miércoles, 29 de marzo de 2017

Adiós al Imperio, adiós


Se formaliza el Brexit británico, en un ambiente, todo hay que decirlo, fundamentalmente agorero y se recurre, por parte de los encargados de la macro economía a una especie de oráculo que sólo predice la llegada de tiempos catastróficos en los que todos sufriremos una especie de maléfico retroceso, como si la permanencia en esta Unión, que funciona de la manera que todos conocemos, sobre todo si vivimos en los países del Sur, hubiera sido la panacea sanadora de todos nuestros males, transportándonos a un paraíso de opulencia en el que todos disfrutáramos de una existencia placentera, enriquecida por un incomparable estado de serenidad, de derechos sociales y de dignidad, del todo inmejorables.
Pero los que formamos parte de esta Unión, que sin duda debió fundarse con un espíritu bien diferente al que después se ha ido aplicando en la práctica, a lo largo del tiempo, sabemos que vivir en Europa hoy  por hoy, no está resultando para millones de personas nada fácil y que el hartazgo y la indignación que han traído los vientos de las políticas de austeridad impuestas por esos mandatarios que hoy se duelen por ser abandonados por uno de sus socios principales, han hecho crecer una semilla de desesperanza y desolación, en mucha de la gente de las naciones que apostaron por un modelo de sociedad, que ha llegado a traspasar con mucho, los límites de la honestidad y la decencia.
Los anuncios catastrofistas que oímos, salidos de la  boca de estos expertos economistas, que no son otros que los que nos han llevado hasta la inestabilidad que padecemos, son, o al menos parecen, una muestra indefectible del miedo atroz que debe producir el hecho de que algún país se atreva a tomar una decisión que no cuadra con lo que tan milimétricamente se había previsto y en realidad, no ocurra absolutamente nada, por lo que quedaría demostrada la total inutilidad de haber estado perteneciendo durante años a una Comunidad,  tiránica y mal tratadora, con la ciudadanía en general y muy particularmente, con las clases más desfavorecidas.
Este órdago que tanto molesta a los dirigentes europeos y por supuesto a nuestro Presidente Rajoy, que no ha hecho otra cosa desde que tuvo acceso al poder, que obedecer sumisamente los mandatos que le venían exigidos desde otras más altas esferas, es sin embargo, un baremo que nos va a permitir a todos valorar lo que pueda suceder en el futuro venidero y si merece la pena o no, continuar anclados a las gruesas cadenas que representan, al menos para los países del sur, los acuerdos con la Unión o se pueden intentar, como han hecho los británicos, otras vías por las que acometer la Historia que vendrá, cambiando radicalmente la manera de hacer política.
Por supuesto que el Gigante europeo tiene ahora un grave motivo real para la preocupación y claro que no puede permitirse otra cosa que desear para los británicos un fracaso absoluto tras el Brexit, o todos los argumentos  sobre la necesidad perentoria de la hipotética unidad, como única forma de subsistencia, se vendrán abajo, arrastrando con su paso torrencial, las bases sobre las que se asienta su pensamiento.
El pueblo y en general, los trabajadores, que hemos visto considerablemente mermados nuestros derechos sociales y nuestro panorama laboral, en los últimos tiempos, queremos, al contrario, que a los británicos les vaya muy bien y que ni ellos nos echen en falta, ni nosotros tengamos por qué echarles en falta a ellos. Que salgan adelante y que sienten un precedente que obligue a reconsiderar seriamente la mentalidad que mueve a los que dirigen los destinos de Europa y por ende, los nuestros, hasta el punto de que al menos, por una vez en sus vidas, comprueben en carne propia lo que significa que empiecen a tambalearse los cimientos sobre los que habían asentado sus vidas, como nos ha pasado ya a nosotros, sin que haya tenido para ellos la menor importancia y sin que nuestro sufrimiento les haya movido a la clemencia.
Por desgracia, los mecanismos del poder son inexorables y poseer sin límites los medios adecuados para poder manejar las situaciones más adversas que puedan presentarse en el futuro, conceden a los fuertes una clarísima ventaja sobre los ciudadanos de a pie, a los que sólo queda la ilusión de esperar que alguna vez les sonría la suerte.
Así que despedir al Imperio, resulta ser para nosotros, curiosamente, un foco de esperanza y no podemos, mientras les decimos adiós, más que sentir secretamente un poco de envidia por su liberación y un deseo ciertamente confesable de que todo les vaya bien, por si alguna vez, nos atreviéramos también a seguir su ejemplo.


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