Si Pablo Iglesias levantara la cabeza
y viera en qué se han convertido los dirigentes del Partido que fundó, allá por
1879, como respuesta a los atropellos cometidos por las clases dominantes, una
corriente de indignación, sin duda semejante a la que ahora sufren un alto
porcentaje de ciudadanos, correría por sus venas haciéndole renegar una y mil
veces de la interpretación que se viene dando a su doctrina.
El descarado aburguesamiento de esta
élite política, que ha cambiado la ropa de trabajo por los trajes de firma y la
humildad en el vivir por un enriquecimiento logrado a través de los cargos
públicos, nada tiene que ver con las intenciones que movieron a los primeros
militantes de la formación, a pesar de que las circunstancias actuales empiezan
a parecerse peligrosamente a las que se daban en aquellos años de ignorancia y
miseria.
El Partido, que fue creado
inicialmente por unos cuantos intelectuales y obreros, fundamentalmente
tipógrafos, con cierta influencia de un socialismo procedente de Francia y hermanado con las teorías de Karl Marx, en su
manera de entender la relación entre los patronos y las clases trabajadoras,
apostaba por la necesidad de promover una auténtica revolución, que transformara
la esclavitud en que se movían los obreros, por una serie de logros que
consiguieran aportar cierta dignidad a su modo de vida, hasta entonces,
continuamente agredido por la feroz explotación a que se les sometía, desde el
mismo momento en que se convertían en asalariados.
Era pues el Partido, SOCIALISTA y
OBRERO, aunque a él se unieran personas procedentes de estatus económicos algo
superiores y su ideología fuera recibida con los brazos abiertos, también, por
una serie de intelectuales progresistas, que no estaban de acuerdo en absoluto,
en cómo se orientaban las relaciones entre clases, por lo que pusieron su
talento y su esfuerzo, al servicio de la noble causa que promulgaba un cambio
radical en el modo de entender la sociedad que predominaba entonces.
A pesar de que casi nadie lo recuerde,
el símbolo del PSOE fue durante mucho
tiempo El Yunque y la Pluma, queriendo representar una especie de unión entre
trabajadores manuales e intelectuales, avanzando al unísono por la consecución
de reivindicaciones muy concretas que mejoraran sustancialmente la pobreza que
acompañaba a todo aquel que dependía de un salario, ganado a base de
interminables jornadas de trabajo, que solo producían beneficios a los dueños
de las empresas.
Y todo esto, que se defendió contra
viento y marea durante tanto tiempo y que hizo del PSOE una formación seria que consiguió atraer la
atención de los españoles en cuanto se abrieron las vías democráticas, se ha
ido diluyendo en el tiempo hasta quedar convertido en una descafeinada
socialdemocracia, que en nada mantiene los principios ideológicos que movieron
a los militantes del pasado y que avergüenza a los que aún los conservan, al
sentirse traicionados, en los fundamentos de su lucha.
Primero se abandonó el marxismo, sin
ofrecer una explicación coherente que
motivara la decisión. Se prohibió levantar el puño como símbolo de protesta. Se
fue olvidando la letra de La Internacional, que tradicionalmente se cantaba al
final de cada acto y el Yunque y la Pluma se transformaron en un puño y una
rosa, quizá porque su simbología no podía ser bien vista por la pujante clase
media que estaba naciendo en nuestro país y que representaban una jugosa
cantidad de votos, absolutamente necesarios para alcanzar un poder, por el que
algunos habían estado batallando demasiado tiempo.
Al olor de ese poder, precisamente,
empezaron a surgir una ingente cantidad de”socialistas” de nuevo cuño, que sin
haber creído jamás en lo que promulgaba el auténtico catecismo de Iglesias,
vieron llegada la oportunidad de subir al carro de las labores de gobierno y
que se instalaron como dirigentes, de manera perpetua, en cargos de
responsabilidad que les trajeron, en casi todos los casos, una forma de
enriquecimiento personal, de la que todavía hoy disfrutan.
Ellos se encargaron de construir
minuciosamente la imagen del Partido que hoy tenemos y que desde hace demasiado
tiempo, ni es socialista, ni es obrero, ya que las bases que lo forman no
participan en modo alguno en las decisiones de importancia que se toman en él,
ni se hace nada por defender los derechos de la clase trabajadora, cada vez más
vilipendiada por las leyes aprobadas por varios gobiernos, pero más esclavizada
aún, desde que Zapatero decidió capitanear una incomprensible injusticia social
exigida por Europa, en lugar de anteponer los principios de la doctrina de su
Partido, a su propia permanencia en el poder, con aquella frase de:
“Cueste lo que cueste y me cueste lo que
me cueste”.
Sin ser ya socialista ni obrero,
naturalmente, el PSOE ha perdido, quizá para siempre, toda posibilidad de
aglutinar el voto de la izquierda, pues al renunciar a los dos valores
fundamentales que debieran marcar su camino, ya no representan, para nadie, la
tabla de salvación a la que aferrase para solucionar sus problemas.
Endiosados en el estatus burgués en que
se han ido acomodando mientras que ha durado el bipartidismo, los actuales
líderes del PSOE son caricaturas sin ninguna credibilidad, intentando
protagonizar sin ningún convencimiento, una historia que ya no es la suya, pues
su clase dejó de ser la nuestra hace demasiado tiempo.
Y si no se produce con cierta
inmediatez una vuelta a los orígenes y no se lleva a cabo una revolución
interna, que aparte de un manotazo a quienes han demostrado ser incapaces de
liderar la lucha real de las clases obreras y de potenciar un auténtico
socialismo como sistema de gobierno, el PSOE continuará como está, muerto y sin
posibilidad de resurrección, enterrado en las cenizas que se han encargado de
aventar estos ricos de nuevo cuño que ahora lo lideran.

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