domingo, 8 de agosto de 2010

La voz de la conciencia

Inequívocamente, los de mi generación nacimos con un exagerado sentido del deber adosado a la espalda. Los que nos antecedieron habían chocado con el muro de una guerra civil que rompió la monotonía de su existencia cambiando a quemarropa su concepción de lo importante y dada su crueldad, sumiéndolos, a su término, en una especie de conformismo impuesto que acabó con cualquier esperanza de felicidad.
Tal vez por eso nuestra infancia, en general, fue gris y pobre de sensaciones que augurasen la posibilidad de un futuro mejor. Las carencias físicas e intelectuales que sobrevolaron sobre nosotros durante tanto tiempo obligaron a nuestros ojos a la contemplación de una oscuridad en nuestros progenitores de la que nunca hemos sido capaces de deshacernos y la privación forzosa de cualquier resquicio de libertad o conocimiento, más allá de la doctrina de los vencedores, sembró en nuestro interior un deseo fehaciente de poder algún día, ofrecer a nuestros hijos un entorno abierto en el que poder cumplir cualquiera de sus sueños.
Sin duda, nuestro momento histórico nos ha condicionado hasta tal punto, que el protagonismo individual al que teníamos derecho, en la mayoría de los casos, se ha visto eclipsado por una suerte de sacrificio incruento que nos ha conducido a una absoluta abnegación en el puntual cumplimiento de nuestras responsabilidades con nuestros padres y nuestros hijos.
Creo que no podíamos en conciencia, negar a los primeros la oportunidad de endulzar los últimos años de su vida guiándoles hasta un camino de luz que se les negó sistemáticamente durante los años de la dictadura y tampoco consentir que aquellos a quienes habíamos engendrado intuyeran siquiera un mínimo riesgo de que unas circunstancias tan adversas pudieran llegar a repetirse.
Hemos, sin afán de presunción, dedicado la vida a los unos y los otros obviando conscientemente la importancia de la nuestra y en cierto modo, añorando lo que hubiera sido de nosotros de ser capaces de hacer a un lado nuestro sentido del deber.
Nunca en este país ha existido una generación como la nuestra y dado el individualismo que se percibe en el entorno actual, resulta lógico poner en tela de juicio que sea viable que el fenómeno vuelva a repetirse.
Afortunadamente, las circunstancias que acontecieron en el momento de nuestro nacimiento quedan sólo vigentes en las páginas de los libros de historia e incluso se da la circunstancia de que al hacer alusión a éllas, a nosotros mismos nos parece que ha pasado una eternidad y que no interesan a nadie. En la mayor parte de los casos, hemos perdido a los que nos antecedieron y nuestros jóvenes hijos han contado con la inestimable suerte de heredar una nación infinitamente más libre y exenta de carencias.
Aunque este cumplimiento riguroso del deber nos ha arrastrado a situaciones individuales no siempre gratas, hay que reconocer que casi siempre puede más el orgullo que la necesidad de gloria y mirar hacia el futuro con la paz que reporta ser rigurosos con la obligación genera un estado emocional altamente satisfactorio.
No sé si alguien, alguna vez, reconocerá públicamente nuestra contribución al estado de bienestar, pero es indiscutible que el trato humano con el que hemos afrontado la vida ha dado frutos innegables a la sociedad reportando una buena vejez a los que nos concibieron y un campo abierto de posibilidades infinitas a los hijos que decidimos tener.
No es fácil vivir para los demás y mucho menos, reconocer que los demás han dado su vida por uno, pero quisiera dejar constancia aquí de la impresionante labor que hemos llevado a cabo los que nacimos con el papel de cuidadores asignado como una parte más de una realidad sin demasiadas perspectivas.
Lo asumimos y protagonizamos hasta con alegría, como si se tratara de algo inherente a nuestra condición, aunque hayamos dejado tantas cosas atrás en el camino…





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