La llamativa soledad de las ciudades vacías con su fantasmagórica imagen de desolación durante los meses de verano, constituye un enigma para el ánimo de difícil resolución para quienes las habitamos.
Pasear por las calles a horas tempranas te convierte en una especie de protagonista de esas producciones catastrofistas americanas en las que siempre un solo hombre sobrevive a uno de esos desastre nucleares que, curiosamente, terminan con todo atisbo de vida sobre la faz del planeta pero respeta la de un individuo que habrá de ingeniárselas para sortear todos los peligros y salir airoso de tan desagradable trance.
Es sin embargo, bastante placentero disfrutar del silencio en que quedaron tus rincones favoritos sin los molestos decibelios que provocan los automóviles en hora punta y las tediosas conversaciones de los transeúntes mientras se dirigen a comenzar una jornada de trabajo entre las prisas estremecedoras de los que no tuvieron anticipación a la hora de levantarse.
Nosotros mismos, aguardamos con ansiedad el momento de ponernos en camino con ese afán viajero que nos convierte en nómadas hacia prados desconocidos y nos hace formar parte de un éxodo generalizado que huye en busca de una dosis de tranquilidad en nuevas latitudes.
¿Por qué será que en estos días nos acompaña la extraña sensación de que en el mundo no sucede nada y nuestra atención se relaja mientras nos dejamos arrastrar por la ensoñación de que somos un poco más felices?
Todo entra en un estado de letargo que vuelve nuestras mentes apáticas a la curiosidad por lo que sucede en nuestro entorno y proclive a sucumbir a la suculenta tentación de la adorable pereza. Pasamos la jornada levitando en un sopor que nos transporta a cualquier zona de sombra de la casa donde dejar caer la osamenta para esforzarnos en tener la mente en blanco mientras esperamos que nos asalte la nocturnidad para sumarnos al ambiente alevoso de las reuniones de amigos.
Los balcones cerrados, los comercios blindados por las metálicas persianas oculta-escaparates, la parálisis institucional, las suplencias, el desbarajuste de las obras municipales, el viento abrasador que hace titilar el asfalto en una suerte de espejismo urbanita,..no son más que síntomas de un mismo mal periódico que nos asalta irremediablemente todos los años: el verano.
La epidemia es terriblemente contagiosa y es de temer que la propagación de sus efectos nos contamine arrastrándonos irremediablemente a querer también nosotros ser descubridores de otros mundos e incluso narradores de las maravillas que en ellos pudiéramos admirar. E incluso, por inercia, haremos las maletas y elegiremos un poco por azar, otro horizonte donde clavar nuestros ojos en lo desconocido y nuestra conciencia observadora en lo que allí acaezca ,sin otro ánimo, que el de transmitirlo, in situ, a los que os interesáis –también- por los pasos que damos cuando nos transformamos en tránsfugas dejando volar la imaginación y los pies sin apenas rozar el suelo.
Pasear por las calles a horas tempranas te convierte en una especie de protagonista de esas producciones catastrofistas americanas en las que siempre un solo hombre sobrevive a uno de esos desastre nucleares que, curiosamente, terminan con todo atisbo de vida sobre la faz del planeta pero respeta la de un individuo que habrá de ingeniárselas para sortear todos los peligros y salir airoso de tan desagradable trance.
Es sin embargo, bastante placentero disfrutar del silencio en que quedaron tus rincones favoritos sin los molestos decibelios que provocan los automóviles en hora punta y las tediosas conversaciones de los transeúntes mientras se dirigen a comenzar una jornada de trabajo entre las prisas estremecedoras de los que no tuvieron anticipación a la hora de levantarse.
Nosotros mismos, aguardamos con ansiedad el momento de ponernos en camino con ese afán viajero que nos convierte en nómadas hacia prados desconocidos y nos hace formar parte de un éxodo generalizado que huye en busca de una dosis de tranquilidad en nuevas latitudes.
¿Por qué será que en estos días nos acompaña la extraña sensación de que en el mundo no sucede nada y nuestra atención se relaja mientras nos dejamos arrastrar por la ensoñación de que somos un poco más felices?
Todo entra en un estado de letargo que vuelve nuestras mentes apáticas a la curiosidad por lo que sucede en nuestro entorno y proclive a sucumbir a la suculenta tentación de la adorable pereza. Pasamos la jornada levitando en un sopor que nos transporta a cualquier zona de sombra de la casa donde dejar caer la osamenta para esforzarnos en tener la mente en blanco mientras esperamos que nos asalte la nocturnidad para sumarnos al ambiente alevoso de las reuniones de amigos.
Los balcones cerrados, los comercios blindados por las metálicas persianas oculta-escaparates, la parálisis institucional, las suplencias, el desbarajuste de las obras municipales, el viento abrasador que hace titilar el asfalto en una suerte de espejismo urbanita,..no son más que síntomas de un mismo mal periódico que nos asalta irremediablemente todos los años: el verano.
La epidemia es terriblemente contagiosa y es de temer que la propagación de sus efectos nos contamine arrastrándonos irremediablemente a querer también nosotros ser descubridores de otros mundos e incluso narradores de las maravillas que en ellos pudiéramos admirar. E incluso, por inercia, haremos las maletas y elegiremos un poco por azar, otro horizonte donde clavar nuestros ojos en lo desconocido y nuestra conciencia observadora en lo que allí acaezca ,sin otro ánimo, que el de transmitirlo, in situ, a los que os interesáis –también- por los pasos que damos cuando nos transformamos en tránsfugas dejando volar la imaginación y los pies sin apenas rozar el suelo.

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