Por mucho que les cueste a los políticos de todo signo
reconocer la verdad, la realidad de cientos de miles de familias españolas, en
la que ninguno de sus miembros adultos aporta nada a la bolsa común, a causa
del desempleo, va dejando una estela difícil de ocultar, que evidencia la,
certeza del hambre.
Como en plena posguerra, los Ayuntamientos, Colegios y otros
organismos no gubernamentales, se han visto abocados a la necesidad de crear
Comedores infantiles para que los niños sin ingresos familiares en su entorno
hagan, al menos, una comida al día, que
los libre de una indiscutible desnutrición que se produciría, si tuvieran que
depender de lo que sus progenitores pueden llevar a la mesa para alimentarse a
sí mismos y a sus hijos.
Todos se afanan en negar la evidencia y dicen que se exagera
cuando se ofrecen cifras que sin embargo, se pueden comprobar con facilidad si
uno se dedica a contar con paciencia cuántos de estos niños pasan a diario por
estos Comedores sociales, con la seguridad de que ninguno de ellos va allí por
el deseo de vivir una aventura y sí porque de otro modo, no tendrían la
oportunidad de comer o hacerlo, apenas, con una dieta basada en los productos
más baratos del mercado y teniendo que prescindir, por ejemplo, de la merienda,
de la cena y algunas veces, también del desayuno.
La imagen que queda en la retina no puede ser más
escalofriante y recuerda demasiado al auxilio social que Franco estableció,
después de ganar su maldita guerra y las historias de estos niños se parecen
escandalosamente a las que nuestros padres nos contaban y de las que ellos
fueron protagonistas, en un país que entonces, salía de un conflicto armado que
lo había dejado en la miseria.
Esta de ahora es otra guerra, incruenta, programada por la avaricia
de unos cuantos, para los que las personas han pasado a tener un papel
secundario frente a sus ansias de poder absoluto, que pasa por esclavizar a la
humanidad, física y psíquicamente.
La miseria de ahora no se da en ciudades bombardeadas, sino
en medio de la opulencia, lo que convierte en mucho más dura la supervivencia
de los pobres, que han de asumir que la abundancia existe al lado de sus casas,
pero que ni ellos ni sus hijos tendrán la oportunidad de disfrutarla jamás, más
que como un espejismo inalcanzable que se desvanece en cuanto cruzan el umbral
de su puerta.
¿Dónde está la justicia social de que tanto se habla en las
reuniones de los grandes y dónde se han propuesto establecer el límite que
termine con la pesadilla insufrible de la miseria que abate a los más débiles,
en este mundo globalizado que se entrega sin resistencia a los brazos del
Capital, manejado por una nueva clase de tiranos, a los que ni siquiera
conocemos?
El abismo creado entre clases y la evidencia de la cruda
realidad que padecemos, ya es un hecho innegable. Lo que esperamos a partir de
ahora, es que con toda probabilidad, se generalice.

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