Mariano Rajoy ha decidido tejer una gruesa cortina de
opacidad, tras la que esconder los graves asuntos que se le han venido encima
estos últimos meses y su gente parece haber firmado un pacto de silencio, con
la esperanza de alejar a posibles curiosos, ávidos por conocer los entresijos
de la trama Bárcenas y los posibles tentáculos que se extienden sobre las
principales cabezas del PP, hiriendo de muerte la pretendida imagen de
honestidad, que tanto han procurado vender a los españoles.
Esta manida estrategia, que
cuenta con que el paso del tiempo haga olvidar los hechos que ahora se
encuentran en el ojo del huracán, no hace sin embargo, más que aumentar la
desazón que siente una sociedad en estado ruinoso, al no recibir explicación
veraz sobre este tema de candente actualidad, que sin embargo, no ha traído
inmediatamente una respuesta en forma de querella, por parte de la vapuleada
cúpula conservadora.
La impresión que uno tiene desde fuera es la de un partido
sacudido en sus mismas raíces por una tremenda convulsión, de la que no es
capaz de escapar por ninguna de las vías habituales y que lo deja sumido en un
desequilibrio feroz, ante la imposibilidad de zafarse del dedo acusador del ex
tesorero, que señala de múltiples formas siempre en la misma dirección, es
decir, al centro mismo del Gobierno.
La desastrosa intervención de Cospedal, hablando de
simulaciones e inexistentes finiquitos y de acuerdos que rozan la ilegalidad,
con un despedido que amasaba una inmensa fortuna en capitales evadidos, es la
demostración flagrante de que negar una culpabilidad que parece manifiesta, no
está llevando a buen puerto la nave que pilota el PP y menos aún, a los
oficiales embarcados en ella.
Por qué Rajoy no actúa judicialmente contra Bárcenas sigue siendo
un misterio, pero la sabiduría popular, que suele acertar en sus apreciaciones
porque su escuela no es otra que la de la vida, apuesta por creer que el
imputado debe poseer un sinfín de informaciones comprometedoras contra los
individuos incluidos en su macabra agenda, que aguardan para ser entregadas al
juez, un mal paso de la directiva del PP, en alguna dirección que pueda
molestar al irascible contable.
Luego entonces, los indicios de culpabilidad parecen
evidentes y la negativa de los populares a comentar las múltiples informaciones
aparecidas en prensa y las denuncias que contra ellos ha presentado Bárcenas
por Despido improcedente y por allanamiento y robo, provocan una percepción de
que ciertamente ha existido una oscura trama tras los muros de Génova y que ya
no se encuentran argumentos mínimamente creíbles para intentar demostrar una
poco probable inocencia.
Quizá no es que Rajoy no quiera, sino que no se atreve a
pronunciar el apellido Bárcenas, por no quedar en evidencia. Si sus gestos o
algo de lo que dijera le delatara, ahora que se encuentra expuesto a todas las
miradas de los medios, la catástrofe que sobrevendría, colocaría al PP en una
posición de insostenibidad que le forzaría a un abandono inmediato de las
labores de gobierno.
Así que la única manera de resistir, mientras el huracán sacude con máxima potencia, es
intentar pasar desapercibido, sin dar oportunidad a los informadores de
averiguar nada que pueda comprometer su estancia en el poder, al menos hasta
que las investigaciones judiciales no decidan si se puede probar su vinculación
con la trama de los sobresueldos.
Pero el paso del tiempo es un arma de doble filo que da
también a los investigadores la oportunidad de seguir ahondando en el tema, ya
que nadie parece hacer frente a las informaciones que van apareciendo en los
distintos medios y que por tanto, no hacen otra cosa que negarles credibilidad,
a causa de su pertinaz silencio.
En ese compás de espera estamos y nadie descarta que lo que
queda por venir sea, precisamente, la gran traca final que haga saltar por los
aires este argumento de mafias y corruptelas, ofreciendo a la sociedad la
verdad desnuda, a la que siempre tuvo derecho, pero que nadie le ofreció, para
que actuase en consecuencia.

No hay comentarios:
Publicar un comentario