Podrá el PP, tratar de convencer a Mariano Rajoy y a quién
quiera escucharle, de que su comparecencia en el Parlamento fue un éxito e
infundir un poco de entusiasmo al líder, construyendo para él una realidad
paralela.
Podrá creer, no sin razón, que el PSOE ya no constituye una
alternativa de poder y alegrarse de la tibieza que Alfredo Pérez Rubalcaba
demostró en su discurso, sea cierto o no, que está dispuesto a presentar una
Moción de Censura en Septiembre y a no dejar caer en olvido la intención de
clarificar en lo posible, los entresijos del caso de Bárcenas.
Podrá aleccionar a los periodistas adeptos para que continúen
defendiendo lo indefendible en todos los canales televisivos, proclamando a
Rajoy ganador de un debate al que acudió obligado y en el que todos los grupos
parlamentarios exigieron su dimisión, sin dar crédito a sus palabras y sin que
fueran respondidas ninguna de las preguntas formuladas por ninguno de ellos.
Podrá, en ejercicio de su derecho a la libertad de expresión
y pensamiento, decir y hacer lo que crea oportuno para salir del trance que
atraviesa y maquillar cuánto quiera lo que ocurre, mezclando una estrategia de
victimismo con otra ataque directo a los demás, sin dar lugar a la autocrítica
necesaria para reconocer la verdad y afrontarla, con todas sus consecuencias y
podrá, si me apuran, presumir de una honradez y pulcritud, claramente negadas
por la contundencia de los hechos.
Y podrá autoengañarse ilusamente, pensando que las
explicaciones de Rajoy han convencido a los ciudadanos, otorgándole un margen
de maniobra que le permita continuar en el poder, como si nada hubiera pasado y
Bárcenas fuera sólo una anécdota que ha quedado atrás, sin afectar a la
credibilidad ni al honor del Partido de la derecha, ni al número de votos con
que contaron hace casi dos años, cuando aún no sabíamos que su programa sería,
literalmente, incumplido y alardeaban de ser la solución que necesitaba la
Crisis.
Pero la suerte está echada y lo ocurrido en la sede de
Génova, en el transcurso de casi treinta años, forma parte de un oscuro pasado
que ha sido minuciosamente detallado por un ex tesorero escrupuloso en el cumplimiento de su trabajo y
no basta el deseo fehaciente de hacerlo
desaparecer, para que no acabe saliendo
a la luz e influyendo de manera incontrolable en el destino de cuántos
protagonizaron la historia, sin pararse a pensar que algún día, tendrían que
responder de sus actos, ante los ciudadanos y la justicia.
La punta del iceberg que asoma, presagiando que debajo del
mar helado subyace un bloque de enormes dimensiones contra el que será
imposible luchar, no ha hecho más que mostrar una pequeña parte de su verdadera naturaleza y algunos aseguran
que Bárcenas tiene mucho más y que nadie podrá escapar impune, llámese como se
llame y ocupe el cargo que ocupe.
Si como se apunta en algún medio, existen grabaciones que
prueben el asunto de los sobresueldos y los nombres de los que comparten las
cuentas de Bárcenas en Suiza son los que todos pensamos, la alegría de haber
superado el Debate, de nada servirá a un Presidente que acuciado por la fuerza
de la verdad, se verá, finalmente, obligado a dimitir y puede, que hasta citado
a declarar, si el juez lo considerara oportuno.
Importa poco si el PSOE no es alternativa de poder, es más,
los ciudadanos agradecemos profundamente que ya no lo sea, ya que de convocarse
nuevas elecciones, preferiríamos un Parlamento fragmentado, al tormento de una
mayoría absoluta irreductible, a la que hay que soportar durante cuatro largos
años, se esté o no, de acurdo con las medidas que tome y sea o no, creíble lo
que dice o promete, apoyado en su hegemonía categórica.
Mariano Rajoy, ya lo decíamos, está herido de muerte. Y sus
heridas, infringidas precisamente, por alguien que consideraba “leal”, podrían
incluso agravarse en los próximos días, según convenga al delator, que ya
presumió que “no podría con él”, mientras escuchaba su intervención en el
Debate.
El éxito relativo obtenido en su intervención tiene visos de
ser la mejoría que suele anteceder a la muerte y lo que suceda en este mes,
será crucial, para este enfermo terminal, al que ya han desahuciado la
sociedad, sus oponentes, la prensa y hasta una gran parte de sus propios
allegados políticos.

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