la forman.
Niegan la igualdad a estos seres humanos, al pisotear el derecho que les asiste a recibir un trato exacto al que se da al resto de los ciudadanos franceses, una vez que deciden contraer matrimonio y si lo creyeran oportuno, solicitar la adopción de menores, tengan o no la posibilidad de concebir hijos biológicos, apoyándose únicamente en una fobia sexista, incomprensible a estas alturas del SXXI, y desde luego, incomprensible en una realidad social, en la que ya conviven pacíficamente, multitud de variopintos esquemas familiares.
Revientan el concepto de fraternidad, desde el momento en que construyen un apartheid contra los homosexuales, con posturas cercanas a las que hoy vemos en países fanatizados por ideas medievales, dificultando el desarrollo emocional de personas absolutamente integradas en el mundo moderno, válidas para trabajar y desenvolverse al mismo nivel que los heterosexuales, pero a las que se hurta el derecho a decidir con quién compartir su camino y la ilusión de poder, como cualquiera, formar una familia basada en el amor y en muchos casos, mucho más sólido que el que se ofrecen parejas del mismo sexo, a juzgar por las noticias que sobre malos tratos, aparecen todos los días, en las páginas de los periódicos.
No hay manera de convencer a estos manifestantes de que la homosexualidad no es una enfermedad contagiosa que pueda perturbar la “apacibilidad” de sus vidas y que aprobar una ley que legitime el matrimonio entre personas del mismo sexo, no obliga a ningún heterosexual a reconvertir sus tendencias, ni supone un ascenso en los índices de homosexualidad real, que les guste o no, existe en este mundo, en el que nos ha tocado vivir.
Probablemente afectados por un fanatismo religioso de corte católico, parecen olvidar que los Estados han de funcionar sin la injerencia de ninguna Iglesia y ofrecer a sus ciudadanos leyes que protejan sus intereses de forma igualitaria, sin cortapisas que coarten la libertad de cada cual, para decidir lo que quiere.
También en España hemos tenido ya este tipo de manifestaciones intolerantes, encabezadas por Cardenales mediáticos que con su participación en estos actos, demuestran a las claras que carecen de todo atisbo de caridad, al establecer tales discriminaciones entre seres humanos, pero que han transigido durante años con la pederastia practicada por los ministros de su Iglesia, que sí que es una aberración para cualquier persona psicológicamente sana.
Sin embargo, la ley se aprobó, funciona y no se han resentido las estructuras del Estado, ni se ha producido hecatombe alguna, ni se ha desdibujado, para nada, el concepto de familia.
Los matrimonios entre homosexuales marchan y sus hijos adoptados son felices. Cuestión de respeto, miren.
     

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