martes, 31 de agosto de 2010

Arenas calientes




España siempre estará en deuda con el pueblo saharaui. Por la clase de relación que mantuvimos con su territorio durante muchos años y sobre todo, por la forma en que lo abandonamos cuando nos marchamos de allí.
Pero para Marruecos, el del Sahara es sólo uno más de los litigios soterrados que mantiene contra nuestro país en una interminable lista de reivindicaciones territoriales que, de vez en cuando, hieren un poco las relaciones de alianza que se mantienen de cara a la galería porque no queda más remedio que guardar determinadas apariencias.
Nadie pone en duda la buena intención de las asociaciones de amigos del pueblo saharaui que ayudan a reclamar una autodeterminación para esta zona de arenas calientes, pero la ingenuidad de viajar hasta el Aaiún pretendiendo manifestarlo abiertamente ocupando las calles de la ciudad con pancartas alusivas a este hecho, acarrea una peligrosidad evidente que los cooperantes debieran conocer y asumir.
El recuerdo cercano de nuestra propia dictadura seguramente dictaría con claridad meridiana los acontecimientos que podrían esperar en Marruecos a quienes, siendo extranjeros, contradijeran por una u otra razón los designios de su gobierno y como hasta hace poco aquí, la presencia de una policía secreta directamente relacionada con la represión, sería con toda seguridad esperable en cualquier suceso que rompiera la “normalidad” de su vida cotidiana.
A menudo cometemos el error de creer que la democracia se haya instalada en todas partes y pecamos de enarbolar nuestra libertad de expresión donde quiera que vayamos como si dicha libertad se encontrara establecida por decreto en cualquier territorio que pisamos en un ejercicio de desmemoria, que incluso nos desliga de nuestra historia más cercana y de lo difícil que resultó ganarla tras casi cincuenta años de silencio y ostracismo.
No se puede negociar al mismo nivel con aquellos que hacen de la dictadura una forma de gobierno, es más, seguramente no entra dentro del código ético que debiera mover a los hombres, ni siquiera entablar relaciones comerciales con quienes pisotean a diario los derechos humanos de nuestros semejantes, pero ya que se hace, ya que se pasa por alto la primera exigencia que cualquier nación debería cumplir para desenvolverse en el ámbito de las relaciones internacionales, al menos habría que tomar las precauciones necesarias para que hechos como los acontecidos recientemente en El Aaiún con los activistas españoles no volvieran a repetirse.
Se dirá que no debe abandonarse al pueblo saharaui a su suerte y esto sería verdad si el abandono no se hubiera producido ya hace más de treinta años.
Por otra parte, debieran ser los ciudadanos de Marruecos los que apostaran por un cambio político en su país, sobre todo para despegar de la terrible situación de miseria y analfabetismo que sufre el grueso de su población mientras los de arriba gozan de niveles escandalosos de bienestar y riqueza, pero en última instancia, nuestro gobierno no debiera tolerar situaciones dañosas para nuestros compatriotas en aras de una diplomacia mal entendida que en nada contribuye para mejorar las relaciones ni para establecer lazos amistosos tan frágiles como los ya existentes.
Quizá una llamada al orden a tiempo aclarara a los representantes de Marruecos que la razón de la fuerza no abre puertas indefinidamente sino que es la fuerza de la razón la que al hacer a los individuos más libres, los catapulta lejos de la ignorancia y la oscuridad haciéndolos mucho más felices pisen la cantidad de tierra que pisen.


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