Ofrece Gregorio Serrano una serie de incoherentes
explicaciones, sobre su relación con el piso que se reformaba en un Cuartel de
la Guardia Civil y lo hace siendo consciente de que por culpa del escándalo que
ha levantado la prensa ya no podrá ocuparlo jamás y culpando directamente al
Cuerpo de todo lo ocurrido, a pesar de que existen facturas sobre las obras en
marcha, en las que aparece su nombre y no el de cualquiera de los mandos a los
que achaca un incomprensible error, que según él, le deja fuera de toda sospecha.
Se sienta Serrano delante de los medios visiblemente
contrariado y empleando un tono de intolerable “compadreo”, que tal vez le haya
funcionado muy bien durante su estancia en el Ayuntamiento de Sevilla, pero que
sobra cuando lo que se trata es un asunto de la gravedad del que nos ocupa y
que además, implica directa o indirectamente a todo un Ministro del Interior,
que fue el que le trajo consigo, como hombre de entera confianza.
Se habla y mucho, en Madrid, de que la cuestión ha sentado
espantosamente mal al Presidente Rajoy, que no brilla precisamente por
evidenciar ante la gente sus sentimientos, pero que debe estar bastante harto
de que un día sí y otro también, le surjan casos de dudosa legalidad
protagonizados por cargos de su propio Partido y que le deben tener en vilo, al
no saber qué consecuencias podrían acarrearle, sobre todo ahora que se
encuentra en minoría, en el Parlamento.
Un poco gafe al elegir de quienes se rodea sí que parece el gallego,
pues de todas aquellas amistades que desde que llegara al poder parecía tener,
le quedan pocas y las nuevas adquisiciones, por las que suele responder hasta
que no puede aguantar más, se le van desmandando por derroteros poco deseables
para el futuro de su Formación, hasta el punto de que seguramente, habrá de
vivir en un ambiente de permanente sospecha, que necesariamente, mermará sus
capacidades para gobernar, pues tendrá los cinco sentidos puestos en una labor
de espionaje continuo, que cansaría a cualquiera.
Sus enemigos políticos, que tontos no son y que han encontrado
un inagotable filón en estas irregularidades que cometen a diario los
conservadores, aprovechan naturalmente la situación para exigir comparecencias de altos cargos en el Parlamento,
a excepción, por supuesto, de Ciudadanos, que nada entre dos aguas, sin
terminar de decidir si le importa más su aproximación al poder o aquellos
principios que plasmaron en su programa electoral y que no están cumpliendo en
absoluto, cuando se trata de casos como el que atañe al Presidente de Murcia,
por ejemplo.
De momento, parece que se ha conseguido que Serrano no ocupe
la vivienda de la casa Cuartel, que por cierto ha debido quedar de dulce para
el que tenga la suerte de que le toque cuando le llegue su turno en la larga
lista de espera y a base de batallar, al menos, se ha evitado un terrible agravio
comparativo, aunque hayamos tenido que enterarnos del escándalo, otra vez, por la prensa.
En fin, lo que deseamos los ciudadanos es que el morrocotudo enfado de Rajoy sea, por
favor, la gota que colme el vaso de su inagotable paciencia y que se atreva a
dar, de una vez, un puñetazo sobre la mesa, exigiendo una limpieza en
profundidad entre las filas de su Partido, pues pareciera que se nutre de toda
una cohorte de facinerosos a los que no hay por dónde coger y que por alguna
extraña razón decidieron un día, de manera grupal, afiliarse a un PP, cuya
imagen está siendo ostentosamente dañada, por la crudeza de toda esta suerte de
tragedias.
Un poco de valor, Mariano.

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