Llegan las vacaciones de Semana Santa pillando a los
españoles sin demasiado espíritu festero, estando como estamos, inmersos en un
bucle de negatividad del que será difícil salir, mientras no se nos ofrezcan,
al menos, ciertas perspectivas de nuevos horizontes laborales con los que
volver al camino de una actividad, forzosamente abandonada, a causa de los
acontecimientos que nos ha regalado la Madre Europa y su insaciabilidad de
recortes, que nunca son suficientes para liquidar nuestras deudas.
Más de uno se va a su casa sin ninguna seguridad de poder
volver a incorporarse a su puesto, pues los despidos ahora se producen
sorpresivamente y por buro fax, casi siempre coincidiendo con la ausencia de
los trabajadores, bien por motivos de salud o mientras están disfrutando del
ocio que por ley le corresponde, para que no haya manera de discutir con la
empresa la improcedencia del asunto.
No hay tampoco voluntad de consumo, como ocurría en los años
de bonanza, pues los bolsillos están más que vacíos y sin perspectiva alguna de
poder llenarse a muy largo plazo, por lo que cualquier negocio relacionado con
la diversión, necesariamente ha de resentirse y muy en particular el turismo, tocado por la subida del IVA y por la
incomprensión que con él han demostrado los políticos, seguramente sin darse
cuenta de que representa una buena entrada de un dinero, ahora imprescindible,
para que este país empiece a repuntar y para que el sector no entre a formar
parte de la innumerable serie de empresas ruinosas que se han visto obligadas a
echar el cierre, en este año “glorioso” de gobierno del PP.
Tampoco acompaña demasiado la climatología,
que no debe haberse enterado de que ha
llegado la primavera y no hace más que obsequiarnos con torrenciales chubascos
propios de una geografía tropical, pero aderezados con un frio invernal que
tampoco invita a despojarse de la calidez del abrigo, ni de ninguna otra prenda
que ayude a soportar la dureza del
tiempo.
Entretanto, los escándalos de nuestros impresentables
políticos siguen escribiendo la letra grande de las noticias y la lentitud de
la Justicia prolongando en el tiempo las investigaciones de las tramas,
ofreciendo a los informadores de una y otra parte, la oportunidad de entrar en
un interminable cruce de acusaciones que intentan establecer qué caso de
corrupción sería el más importante de los que han ocurrido y fundamentalmente,
a qué grupo pertenecen sus protagonistas, también enzarzados los unos contra
los otros.
Y mientras los desfiles procesionales ocupan, si la lluvia
les deja, las calles de nuestras ciudades, para regocijo de los católicos y su
Papa recién estrenado, los desfiles de delincuentes, hacen el paseíllo de los
juzgados, esposados o no, ante la indignación creciente de un pueblo sufridor,
que no termina de comprender por qué todavía ninguno de ellos está entre rejas
y sobre todo, por qué no han devuelto un solo euro del dinero que se han
llevado y que ha contribuido en gran parte, a que estas vacaciones sean, para
nosotros, tan absolutamente tristes.

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