Por una suerte de catastróficas desdichas, los dictadores suelen ser longevos y orgullosos. Estas poscaracterísticas son muy nocivas para quienes padecen su sistema de gobierno porque aún siendo muy ancianos, conservan una altanería que demuestra un nulo arrepentimiento por sus actos.
Lo vivimos de primera mano con Franco que, casi en el final de su vida, mantuvo firme el pulso para firmar cinco sentencias de muerte que dejaron bien claro que aún detentaba el `poder. Lo vimos en Pinochet, que abandonó la silla de ruedas en la bajada del avión a su llegada a Chile después de pasar un tiempo desasosegado en una reclusión forzosa en Londres y ayer volvimos a verlo en Vileda que ,a sus ochenta y cuatro años, sacó redaños para abandonar la sala de su juicio al percibir que el juez Garzón se encontraba en ella.
En este último caso y también en los dos anteriores, las leyes de punto final mantuvieron salvaguardado el falso honor de los opresores en un intento a la desesperada de evitar conflictos sangrientos entre sus partidarios y los represaliados y sólo la valentía de algunos jueces al incoar causas contra sus crímenes ayudó a las familias a no tener que padecer un injusto silencio por más tiempo.
No son de extrañar los abucheos que Baltasar Garzón hubo de soportar ayer en Argentina a pesar de las consignas que aclamaban por igual a Franco, falangistas y la Eta demostrando un desconocimiento perogrullo de qué sitio ha ocupado cada cuál en nuestra historia.
Antes, el juez había asistido a un acto de apoyo a la candidatura de las abuelas de Plaza de Mayo al Nóbel de la Paz siendo recibido en esta ocasión, entre aclamaciones de quienes le agradecen haber buscado un hilo conductor en el esclarecimiento de lo que pasó con sus hijos y nietos desaparecidos.
Nos ha quedado claro quienes se han ocupado en nuestro país en defenestrar al magistrado y qué clase de ideología profesan siendo fácil establecer una conexión entre los abucheadores argentinos y los que aquí que ahora aún tratan de enterrar las vergüenzas de los crímenes cometidos en una posguerra de cuarenta años.
Argentina tiene al menos la suerte de poder ver al dictador en el banquillo sometido al juicio que el negara a sus víctimas y ser testigo de la condena que habrá de cumplir en la que, probablemente, será su última morada.
Algunos españoles miran con cierta envidia al país amigo en un anhelo mudo de poder algún día aclarar las historias de sus antecesores asumiendo incluso que nunca se juzgará a los culpables ni tendrán un resarcimiento moral por las injusticias que los suyos padecieron.
El poco apoyo de parte de la judicatura que ha recibido Garzón hará imposible una investigación exhaustiva de las desapariciones y muertes en la dictadura franquista, como si un destino aciago ya estuviera escrito para los que perdimos la guerra civil.

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