De toda la vida, la Federación Socialista Madrileña y quienes la integran han protagonizado sonoras broncas al acercarse las elecciones.
Han sido siempre una especie de corte del líder del partido asumiendo, por propia iniciativa, una importancia capital que los eleva por encima del resto de los compañeros de filas, sobre todo si militan en provincias.
Esta postura pretenciosa de creerse superiores al resto de los mortales viene provocando una hecatombe que se repite periódicamente en cuanto se empieza a hablar de la confección de las listas electorales y constituye un bochornoso espectáculo que casi siempre acaba con la celebración de unas primarias que no siempre ganan los mejores.
Una vez más, la guerra acaba de empezar a micrófono abierto y de momento, tres candidatos se atribuyen un hipotético resultado en las urnas prescindiendo de cualquier disciplina de partido y un poco al olor del poder que otorga el gobierno local de la Capital de España.
Desde Moncloa apoyan a Trinidad Jiménez, que ya lo intentó antes sin éxito conocido y que anda enfrascada en el difícil ministerio de sanidad contando con cierta popularidad más por su carácter que por sus obras y que se atreve a enfrentarse a Tomás Gómez que ostenta el título de alcalde más votado de España en su pueblo de Parla, pero que no satisface las expectativas de la dirección del partido aunque sí las de sus camaradas de la federación.
Y mientras esta casa de locos sin gobierno de nadie zozobra en un mar revuelto de intrigas palaciegas, la señora Aguirre y el señor Gallardón deben estar frotándose las manos emocionados por repetir resultados en los próximos comicios.
Los barcos sin timón suelen navegar a un naufragio seguro y la Federación Socialista Madrileña, en su deseo soberbio de autogobierno, no será la excepción que confirme la regla.
Volverán a perder en Madrid, pues no demuestran seguridad en sus proyectos mientras se enzarzan en zancadillas traicioneras entre compañeros. Sin hablar de programas, su imagen es la de una pandilla de indocumentados empeñados en conseguir la gloria de un puesto vitalicio que les asegure su propio bienestar.
Perderán, porque ni siquiera el cinturón industrial de Madrid está conforme con las leyes de reforma laboral aprobadas por el gobierno y los años gloriosos del voto rojo fuertemente atado a las corrientes sindicales han dado paso al desencanto generalizado de unos trabajadores desposeídos de sus derechos.
Perderán porque los populares se han sentado plácidamente a esperar el resultado de los despropósitos acaecidos durante el último año y los madrileños están satisfechos con el acabado de las obras de Gallardón y no es el de Madrid un pueblo que se arriesgue a cambios imprevistos.
Así que en el fondo, esta lucha encarnizada que protagonizan los posibles candidatos, no es más que una dura batalla en una guerra perdida de antemano y una carnicería por saber cuál será la imagen vergonzante de quien tendrá que dar la cara el día después. No basta con la fama que reportan los flashes de los fotógrafos, también hay que transmitir seguridad y manejar un proyecto que convenza de que uno está en la política no para servirse a sí mismo, sino para servir a los demás.

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