Niega el Supremo la exhumación del cadáver de Franco, que se
encuentra en El valle de los caídos, un monumento erigido en los años de la
Dictadura como homenaje a sus muertos en la guerra civil, aunque construido por
presos republicanos, que en muchos casos murieron allí, quedando sepultados
para siempre, mientras los partidarios de los golpistas celebraban sobre sus
huesos, las “hazañas” llevadas a cabo durante y después de la contienda y
convirtiendo el lugar en el único complejo en Europa que exalta abiertamente al
fascismo.
Pide el PP, que se deje en paz a los muertos, desde una
perspectiva que sin embargo no contempla los miles de cadáveres del otro bando
que aún yacen debajo de las cunetas y que mantienen, a pesar de haber
transcurrido más de setenta años, a sus familias sumidas en el dolor de no
haber podido nunca recuperar los restos
de sus seres queridos.
Hablan, como si hubiera que olvidar forzosamente uno de los
episodios más vergonzosos de la Historia de España, sin respetar la Ley de Memoria
Histórica que obliga a costear a los Gobiernos todos los gastos de las
exhumaciones y con cierta ironía que delata su
clara preferencia por el bando ganador, en detrimento de todos aquellos
a quienes les fue arrebatada la vida, por defender al Gobierno legalmente
constituido.
Pretenden, una conciliación que no ofrece igualdad de
condiciones entre unos y otros muertos, como si incluso después de haberse
terminado la vida, pudieran mantenerse intactas las diferencias entre clases
que tanto gustan a los señores de la
derecha, para hacer valer sus extraordinarios privilegios y hieren vilmente el
honor, no sólo de aquellos que fueron fusilados simplemente por mantener unos
ideales, sino también el de los que sólo reclaman un poco de comprensión, para
poder enterrar a sus muertos, llorarlos y homenajearlos, sacándolos por fin del
espantoso silencio que les ha rodeado, durante más de medio siglo.
Que el Valle de los Caidos, hace tiempo que debiera haber
desaparecido, todo el mundo lo sabe y lo comprende, pues su significado real,
como monumento a una ideología que azotó Europa de la manera que entonces lo
hizo y que acarreó las consecuencias que desgraciadamente conocemos, mueve a
pensar que en cierto modo, en este País nuestro se sigue apoyando a personajes
de la categoría moral de Hitler o Musolini, a los que sería impensable
homenajear, en cualquier otro lugar del mundo.
Puede que en España se pierdan judicialmente todos los
intentos de cerrar un lugar de tan nefastas connotaciones, pero es de esperar
que en cuanto el caso llegue a los tribunales europeos, la razón se imponga
ante la fuerza bruta de quienes aún se sienten
capaces de defender su supervivencia y que de una vez, se haga justicia
con todos aquellos que nunca tuvieron siquiera la oportunidad de mostrar en
público su dolor, sin ser inmediatamente agredidos y humillados, por los que
desafortunadamente, aún nos gobiernan.
Desterrar los símbolos del fascismo, esas placas instaladas
aún en muchas iglesias de los pueblos de nuestro país, los nombres de las
calles que honran la memoria de los golpistas que intervinieron en la
contienda, ha de ser, necesariamente, una obligación y al igual que se aceptan
las exigencias europeas y los recortes impuestos desde allí, de manera sumisa y
obediente, deben también cumplirse a rajatabla las imposiciones que son comunes
al resto de los países que forman la Comunidad, en los que sería inimaginable,
por pura lógica, exaltar la figura de ninguno de aquellos líderes fascistas.
Sólo Franco, sepultado en su intocable mausoleo marmóreo,
presidido por esa enorme cruz, como símbolo de una religión cuyos principios
jamás apoyarían la férrea Dictadura que mantuvo en este país, durante más de
cuarenta años, permanece intocable en un lugar de honor, que nos recuerda a
diario el terrible sufrimiento infringido sobre todo el que tuvo a bien
discrepar con las teorías de su pensamiento.
Esta incomprensible sentencia, que más que apoyar una posible
reconciliación nacional, insta a la indignación a todos aquellos que nunca
pudieron recuperar siquiera su buen nombre, no puede, sino resultar
esperpéntica a los ojos de los que hoy poblamos esta nación, que nunca será del
todo libre, si no es capaz de ahondar en la verdad de lo ocurrido en su propia
historia.

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