jueves, 8 de agosto de 2013

Certeza de hambre


Por mucho que les cueste a los políticos de todo signo reconocer la verdad, la realidad de cientos de miles de familias españolas, en la que ninguno de sus miembros adultos aporta nada a la bolsa común, a causa del desempleo, va dejando una estela difícil de ocultar, que evidencia la, certeza del hambre.
Como en plena posguerra, los Ayuntamientos, Colegios y otros organismos no gubernamentales, se han visto abocados a la necesidad de crear Comedores infantiles para que los niños sin ingresos familiares en su entorno hagan, al menos, una comida  al día, que los libre de una indiscutible desnutrición que se produciría, si tuvieran que depender de lo que sus progenitores pueden llevar a la mesa para alimentarse a sí mismos y a sus hijos.
Todos se afanan en negar la evidencia y dicen que se exagera cuando se ofrecen cifras que sin embargo, se pueden comprobar con facilidad si uno se dedica a contar con paciencia cuántos de estos niños pasan a diario por estos Comedores sociales, con la seguridad de que ninguno de ellos va allí por el deseo de vivir una aventura y sí porque de otro modo, no tendrían la oportunidad de comer o hacerlo, apenas, con una dieta basada en los productos más baratos del mercado y teniendo que prescindir, por ejemplo, de la merienda, de la cena y algunas veces, también del desayuno.
La imagen que queda en la retina no puede ser más escalofriante y recuerda demasiado al auxilio social que Franco estableció, después de ganar su maldita guerra y las historias de estos niños se parecen escandalosamente a las que nuestros padres nos contaban y de las que ellos fueron protagonistas, en un país que entonces, salía de un conflicto armado que lo había dejado en la miseria.
Esta de ahora es otra guerra, incruenta, programada por la avaricia de unos cuantos, para los que las personas han pasado a tener un papel secundario frente a sus ansias de poder absoluto, que pasa por esclavizar a la humanidad, física y psíquicamente.
La miseria de ahora no se da en ciudades bombardeadas, sino en medio de la opulencia, lo que convierte en mucho más dura la supervivencia de los pobres, que han de asumir que la abundancia existe al lado de sus casas, pero que ni ellos ni sus hijos tendrán la oportunidad de disfrutarla jamás, más que como un espejismo inalcanzable que se desvanece en cuanto cruzan el umbral de su puerta.
¿Dónde está la justicia social de que tanto se habla en las reuniones de los grandes y dónde se han propuesto establecer el límite que termine con la pesadilla insufrible de la miseria que abate a los más débiles, en este mundo globalizado que se entrega sin resistencia a los brazos del Capital, manejado por una nueva clase de tiranos, a los que ni siquiera conocemos?
El abismo creado entre clases y la evidencia de la cruda realidad que padecemos, ya es un hecho innegable. Lo que esperamos a partir de ahora, es que con toda probabilidad, se generalice.



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