Debo empezar pidiendo perdón a mis lectores por estos días de impredecible abandono, pero a veces las cosas se tuercen dando a las buenas intenciones un giro inesperado que evita que sigan el camino que nos marcamos haciéndonos ir por otro diametralmente opuesto.
Como comenté, marché hacia tierras del norte llevando este ordenador en el que escribo, pensando en dedicar un rato para contar las impresiones de los lugares que visitara pero evidentemente para alcanzar esta meta hubiera necesitado tener a mi alcance una buena conexión a Internet ya que resulta imprescindible en este medio en el que nos movemos. No ha sido así y por tanto, estos últimos días he podido comprobar que la tecnología no está tan al alcance de la mano como en principio podía pensarse aunque a decir verdad, enseguida me conformé con la imposibilidad de escribir y no ha resultado tan malo dedicarse al descanso y a la mera vida contemplativa sin otra preocupación que la de decidir qué visitar cada mañana.
He estado, eso sí, pendiente de las noticias e incluso confesaré que a ratos ardía en deseos de comunicar mis pensamientos, pero una cosa es querer y otra bien distinta poder, como todos sabemos.
Destacaré sin embargo de entre todas las cosas que han pasado en este tiempo, los incidentes en la frontera de Melilla y la liberación de los cooperantes secuestrados. Por lo demás, más de lo mismo, unos contra otros y el paro en aumento.
Quede mi hipotético cuaderno de viaje resumido en varias cosas asombrosas con las que me he topado en los caminos: la maravillosa ciudad de Lugo, con sus callejones encantadores y sus gentes abiertas a quienes los invadimos, los verdes paisajes que confluyen entre sus ríos, la majestuosidad de sus campos repletos de toda una multitud de peregrinos en marcha hacia Santiago, la impresionante belleza del monasterio de Samos a pesar de la verborrea politizada del fraile que lo enseña y que explica la desamortización de Mendizábal encontrando una muy intencionada similitud con la crisis actual; la serenidad verdiazul de la playa de las Catedrales y los imaginarios secretos guardados en sus cuevas sólo visitables durante la bajamar en un maravilloso paseo entre arenas blancas.
Impresionante también la restauración de la Catedral de León, para mí sin duda la más bella, que entre los turistas que ocupan la plaza, te da la impresión de estarla viendo por primera vez, como si fuera el día de su estreno, con su gótico detallista y sus luminosas vidrieras multicolor salpicando la piedra de alegres tonalidades indescriptibles. Delicioso también callejear por el barrio húmedo ( a pesar del calor sofocante de estos días) y el siempre sorprendente encuentro con la obra de Gaudí que emerge desde el modernismo en un curioso anacronismo llamativo y precioso.
Y sobre todo, haber formado parte de estos entornos aunque haya sido únicamente de manera efímera y poder guardar el tesoro de un buen recuerdo, de la buena compañía y de la riqueza de un país últimamente tan castigado por los malos tiempos.
Ahora toca volver y retomar los senderos de lo cotidiano, fijar la mirada en cosas nuevas, hacer otra vez de traductor de situaciones que nos son comunes, abrir la ventana que cerré hace poco tiempo, aunque por la intensidad con que he vivido, haya parecido toda una eternidad.

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