Afortunadamente, el hombre conserva aún su capacidad de asombro y a veces se dan hechos que parecen sobrevenidos de la sobrenaturalidad para suavizar los continuos horrores con que transcurre la existencia.
Como salidos de la misma muerte, un grupo de mineros chilenos consigue a duras penas sobrevivir a más de setecientos metros de profundidad tras un accidente común en su profesión y al que muy pocos ganan la batalla.
Este milagro laico que saltaba a todos los medios de comunicación hace unos días, ha logrado sin duda emocionar al mundo entero, como si se tratara de un truculento guión cinematográfico, alimentando la esperanza de que la vida es posible incluso en las más adversas circunstancias.
Un presidente chileno que apenas podía articular palabra, mostraba a las cámaras de televisión un mensaje escrito en un pequeño trozo de papel que no era otra cosa más que la prueba evidente de que en la inmensa negrura de la mina nadie se daba por vencido y se seguía alimentando la esperanza de volver a ver la luz.
Parece mentira que la mano del hombre, que tantos episodios negros lidera, sea capaz al mismo tiempo de apostar denodadamente por el salvamento de unos cuantos de sus semejantes cuando lo necesitan con urgencia.
Dicen que el rescate será largo y costoso, calculan unos cuatro meses, pero todo apunta a que será un éxito seguro si las vías de comunicación siguen manteniéndose y las enfermedades respetan a los sepultados en tan largo cautiverio.
Y aunque un episodio de tal índole debe marcar para el resto de la vida, la aventura del riesgo que conlleva, el esfuerzo de quienes lo protagonizan –tanto arriba, como en la oscuridad- es un símbolo indiscutible del espíritu solidario de la condición humana y de cómo recónditos sentimientos de bondad pueden a veces aflorar a la superficie sin causar rubor a nadie.
Será seguramente difícil para este grupo de hombres reincorporarse al mundo de la luz tras tantos meses de pura tiniebla, readaptarse a respirar el aire contaminado de la ciudad en la cantidad que cada cual precise e incluso retomar la movilidad en espacios abiertos cuando abandonen el habitáculo en que habrán de desenvolverse en el futuro más próximo, pero es posible que el agradecimiento a la preocupación de toda la sociedad por su suerte permanezca en su recuerdo el resto de sus vidas eclipsando en cierta medida el horror de su peor momento.
Y cuando por fin emerjan de las entrañas de la tierra, probablemente se haya fortalecido la opinión que tuvieran sobre sus semejantes que habrán demostrado sobradamente que todavía merece la pena confiar en la bondad de los hombres.
Como salidos de la misma muerte, un grupo de mineros chilenos consigue a duras penas sobrevivir a más de setecientos metros de profundidad tras un accidente común en su profesión y al que muy pocos ganan la batalla.
Este milagro laico que saltaba a todos los medios de comunicación hace unos días, ha logrado sin duda emocionar al mundo entero, como si se tratara de un truculento guión cinematográfico, alimentando la esperanza de que la vida es posible incluso en las más adversas circunstancias.
Un presidente chileno que apenas podía articular palabra, mostraba a las cámaras de televisión un mensaje escrito en un pequeño trozo de papel que no era otra cosa más que la prueba evidente de que en la inmensa negrura de la mina nadie se daba por vencido y se seguía alimentando la esperanza de volver a ver la luz.
Parece mentira que la mano del hombre, que tantos episodios negros lidera, sea capaz al mismo tiempo de apostar denodadamente por el salvamento de unos cuantos de sus semejantes cuando lo necesitan con urgencia.
Dicen que el rescate será largo y costoso, calculan unos cuatro meses, pero todo apunta a que será un éxito seguro si las vías de comunicación siguen manteniéndose y las enfermedades respetan a los sepultados en tan largo cautiverio.
Y aunque un episodio de tal índole debe marcar para el resto de la vida, la aventura del riesgo que conlleva, el esfuerzo de quienes lo protagonizan –tanto arriba, como en la oscuridad- es un símbolo indiscutible del espíritu solidario de la condición humana y de cómo recónditos sentimientos de bondad pueden a veces aflorar a la superficie sin causar rubor a nadie.
Será seguramente difícil para este grupo de hombres reincorporarse al mundo de la luz tras tantos meses de pura tiniebla, readaptarse a respirar el aire contaminado de la ciudad en la cantidad que cada cual precise e incluso retomar la movilidad en espacios abiertos cuando abandonen el habitáculo en que habrán de desenvolverse en el futuro más próximo, pero es posible que el agradecimiento a la preocupación de toda la sociedad por su suerte permanezca en su recuerdo el resto de sus vidas eclipsando en cierta medida el horror de su peor momento.
Y cuando por fin emerjan de las entrañas de la tierra, probablemente se haya fortalecido la opinión que tuvieran sobre sus semejantes que habrán demostrado sobradamente que todavía merece la pena confiar en la bondad de los hombres.

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