Andan los viajeros con las carnes abiertas esperando que la élite preclara que forman los controladores aéreos decida si va o no a la huelga en este Agosto bochornoso de clima y ámbito político.
Desde que el ministro Blanco decidiera desvelar la verdad sobre sus honorarios están revoloteando como moscas alrededor de un pastel que no se sabe bien qué lleva dentro, pero que se antoja envenenado para los pobres curritos que se disponen a disfrutar de unas merecidas vacaciones después de un año de duro trabajo.
Hay que hablar de éllos no ya porque el paro anunciado sea noticia, sino por la desfachatez que conlleva reclamar subidas salariales desde la opulencia, afrentando al resto de la población laboral que se ha comido una pérdida de su triste poder adquisitivo incluso entendiendo con resignación que de algún modo hay que salir de la crisis y que está claro que no la pagará quien la provocó, sino aquellos con nómina impresa en la estricta legalidad del ministerio de hacienda.
Ya se sabe que este recorte también ha afectado a los controladores, pero no es lo mismo recortar de doce mil euros anuales que de trescientos mil y si no me creen, miren la cartilla de ahorros de unos y otros, verán como comprueban in situ que las cifras difieren considerablemente.
Por supuesto que está sujeto a derecho que cualquier colectivo ejerza su potestad de convocar una huelga, pero algo llamado pundonor debe ser suficiente para frenar los anhelos reivindicativos de quien es posesor de privilegios nunca soñados por los demás colectivos en toda la historia sindical que se recuerda hasta la fecha.
Pero quien está acostumbrado a ganar sin esfuerzo, se niega sistemáticamente a ceder ni siquiera una pequeña parcela de su riqueza y le da igual el sufrimiento ajeno y las privaciones de sus conciudadanos que se ven obligados a mendigar ridículos subsidios para poder malvivir.
Sin embargo, alguien con una postura tan egocéntrica, no puede pretender despertar simpatía en el grueso de una población que contempla atónita el grueso de las cifras que estos señores manejan preguntándose a cuántas huelgas tendrían que acudir para situarse en un nivel ligeramente parecido al suyo.
Es triste tener que llamar la atención a quienes por motivación propia debieran ser más solidarios con su entorno real y sobre todo, es inaceptable ceder al chantaje emocional de este gremio que hasta ahora no ha hecho otra cosa más que aprovecharse de una patronal que cada verano veía reducirse su nivel de ingresos en las fechas críticas en que los españoles solemos salir de vacaciones.
Si tanto tiran de la cuerda los empresarios en otras negociaciones, no se entiende por qué ceden en la más injusta de todas sin ni siquiera aparecer en los medios de comunicación explicando su posición en el conflicto. Y aún cederán en las pretensiones de esta gente, aunque luego supliquen al gobierno ayuda monetaria porque el sector caiga en pérdidas millonarias, como cada año.
Desde que el ministro Blanco decidiera desvelar la verdad sobre sus honorarios están revoloteando como moscas alrededor de un pastel que no se sabe bien qué lleva dentro, pero que se antoja envenenado para los pobres curritos que se disponen a disfrutar de unas merecidas vacaciones después de un año de duro trabajo.
Hay que hablar de éllos no ya porque el paro anunciado sea noticia, sino por la desfachatez que conlleva reclamar subidas salariales desde la opulencia, afrentando al resto de la población laboral que se ha comido una pérdida de su triste poder adquisitivo incluso entendiendo con resignación que de algún modo hay que salir de la crisis y que está claro que no la pagará quien la provocó, sino aquellos con nómina impresa en la estricta legalidad del ministerio de hacienda.
Ya se sabe que este recorte también ha afectado a los controladores, pero no es lo mismo recortar de doce mil euros anuales que de trescientos mil y si no me creen, miren la cartilla de ahorros de unos y otros, verán como comprueban in situ que las cifras difieren considerablemente.
Por supuesto que está sujeto a derecho que cualquier colectivo ejerza su potestad de convocar una huelga, pero algo llamado pundonor debe ser suficiente para frenar los anhelos reivindicativos de quien es posesor de privilegios nunca soñados por los demás colectivos en toda la historia sindical que se recuerda hasta la fecha.
Pero quien está acostumbrado a ganar sin esfuerzo, se niega sistemáticamente a ceder ni siquiera una pequeña parcela de su riqueza y le da igual el sufrimiento ajeno y las privaciones de sus conciudadanos que se ven obligados a mendigar ridículos subsidios para poder malvivir.
Sin embargo, alguien con una postura tan egocéntrica, no puede pretender despertar simpatía en el grueso de una población que contempla atónita el grueso de las cifras que estos señores manejan preguntándose a cuántas huelgas tendrían que acudir para situarse en un nivel ligeramente parecido al suyo.
Es triste tener que llamar la atención a quienes por motivación propia debieran ser más solidarios con su entorno real y sobre todo, es inaceptable ceder al chantaje emocional de este gremio que hasta ahora no ha hecho otra cosa más que aprovecharse de una patronal que cada verano veía reducirse su nivel de ingresos en las fechas críticas en que los españoles solemos salir de vacaciones.
Si tanto tiran de la cuerda los empresarios en otras negociaciones, no se entiende por qué ceden en la más injusta de todas sin ni siquiera aparecer en los medios de comunicación explicando su posición en el conflicto. Y aún cederán en las pretensiones de esta gente, aunque luego supliquen al gobierno ayuda monetaria porque el sector caiga en pérdidas millonarias, como cada año.

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