Las alianzas entre países, tan celebradas por todos los políticos, acarrean a veces efectos nefastos. Tratan de disfrazarnos la intervención militar en otros territorios con un halo de ayuda humanitaria que confiere a las misiones que en ellos se desarrollan una leyenda de bien intencionada caridad para con los que los habitan, como si el mundo más desarrollado se preocupara verdaderamente de la suerte de los pobres.
Pero la realidad es que capitaneados por Estados Unidos estamos ayudando a invadir naciones a quienes negamos el derecho a la autodeterminación provocando con nuestra presencia el favorecimiento de un estado de guerra.
Y es verdad que si nos ponemos en el lugar de los pueblos invadidos también a nosotros nos recorre un escalofrío que inmediatamente genera una discrepancia violenta para con los invasores. No es de extrañar por tanto, que careciendo de las posibilidades armamentísticas de los reyes del desarrollo, la vía rápida para oponerse a la sumisión sea la guerra de guerrillas y los atentados personales contra las tropas extranjeras.
Esta es la situación de Afganistán, donde soldados españoles están perdiendo inútilmente la vida en tareas que no les corresponden seguramente, otra vez, para colaborar con los poderosos que se dicen nuestros aliados siempre para oportunas intervenciones de este tipo pero que nos consideran ciudadanos de segunda si se trata de temas económicos o de mayor relevancia.
Pedir que nuestras tropas salgan de cualquier territorio ocupado parece una fantasía sólo alimentada por grupos minoritarios e incluso se considera de recibo alimentar el rencor de nuestro pueblo contra quienes defienden su soberanía disfrazándonos la cruda verdad con fábulas pseudo religiosas bien intencionadas.
Pero es hora de regresar y permitir a cada cual decidir libremente su forma de gobierno, acabar de raíz con el intervencionismo paternalista de occidente que no ha hecho otra cosa que dedicarse a colonizar para esquilmar riquezas abandonando a los pueblos a su suerte cuando ya no quedaba nada y provocar, por ejemplo, el triste espectáculo que presenta África en la actualidad.
Aunque ahora hemos aprendido a hacerlo de una forma mucho más sibilina y ya no recurrimos a la esclavización abierta de los pobres, ahora simplemente, imponemos nuestra supremacía por las armas y esperamos que encima nos den las gracias por tratar de convertirlos en gente como nosotros.
Mala memoria tiene el Presidente Zapatero cuando permite que sigamos inmersos en la guerra de Afganistán sin mover un dedo por evitarlo. Parece que ya nada queda de aquel hombre que nos ilusionó retirando a nuestros soldados de Irak y que pareció plantarle cara al país más poderoso del mundo negándose a sus exigencias. Por eso, entre otras muchas cosas que ya hemos referido otras veces, no tendrá ninguna posibilidad futura de repetir mandato, pero tampoco de embaucarnos con sus verdades maquilladas de benefactor de oprimidos.
Pero la realidad es que capitaneados por Estados Unidos estamos ayudando a invadir naciones a quienes negamos el derecho a la autodeterminación provocando con nuestra presencia el favorecimiento de un estado de guerra.
Y es verdad que si nos ponemos en el lugar de los pueblos invadidos también a nosotros nos recorre un escalofrío que inmediatamente genera una discrepancia violenta para con los invasores. No es de extrañar por tanto, que careciendo de las posibilidades armamentísticas de los reyes del desarrollo, la vía rápida para oponerse a la sumisión sea la guerra de guerrillas y los atentados personales contra las tropas extranjeras.
Esta es la situación de Afganistán, donde soldados españoles están perdiendo inútilmente la vida en tareas que no les corresponden seguramente, otra vez, para colaborar con los poderosos que se dicen nuestros aliados siempre para oportunas intervenciones de este tipo pero que nos consideran ciudadanos de segunda si se trata de temas económicos o de mayor relevancia.
Pedir que nuestras tropas salgan de cualquier territorio ocupado parece una fantasía sólo alimentada por grupos minoritarios e incluso se considera de recibo alimentar el rencor de nuestro pueblo contra quienes defienden su soberanía disfrazándonos la cruda verdad con fábulas pseudo religiosas bien intencionadas.
Pero es hora de regresar y permitir a cada cual decidir libremente su forma de gobierno, acabar de raíz con el intervencionismo paternalista de occidente que no ha hecho otra cosa que dedicarse a colonizar para esquilmar riquezas abandonando a los pueblos a su suerte cuando ya no quedaba nada y provocar, por ejemplo, el triste espectáculo que presenta África en la actualidad.
Aunque ahora hemos aprendido a hacerlo de una forma mucho más sibilina y ya no recurrimos a la esclavización abierta de los pobres, ahora simplemente, imponemos nuestra supremacía por las armas y esperamos que encima nos den las gracias por tratar de convertirlos en gente como nosotros.
Mala memoria tiene el Presidente Zapatero cuando permite que sigamos inmersos en la guerra de Afganistán sin mover un dedo por evitarlo. Parece que ya nada queda de aquel hombre que nos ilusionó retirando a nuestros soldados de Irak y que pareció plantarle cara al país más poderoso del mundo negándose a sus exigencias. Por eso, entre otras muchas cosas que ya hemos referido otras veces, no tendrá ninguna posibilidad futura de repetir mandato, pero tampoco de embaucarnos con sus verdades maquilladas de benefactor de oprimidos.

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