El lema de la república francesa, “liberté, égalité et
fraternité”, no hace otra cosa que quedar en entredicho, a los ojos de la
humanidad, cada vez que más de un millón de ciudadanos de este País, se lanzan
furibundamente a la calle, para intentar detener la aprobación de una ley que
conceda a las parejas de homosexuales la posibilidad de contraer matrimonio y
les abra las puertas de la adopción, como una forma de acceso a la paternidad,
de la que hasta ahora no disfrutan.
Estos manifestantes, que seguramente son de los que se
consideran devotos patriotas de la que siempre ha sido vista como la cuna de la
libertad, curiosamente vulneran gravemente con su actitud, los tres principios
fundamentales de lo que hasta ahora se pretendía su credo, apartándose hasta
posiciones infinitamente retrógradas, más propias de los adeptos a regímenes
totalitaristas, que suelen basar su dominación en la pura ignorancia.
Matan la libertad, desde el momento en que se niegan a
aceptar que cada cual pueda elegir, sin cortapisas, a la persona con la que
quiere compartir su vida , aspirando a consolidar con su pareja la unión en un
marco legal que posibilite un funcionamiento normal de la relación,
independientemente del sexo al que pertenecieran los individuos que la forman.
Niegan la igualdad a estos seres humanos, al pisotear el
derecho que les asiste a recibir un trato exacto al que se da al resto de los
ciudadanos franceses, una vez que deciden contraer matrimonio y si lo creyeran
oportuno, solicitar la adopción de menores, tengan o no la posibilidad de
concebir hijos biológicos, apoyándose únicamente en una fobia sexista,
incomprensible a estas alturas del SXXI, y desde luego, incomprensible en una
realidad social, en la que ya conviven pacíficamente, multitud de variopintos
esquemas familiares.
Revientan el concepto de fraternidad, desde el momento en que
construyen un apartheid contra los homosexuales, con posturas cercanas a las
que hoy vemos en países fanatizados por ideas medievales, dificultando el
desarrollo emocional de personas absolutamente integradas en el mundo moderno,
válidas para trabajar y desenvolverse al mismo nivel que los heterosexuales,
pero a las que se hurta el derecho a decidir con quién compartir su camino y la
ilusión de poder, como cualquiera, formar una familia basada en el amor y en
muchos casos, mucho más sólido que el que se ofrecen parejas del mismo sexo, a
juzgar por las noticias que sobre malos tratos, aparecen todos los días, en las
páginas de los periódicos.
No hay manera de convencer a estos manifestantes de que la
homosexualidad no es una enfermedad contagiosa que pueda perturbar la
“apacibilidad” de sus vidas y que aprobar una ley que legitime el matrimonio
entre personas del mismo sexo, no obliga a ningún heterosexual a reconvertir
sus tendencias, ni supone un ascenso en los índices de homosexualidad real, que
les guste o no, existe en este mundo, en el que nos ha tocado vivir.
Probablemente afectados por un fanatismo religioso de corte
católico, parecen olvidar que los Estados han de funcionar sin la injerencia de
ninguna Iglesia y ofrecer a sus ciudadanos leyes que protejan sus intereses de
forma igualitaria, sin cortapisas que coarten la libertad de cada cual, para
decidir lo que quiere.
También en España hemos tenido ya este tipo de
manifestaciones intolerantes, encabezadas por Cardenales mediáticos que con su
participación en estos actos, demuestran a las claras que carecen de todo
atisbo de caridad, al establecer tales discriminaciones entre seres humanos,
pero que han transigido durante años con la pederastia practicada por los
ministros de su Iglesia, que sí que es una aberración para cualquier persona
psicológicamente sana.
Sin embargo, la ley se aprobó, funciona y no se han resentido
las estructuras del Estado, ni se ha producido hecatombe alguna, ni se ha
desdibujado, para nada, el concepto de familia.
Los matrimonios entre homosexuales marchan y sus hijos
adoptados son felices. Cuestión de respeto, miren.

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