domingo, 10 de marzo de 2013

Socialista y obrero


                                 
Si Pablo Iglesias levantara la cabeza y viera en qué se han convertido los dirigentes del Partido que fundó, allá por 1879, como respuesta a los atropellos cometidos por las clases dominantes, una corriente de indignación, sin duda semejante a la que ahora sufren un alto porcentaje de ciudadanos, correría por sus venas haciéndole renegar una y mil veces de la interpretación que se viene dando a su doctrina.
El descarado aburguesamiento de esta élite política, que ha cambiado la ropa de trabajo por los trajes de firma y la humildad en el vivir por un enriquecimiento logrado a través de los cargos públicos, nada tiene que ver con las intenciones que movieron a los primeros militantes de la formación, a pesar de que las circunstancias actuales empiezan a parecerse peligrosamente a las que se daban en aquellos años de ignorancia y miseria.
El Partido, que fue creado inicialmente por unos cuantos intelectuales y obreros, fundamentalmente tipógrafos, con cierta influencia de un socialismo procedente de Francia y  hermanado con las teorías de Karl Marx, en su manera de entender la relación entre los patronos y las clases trabajadoras, apostaba por la necesidad de promover una auténtica revolución, que transformara la esclavitud en que se movían los obreros, por una serie de logros que consiguieran aportar cierta dignidad a su modo de vida, hasta entonces, continuamente agredido por la feroz explotación a que se les sometía, desde el mismo momento en que se convertían en asalariados.
Era pues el Partido, SOCIALISTA y OBRERO, aunque a él se unieran personas procedentes de estatus económicos algo superiores y su ideología fuera recibida con los brazos abiertos, también, por una serie de intelectuales progresistas, que no estaban de acuerdo en absoluto, en cómo se orientaban las relaciones entre clases, por lo que pusieron su talento y su esfuerzo, al servicio de la noble causa que promulgaba un cambio radical en el modo de entender la sociedad que predominaba entonces.

A pesar de que casi nadie lo recuerde, el símbolo del PSOE fue  durante mucho tiempo El Yunque y la Pluma, queriendo representar una especie de unión entre trabajadores manuales e intelectuales, avanzando al unísono por la consecución de reivindicaciones muy concretas que mejoraran sustancialmente la pobreza que acompañaba a todo aquel que dependía de un salario, ganado a base de interminables jornadas de trabajo, que solo producían beneficios a los dueños de las empresas.
Y todo esto, que se defendió contra viento y marea durante tanto tiempo y que hizo del PSOE  una formación seria que consiguió atraer la atención de los españoles en cuanto se abrieron las vías democráticas, se ha ido diluyendo en el tiempo hasta quedar convertido en una descafeinada socialdemocracia, que en nada mantiene los principios ideológicos que movieron a los militantes del pasado y que avergüenza a los que aún los conservan, al sentirse traicionados, en los fundamentos de su lucha.
Primero se abandonó el marxismo, sin ofrecer una explicación coherente  que motivara la decisión. Se prohibió levantar el puño como símbolo de protesta. Se fue olvidando la letra de La Internacional, que tradicionalmente se cantaba al final de cada acto y el Yunque y la Pluma se transformaron en un puño y una rosa, quizá porque su simbología no podía ser bien vista por la pujante clase media que estaba naciendo en nuestro país y que representaban una jugosa cantidad de votos, absolutamente necesarios para alcanzar un poder, por el que algunos habían estado batallando demasiado tiempo.
Al olor de ese poder, precisamente, empezaron a surgir una ingente cantidad de”socialistas” de nuevo cuño, que sin haber creído jamás en lo que promulgaba el auténtico catecismo de Iglesias, vieron llegada la oportunidad de subir al carro de las labores de gobierno y que se instalaron como dirigentes, de manera perpetua, en cargos de responsabilidad que les trajeron, en casi todos los casos, una forma de enriquecimiento personal, de la que todavía hoy disfrutan.
Ellos se encargaron de construir minuciosamente la imagen del Partido que hoy tenemos y que desde hace demasiado tiempo, ni es socialista, ni es obrero, ya que las bases que lo forman no participan en modo alguno en las decisiones de importancia que se toman en él, ni se hace nada por defender los derechos de la clase trabajadora, cada vez más vilipendiada por las leyes aprobadas por varios gobiernos, pero más esclavizada aún, desde que Zapatero decidió capitanear una incomprensible injusticia social exigida por Europa, en lugar de anteponer los principios de la doctrina de su Partido, a su propia permanencia en el poder, con aquella frase de: “Cueste  lo que cueste y me cueste lo que me cueste”.
Sin ser ya socialista ni obrero, naturalmente, el PSOE ha perdido, quizá para siempre, toda posibilidad de aglutinar el voto de la izquierda, pues al renunciar a los dos valores fundamentales que debieran marcar su camino, ya no representan, para nadie, la tabla de salvación a la que aferrase para solucionar sus problemas.
Endiosados en el estatus burgués en que se han ido acomodando mientras que ha durado el bipartidismo, los actuales líderes del PSOE son caricaturas sin ninguna credibilidad, intentando protagonizar sin ningún convencimiento, una historia que ya no es la suya, pues su clase dejó de ser la nuestra hace demasiado tiempo.
Y si no se produce con cierta inmediatez una vuelta a los orígenes y no se lleva a cabo una revolución interna, que aparte de un manotazo a quienes han demostrado ser incapaces de liderar la lucha real de las clases obreras y de potenciar un auténtico socialismo como sistema de gobierno, el PSOE continuará como está, muerto y sin posibilidad de resurrección, enterrado en las cenizas que se han encargado de aventar estos ricos de nuevo cuño que ahora lo lideran.

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