Una mano misteriosa mueve los hilos del mundo atrayendo hacia sí a quienes lo habitamos en una demostración de poder que sobrepasa los límites de nuestro humilde conocimiento.
Nunca antes había sido tan clara la influencia del dinero sobre las sociedades ni el hombre había conocido jamás una era en la que todos los rincones del universo hubieran sucumbido a la estrategia de unos cuantos afortunados que han ido rodeando a las civilizaciones hasta asfixiarlas con su nefasta influencia de globalización absoluta.
Hace unos años, nos parecía imposible que la Unión Soviética se doblegara a las exigencias del capital, pero pasó y la Rusia de ahora se debate entre la pobreza extrema de la mayoría de su población y la exagerada riqueza de los que subieron al carro de las alianzas con los potentados llegando a crear sus propios imperios sin la deferencia de mirar alrededor.
Hoy Cuba se abre a la posibilidad de la empresa privada y el último reducto del antiguo comunismo comienza también una rendición sin condiciones que probablemente seguirá el ejemplo de sus antecesores soviéticos sometiéndose a la infernal doctrina del dios moneda.
La escasez dará paso a los abismos de clases sociales, a los nuevos ricos, a los pobres de siempre y al comienzo de un camino sin retorno que algunos acabarán arrepintiéndose de haber tomado.
Nuestras vidas son arrastradas por el torrente imparable de la banalidad del consumo creando un nuevo mundo donde no hay sitio para la razón y la ideología.
No sé por qué permitimos que nos instrumentalice esta alucinación adormecedora de conciencias ni entiendo cómo nos negamos a admitir la evidencia de haber caído en una alienación que nos lleva irremediablemente hacia un estado agónico del que parece imposible escapar.
Se han encargado de hacernos creer en una vida placentera que sin embargo tiende a desmoronarse en cuanto un tímido movimiento sacude su mala cimentación provocando un cataclismo que conduce directamente a la nada.
Puede que nuestra esencia humana se haya ido debilitando hasta quedarse sin consciencia para poder discernir lo que verdaderamente conviene a nuestra especie y hasta puede que hayamos llegado al final de esa esencia para aceptar dócilmente un destino que nos aparta de nuestros principios sin darnos la oportunidad de elegir otro.
Y a veces, hasta parece que las cosas que juzgábamos importantes han perdido toda la viveza de su inocente improvisación para caer en las garras de los programadores del mundo que ni siquiera dan una oportunidad al devenir de los pueblos si no es bajo su cetro de mando y sus inflexibles leyes de poder absoluto.
Hace muchísima falta volver al pensamiento, aprender de los errores, huir de los oasis virtuales que se pintan ante nuestros ojos, apartar las cenizas de cuanto se destruyó en este tiempo, cerrar los oídos a los cantos de sirena de los poderosos y mirar hacia adentro para redescubrir que somos hombres, nacemos libres y poseemos la facultad de negarnos a todo aquello que nos reporta autodestrucción o sufrimiento.
Nunca antes había sido tan clara la influencia del dinero sobre las sociedades ni el hombre había conocido jamás una era en la que todos los rincones del universo hubieran sucumbido a la estrategia de unos cuantos afortunados que han ido rodeando a las civilizaciones hasta asfixiarlas con su nefasta influencia de globalización absoluta.
Hace unos años, nos parecía imposible que la Unión Soviética se doblegara a las exigencias del capital, pero pasó y la Rusia de ahora se debate entre la pobreza extrema de la mayoría de su población y la exagerada riqueza de los que subieron al carro de las alianzas con los potentados llegando a crear sus propios imperios sin la deferencia de mirar alrededor.
Hoy Cuba se abre a la posibilidad de la empresa privada y el último reducto del antiguo comunismo comienza también una rendición sin condiciones que probablemente seguirá el ejemplo de sus antecesores soviéticos sometiéndose a la infernal doctrina del dios moneda.
La escasez dará paso a los abismos de clases sociales, a los nuevos ricos, a los pobres de siempre y al comienzo de un camino sin retorno que algunos acabarán arrepintiéndose de haber tomado.
Nuestras vidas son arrastradas por el torrente imparable de la banalidad del consumo creando un nuevo mundo donde no hay sitio para la razón y la ideología.
No sé por qué permitimos que nos instrumentalice esta alucinación adormecedora de conciencias ni entiendo cómo nos negamos a admitir la evidencia de haber caído en una alienación que nos lleva irremediablemente hacia un estado agónico del que parece imposible escapar.
Se han encargado de hacernos creer en una vida placentera que sin embargo tiende a desmoronarse en cuanto un tímido movimiento sacude su mala cimentación provocando un cataclismo que conduce directamente a la nada.
Puede que nuestra esencia humana se haya ido debilitando hasta quedarse sin consciencia para poder discernir lo que verdaderamente conviene a nuestra especie y hasta puede que hayamos llegado al final de esa esencia para aceptar dócilmente un destino que nos aparta de nuestros principios sin darnos la oportunidad de elegir otro.
Y a veces, hasta parece que las cosas que juzgábamos importantes han perdido toda la viveza de su inocente improvisación para caer en las garras de los programadores del mundo que ni siquiera dan una oportunidad al devenir de los pueblos si no es bajo su cetro de mando y sus inflexibles leyes de poder absoluto.
Hace muchísima falta volver al pensamiento, aprender de los errores, huir de los oasis virtuales que se pintan ante nuestros ojos, apartar las cenizas de cuanto se destruyó en este tiempo, cerrar los oídos a los cantos de sirena de los poderosos y mirar hacia adentro para redescubrir que somos hombres, nacemos libres y poseemos la facultad de negarnos a todo aquello que nos reporta autodestrucción o sufrimiento.

No hay comentarios:
Publicar un comentario