jueves, 5 de agosto de 2010

Millionaires Club




Un grupo de potentados americanos encabezados por Bill Gates acaban de sorprendernos en medio de la crisis anunciando que destinarán la mitad de sus escandalosas fortunas a causas filantrópicas.
Para nosotros, pobres mortales de sueldecito mensual sería imposible calcular a cuánto podría ascender la suma que estamos manejando, pero probablemente sería suficiente para paliar la hambruna que padece una gran parte de la humanidad.
No aclara muy bien la nota de prensa en qué momento se producirá semejante acontecimiento ni si los miembros de tan curioso Club han pensado en una donación al unísono o si se tratará de acciones individuales a lo largo del tiempo decidiendo cada uno cuándo, cómo y dónde colocará su dinero y a qué irá destinado.
El pobre, por naturaleza, desconfía de estos actos altruistas sobre todo si provienen de quienes manejan el capital al más alto nivel, acostumbrados como estamos, al sufrimiento de sus negociaciones a la baja y de los masivos despidos que se producen en sus empresas.
Tampoco se sabe quién se encargará de administrar o distribuir los fondos ni a qué fines irán destinados pero seguramente, a una gran parte de los banqueros del mundo les encantaría encargarse de tan magnánima obra y de paso, negociar un poco antes de ubicar el efectivo allá donde se necesite verdaderamente.
Es de esperar que a partir de ahora, las listas de menesterosos aflorarán a la superficie de forma masiva y que cualquier proyecto de poca monta reclamará protagonismo para llegar a conseguir su parte en el reparto por lo que habrá que vigilar severamente quienes los promueven y las intenciones que traen a la pugna, porque el hombre es proclive a la avaricia y no le duelen prendas al utilizar las desgracias de sus semejantes si las miras son el enriquecimiento propio.
Incluso puede que el proyecto tenga mucho que ver con una forma de evadir impuestos y que los millonarios del Club, un poco contrariados por tener que contribuir a las arcas del Estado, hayan encontrado un atajo por el que aumentar su felicidad haciendo burla a las leyes del erario público mientras lavan su imagen globalizadota con un poco de misericordia.
Se me perdonará esta razonable desconfianza, que no tiene otro origen más que el de la experiencia acumulada durante los años vividos y la observación silenciosa del comportamiento de los poderosos en el tiempo en que hemos coincidido en este loco mundo.
Esta caridad filantrópica suele tener una segunda parte, una letra minúscula que escapa al ojo del que de buena fe, espera solucionar un problema con una ayuda que le parece mágica. Pero las prestaciones suelen pedir una correspondencia a quienes las reciben y en este caso, la ideología de los miembros de este Club no brilla precisamente por su afinidad con los que preconizan un reparto equitativo de la riqueza.
Así que aguardaremos con reservas a que la iniciativa se ponga en marcha deseando habernos equivocado en nuestras sospechas y rogando que el traspaso de bienes se realice sin trampa ni cartón.
A lo mejor se le ha aparecido a Bill Gates el espectro de Carlos Marx y lo ha poseído transformándolo en proletario concienciado con el grueso de su doctrina.

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