Jamás hubo nadie más valiente que las mujeres que empezaron
este camino que aún no hemos terminado de recorrer, intentando demostrar que
las diferencias entre géneros que se presuponían por tradición, resultaban
totalmente ficticias, generando que por primera vez, esas figuras invisibles
principalmente encargadas del cuidado de los hogares y los hijos y explotadas
sexual y psicológicamente hasta la extenuación, por una casta de hombres que hasta entonces se había considerado
superior, vislumbraran en su interior una luz que abría ante sus ojos una
mínima posibilidad de reivindicar que eran dueñas de la misma inteligencia y
valores que se adjudicaba exclusivamente al otro sexo y que por tanto debían
ser tratadas por igual, prescindiendo de estereotipos que por sistema, la
sociedad aceptaba dócilmente.
Tildadas de locas y martirizadas por un machismo enraizado de
manera corporativista, cuyo único deseo era el de mantener la tiránica
hegemonía que alimentaba sus incontables privilegios, sentaron, sin embargo, un
valioso precedente, pues su pensamiento fue ganando adeptas a lo largo y ancho
de todo el mundo, despertando las conciencias que durante siglos habían
permanecido ancladas a una cadena de resignación, que las ataba en cuerpo y
alma a la voluntad, de los que hasta entonces habían sido sus dueños.
Su lucha y la de las que las siguieron en las décadas
posteriores y el aprovechamiento de las pocas posibilidades de acceso a la
educación que les permitían las limitaciones de la época, fructificaron torrencialmente,
abriendo innumerables vías de acción por las que irse colando paulatinamente en
un mundo pensado para los hombres y demostrando que una vez entendido el
mensaje en su totalidad, nunca habría vuelta atrás en la intención de ir
ganando derechos y que la rendición ni siquiera se contemplaba en ningún
momento.
Gracias a ellas, hemos llegado hasta aquí y hoy, que paramos
simbólicamente durante media hora en todo el mundo, para reafirmarnos en la batalla,
hasta que la igualdad sea un hecho,
lloramos a las cayeron a manos de una violencia machista que continúa presente
entre nosotros, sin permitirnos avanzar, como si el tiempo se hubiera detenido
y ese afán de posesión que caracterizara a los hombres del pasado, se hubiera
convertido en demasiados casos, en una carga genética que contradice la
modernidad del momento, sin dejar evolucionar libre de cargas a una humanidad,
en la que han de convivir ambos géneros.
Ninguna lucha ha durado jamás tanto tiempo, ni ha dejado tal
rastro de intolerancia tras de sí, como ésta que mueve a las mujeres de la
tierra a no dejarse vencer por el desaliento.
Por todas ellas, por todas nosotras, que hoy hablamos un mismo
idioma universal, que sentimos dentro el orgullo de ser mujeres y que
procuramos desde la tolerancia, que el mundo sea mejor para todas y todos los
que lo compartimos, el mejor homenaje ha de ser necesariamente, buscar la
unidad, apoyar esta causa que no reclama más que justicia igualando los géneros
y no ceder a la debilidad.
En el corazón de las mujeres de hoy, no puede haber sitio
para el miedo.

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