Se formaliza el Brexit británico, en un ambiente, todo hay
que decirlo, fundamentalmente agorero y se recurre, por parte de los encargados
de la macro economía a una especie de oráculo que sólo predice la llegada de
tiempos catastróficos en los que todos sufriremos una especie de maléfico
retroceso, como si la permanencia en esta Unión, que funciona de la manera que
todos conocemos, sobre todo si vivimos en los países del Sur, hubiera sido la panacea
sanadora de todos nuestros males, transportándonos a un paraíso de opulencia en
el que todos disfrutáramos de una existencia placentera, enriquecida por un
incomparable estado de serenidad, de derechos sociales y de dignidad, del todo
inmejorables.
Pero los que formamos parte de esta Unión, que sin duda debió
fundarse con un espíritu bien diferente al que después se ha ido aplicando en
la práctica, a lo largo del tiempo, sabemos que vivir en Europa hoy por hoy, no está resultando para millones de
personas nada fácil y que el hartazgo y la indignación que han traído los
vientos de las políticas de austeridad impuestas por esos mandatarios que hoy
se duelen por ser abandonados por uno de sus socios principales, han hecho
crecer una semilla de desesperanza y desolación, en mucha de la gente de las
naciones que apostaron por un modelo de sociedad, que ha llegado a traspasar
con mucho, los límites de la honestidad y la decencia.
Los anuncios catastrofistas que oímos, salidos de la boca de estos expertos economistas, que no
son otros que los que nos han llevado hasta la inestabilidad que padecemos,
son, o al menos parecen, una muestra indefectible del miedo atroz que debe
producir el hecho de que algún país se atreva a tomar una decisión que no
cuadra con lo que tan milimétricamente se había previsto y en realidad, no
ocurra absolutamente nada, por lo que quedaría demostrada la total inutilidad
de haber estado perteneciendo durante años a una Comunidad, tiránica y mal tratadora, con la ciudadanía
en general y muy particularmente, con las clases más desfavorecidas.
Este órdago que tanto molesta a los dirigentes europeos y por
supuesto a nuestro Presidente Rajoy, que no ha hecho otra cosa desde que tuvo
acceso al poder, que obedecer sumisamente los mandatos que le venían exigidos
desde otras más altas esferas, es sin embargo, un baremo que nos va a permitir
a todos valorar lo que pueda suceder en el futuro venidero y si merece la pena
o no, continuar anclados a las gruesas cadenas que representan, al menos para
los países del sur, los acuerdos con la Unión o se pueden intentar, como han
hecho los británicos, otras vías por las que acometer la Historia que vendrá,
cambiando radicalmente la manera de hacer política.
Por supuesto que el Gigante europeo tiene ahora un grave
motivo real para la preocupación y claro que no puede permitirse otra cosa que
desear para los británicos un fracaso absoluto tras el Brexit, o todos los
argumentos sobre la necesidad perentoria
de la hipotética unidad, como única forma de subsistencia, se vendrán abajo,
arrastrando con su paso torrencial, las bases sobre las que se asienta su
pensamiento.
El pueblo y en general, los trabajadores, que hemos visto
considerablemente mermados nuestros derechos sociales y nuestro panorama
laboral, en los últimos tiempos, queremos, al contrario, que a los británicos
les vaya muy bien y que ni ellos nos echen en falta, ni nosotros tengamos por
qué echarles en falta a ellos. Que salgan adelante y que sienten un precedente
que obligue a reconsiderar seriamente la mentalidad que mueve a los que dirigen
los destinos de Europa y por ende, los nuestros, hasta el punto de que al
menos, por una vez en sus vidas, comprueben en carne propia lo que significa
que empiecen a tambalearse los cimientos sobre los que habían asentado sus
vidas, como nos ha pasado ya a nosotros, sin que haya tenido para ellos la
menor importancia y sin que nuestro sufrimiento les haya movido a la clemencia.
Por desgracia, los mecanismos del poder son inexorables y
poseer sin límites los medios adecuados para poder manejar las situaciones más
adversas que puedan presentarse en el futuro, conceden a los fuertes una
clarísima ventaja sobre los ciudadanos de a pie, a los que sólo queda la
ilusión de esperar que alguna vez les sonría la suerte.
Así que despedir al Imperio, resulta ser para nosotros,
curiosamente, un foco de esperanza y no podemos, mientras les decimos adiós,
más que sentir secretamente un poco de envidia por su liberación y un deseo
ciertamente confesable de que todo les vaya bien, por si alguna vez, nos
atreviéramos también a seguir su ejemplo.

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