Con un panorama político tan fragmentado, como el que surgió
después de las últimas elecciones, los acuerdos entre Partidos se hicieron, por
primera vez desde hacía muchos años, imprescindibles y no ha habido nadie que
entendiera el mensaje que lanzaron los españoles de manera más clara, que el
líder de Ciudadanos, Albert Rivera.
Proveniente de la política catalana, en la que no tuvo
demasiada suerte debido a su carácter marcadamente españolista, pero sin llegar
a asumir nunca esta etapa de duros fracasos, dar el salto a la política
nacional, en un momento en el que los casos de corrupción acosaban
peligrosamente al PP, poniendo en grave riesgo la conservación de la mayoría
absoluta lograda en 2011,en el Parlamento, fue para Rivera un extraordinario
golpe de suerte con el que poder hacer realidad su sueño de convertirse en un
personaje de primera línea de fuego y una oportunidad irrepetible para jugar
unas cartas que ha sabido hasta ahora mover con la agilidad de un tahúr,
hábilmente colocado en una mesa en la que resultaba prácticamente imposible que
ninguno de los otros jugadores se hiciera con la partida.
El miedo de los ciudadanos a propiciar un cambio demasiado
drástico, como el que proponía Podemos y la extrema debilidad en que se encontraba
el PSOE, fundamentalmente a causa de unas luchas internas que aún no se han
logrado resolver, terminaron por convertir a Ciudadanos, en una especie de
llave maestra, capaz de abrir las puertas de la gobernabilidad a cualquiera que
pudiera aceptar una serie de acuerdos y de empujar a sus enemigos más directos
a decantarse por la abstención, con tal de evitar que Pablo Iglesias tuviera un
protagonismo político, que ninguna de las Fuerzas más conservadoras deseaba.
De ahí, la firma del acuerdo con los socialistas de Pedro
Sánchez que después se rompió, ante la negativa del PP a refrendar a un
candidato que no le inspiraba confianza y la maniobra inmediatamente posterior,
que terminó con la defenestración del Secretario General socialista y la rendición
incondicional de la Gestora, en la coronación como Presidente de Mariano Rajoy.
La ambición de Rivera, que pareció verse colmada tras aquella
extraña Sesión de investidura y que le trajo una inmerecida fama de líder
conciliador que sus partidarios se encargaron de airear a los cuatro vientos,
como si los encargados de gobernar a partir de entonces el país, fueran a
someterse sin resistencia a todos y cada uno de los puntos rubricados en el
acuerdo, ha sido después, por la contundencia de los hechos acecidos desde
entonces, patéticamente frenada, hasta hacerse evidente que los planteamientos
que llevó en su programa y muy especialmente, aquellos que acordó con los
populares, no sólo nunca serán cumplidos, sino que dejan al descubierto que las
verdaderas intenciones de Rivera y los suyos no eran otras que ocupar puestos
de responsabilidad y que por conservarlos, estarían dispuestos a renunciar, a
sus más elementales principios.
El caso del Presidente de la Comunidad Murciana, Pedro
Antonio Sánchez, y la negativa rotunda del PP a exigir su dimisión, tras haber
sido imputado por la justicia, han vuelto a colocar a Rivera en el punto de
mira de todos los medios, que exigen al líder de Ciudadanos, una inmediata
respuesta que ratifique la autenticidad del pensamiento que siempre dijo
defender y que ahora, parece aparcado en un largo compás de espera que no
termina de aclarar cuál será la postura que adoptará esta Formación, aunque a
día de hoy, la única verdad, es que Sánchez continúa ocupando su puesto.
Las conversaciones entabladas en Murcia con los socialistas,
no parecen, de momento, preludiar un entendimiento entre ambos y mientras van
pasando los días, la única constancia que queda a los electores que confiaron
en Ciudadanos en las últimas elecciones, es la haber sido estrepitosamente
engañados por la imparable verborrea de este atractivo joven, que sin embargo,
carece del suficiente empaque político para mantenerse inflexible en esta
escabrosa cuestión de la corrupción o que al menos, la está tolerando clarísimamente,
en el caso del Presidente de Murcia.
Así que la misma ambición que parecía constituir la principal
virtud de Rivera y que logró sacarle de la mediocridad en que se encontraba en
su Cataluña natal, ofreciéndole un puesto de relevancia en la política
nacional, se vuelve a hora en su contra, encadenándole a unos acuerdos que
quizá nunca debió firmar y esclavizándole a las exigencias tiránicas de un
Partido Popular, al que tal vez subestimó, creyendo en unas posibilidades de
manipulación, que realmente no tenía.
Rivera hará, lo que Mariano Rajoy le ordene y sus palabras,
en este caso sus acuerdos, a los que el viento suele arrastrar borrando para
siempre sus huellas, quedarán, en la memoria de los españoles, como una mera
anécdota que una vez soñó un recién llegado al poder, que sin embargo no
contaba con la astucia, la sagacidad y las malas artes, de los que por un
momento, fingieron ser sus amigos.
Ganar y perder, son, todos lo sabemos, caras de una misma
moneda que lanzada al aire, depende de un instante de suerte.
Si Rivera cede en esta cuestión, su racha, ya se lo anticipo,
habrá terminado definitivamente.

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