Ni uno solo de los españoles ha creído la bochornosa explicación que Mariano Rajoy se ha
atrevido a ofrecer hoy al Parlamento.
Puede que su equipo de asesores hay pensado que bastaba con
recurrir al lacrimógeno argumento de haber pecado de exceso de confianza en el
que fuera su ex tesorero e incluso que aspiraran seriamente a tocar la fibra
sensible de la ciudadanía, haciendo pasar al Presidente del Gobierno por un
pobre hombre que, simplemente, es traicionado por un amigo de toda la vida y
que de pronto se convierte en una pesadilla para él, sin móvil aparente.
Pero es que en este asunto de Bárcenas, el móvil ha estado presente en forma de cuentas
corrientes, extorsiones, sobresueldos y contabilidades en B, que no solo
afectaban a la relación personal de dos individuos sin relevancia, sino al
entramado que sustenta la financiación de un Partido, en el que uno de los dos era la cabeza visible del Estado Español y el otro
el tesorero en activo que se encargaba de sus finanzas y que al mismo tiempo,
amasaba inexplicablemente una inmensa fortuna repartida por varios paraísos
fiscales, cuya oscura procedencia no ha podido o sabido explicar, pero que
coincide en el tiempo, con las anotaciones que aparecen en un minucioso libro de
cuentas, que también implica directamente a otros muchos nombres importantes
del PP y que con o sin su consentimiento, se ha publicado en prensa, siendo
ahora su contenido conocido por todos nosotros.
Herido de muerte por la magnitud del escándalo, Rajoy se ha
limitado esta mañana a leer sus torpes alegaciones, sabiendo que se enfrentaba
a la contundencia del resto de los diputados de otras formaciones, que por
algo, han pedido al unísono su dimisión, a excepción de los de su propio grupo
parlamentario, que encontraban visibles dificultades para seguir defendiendo lo
indefendible, apareciendo ante las cámaras que los filmaban, como una troupe
fantasmagórica y esperpéntica.
Nada hay peor para un político que hacer evidente su falta de
dignidad delante de otros, intentando mantenerse a duras penas en el podio del
poder, cuando ya no le quedan recursos que apoyen la credibilidad que le niegan
sus adversarios y su pueblo.
Mariano Rajoy ha cometido esta mañana, el imperdonable error de
no enfrentarse a una verdad que terminará por fagocitarse cualquier resquicio
de decencia que pudiera quedarle, al pretender disfrazarla con una pátina de pésima calidad,
por cuyas rendijas se escapa la evidencia de lo que subyace en el interior,
haciendo inminente el descubrimiento de lo que tan burdamente se quiere
ocultar, sin medios suficientes para conseguirlo.
El Presidente no puede negar, por ejemplo, haber estado
intercambiando mensajes de móvil con Bárcenas, incluso después de conocer su
imputación en los hechos, ni haber rogado reiterativamente su silencio,
mientras le animaba asegurándole que estaba haciendo lo que podía para remediar
la desgracia que lo llevaba hasta la cárcel.
No haber hecho mención a ellos, ni haber respondido una y
otra vez en relación a este tema, no hace posible que desaparezcan del teléfono
del ex tesorero, ni supone que nunca fueran enviados, ni borra la evidencia de lo que en ellos se decía y que
es una prueba evidente de una complicidad manifiesta.
Tampoco intentar
desviar el asunto hacia el plano de la economía, ni la endeble presunción de
atribuirse un repunte en ella, han ayudado a conseguir el objetivo de convencer
a nadie de la inocencia de un Rajoy, demasiado interesado en acabar con el
suplicio de tener que estar hablando de un tema, al que ha rehuido por activa y
por pasiva, hasta que no le ha quedado otro remedio que hablar sobre él,
obligado por la fuerte presión de la calle y de sus propios compañeros en el
Parlamento.
Los sesenta mil empleos temporales creados en el último mes,
nada importaban hoy a los españoles y quien quiera que haya sido el dueño de
tan luminosa estrategia, debía haberse parado a pensar en las consecuencias que
a su asesorado pudiera traerle este intento de seguir enterrando la auténtica
verdad del caso Bárcenas, que es sobre lo que hoy estaba previsto hablar y que da
para más de una sesión monográfica, a juzgar por la envergadura que parece
albergar y la cantidad de gente que en él se encontraba presuntamente
implicada, a lo largo de casi treinta
años.
A los ciudadanos, ya ni siquiera importa que se ponga, como
ha dicho Rubalcaba, en tela de juicio, su inteligencia, sino más bien tener que
soportar la espantosa vergüenza de que el Presidente
de su País, se presente ante ellos y ante el mundo, defendiendo su posición de
poder, sin tener en cuenta la opinión que de él y los suyos se tiene en la
calle, ni la exigencia de dimisión que le lanza la totalidad de los grupos de
oposición en el congreso, ni el desprestigio a que es sometido por los medios
de comunicación españoles y extranjeros, ni su propia conciencia, que en este
momento, seguramente, le aconseja que lo mejor sería marcharse.
La triste figura de Rajoy ante su discurso preparado y la pertinaz
obstinación de no apartarse del guión que sujetaba entre sus manos esta mañana,
no deja lugar a dudas sobre la Verdad de los hechos.
¿Qué más tiene que ocurrir para que se vaya?

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