jueves, 2 de marzo de 2017

Una vergüenza nacional


Niega el Supremo la exhumación del cadáver de Franco, que se encuentra en El valle de los caídos, un monumento erigido en los años de la Dictadura como homenaje a sus muertos en la guerra civil, aunque construido por presos republicanos, que en muchos casos murieron allí, quedando sepultados para siempre, mientras los partidarios de los golpistas celebraban sobre sus huesos, las “hazañas” llevadas a cabo durante y después de la contienda y convirtiendo el lugar en el único complejo en Europa que exalta abiertamente al fascismo.
Pide el PP, que se deje en paz a los muertos, desde una perspectiva que sin embargo no contempla los miles de cadáveres del otro bando que aún yacen debajo de las cunetas y que mantienen, a pesar de haber transcurrido más de setenta años, a sus familias sumidas en el dolor de no haber  podido nunca recuperar los restos de sus seres queridos.
Hablan, como si hubiera que olvidar forzosamente uno de los episodios más vergonzosos de la Historia de España, sin respetar la Ley de Memoria Histórica que obliga a costear a los Gobiernos todos los gastos de las exhumaciones y con cierta ironía que delata su  clara preferencia por el bando ganador, en detrimento de todos aquellos a quienes les fue arrebatada la vida, por defender al Gobierno legalmente constituido.
Pretenden, una conciliación que no ofrece igualdad de condiciones entre unos y otros muertos, como si incluso después de haberse terminado la vida, pudieran mantenerse intactas las diferencias entre clases que tanto gustan  a los señores de la derecha, para hacer valer sus extraordinarios privilegios y hieren vilmente el honor, no sólo de aquellos que fueron fusilados simplemente por mantener unos ideales, sino también el de los que sólo reclaman un poco de comprensión, para poder enterrar a sus muertos, llorarlos y homenajearlos, sacándolos por fin del espantoso silencio que les ha rodeado, durante más de medio siglo.
Que el Valle de los Caidos, hace tiempo que debiera haber desaparecido, todo el mundo lo sabe y lo comprende, pues su significado real, como monumento a una ideología que azotó Europa de la manera que entonces lo hizo y que acarreó las consecuencias que desgraciadamente conocemos, mueve a pensar que en cierto modo, en este País nuestro se sigue apoyando a personajes de la categoría moral de Hitler o Musolini, a los que sería impensable homenajear, en cualquier otro lugar del mundo.
Puede que en España se pierdan judicialmente todos los intentos de cerrar un lugar de tan nefastas connotaciones, pero es de esperar que en cuanto el caso llegue a los tribunales europeos, la razón se imponga ante la fuerza bruta de quienes aún se sienten  capaces de defender su supervivencia y que de una vez, se haga justicia con todos aquellos que nunca tuvieron siquiera la oportunidad de mostrar en público su dolor, sin ser inmediatamente agredidos y humillados, por los que desafortunadamente, aún nos gobiernan.
Desterrar los símbolos del fascismo, esas placas instaladas aún en muchas iglesias de los pueblos de nuestro país, los nombres de las calles que honran la memoria de los golpistas que intervinieron en la contienda, ha de ser, necesariamente, una obligación y al igual que se aceptan las exigencias europeas y los recortes impuestos desde allí, de manera sumisa y obediente, deben también cumplirse a rajatabla las imposiciones que son comunes al resto de los países que forman la Comunidad, en los que sería inimaginable, por pura lógica, exaltar la figura de ninguno de aquellos líderes fascistas.
Sólo Franco, sepultado en su intocable mausoleo marmóreo, presidido por esa enorme cruz, como símbolo de una religión cuyos principios jamás apoyarían la férrea Dictadura que mantuvo en este país, durante más de cuarenta años, permanece intocable en un lugar de honor, que nos recuerda a diario el terrible sufrimiento infringido sobre todo el que tuvo a bien discrepar con las teorías de su pensamiento.
Esta incomprensible sentencia, que más que apoyar una posible reconciliación nacional, insta a la indignación a todos aquellos que nunca pudieron recuperar siquiera su buen nombre, no puede, sino resultar esperpéntica a los ojos de los que hoy poblamos esta nación, que nunca será del todo libre, si no es capaz de ahondar en la verdad de lo ocurrido en su propia historia.


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